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Parte 8

Traición entre rejas

La victoria en Madrid había sido absoluta.

Los tres millones de euros quedaron protegidos por orden judicial y fueron transferidos legalmente a la Fundación Meridian. Mariana anunció que aquel dinero financiaría la apertura de una sede en España dedicada a ofrecer refugio, asistencia jurídica y apoyo psicológico a mujeres migrantes víctimas de violencia.

Doña Rebeca permaneció retenida mientras las autoridades investigaban su participación en el fraude. Gonzalo de la Vega fue interrogado por blanqueo de capitales, falsificación documental y alzamiento de bienes. Sus empresas quedaron bajo revisión y los acreedores comenzaron a disputarse lo poco que todavía conservaba.

Mariana decidió quedarse algunos días más en Madrid para supervisar los trámites legales junto a Alejandro.

Durante las largas jornadas de trabajo, entre documentos, reuniones y llamadas internacionales, ambos habían desarrollado una complicidad profunda. Alejandro no intentaba protegerla tomando decisiones en su lugar. La acompañaba, le mostraba las opciones y respetaba cada una de sus elecciones.

Aquello era nuevo para Mariana.

También resultaba extrañamente reconfortante.

Sin embargo, la paz duró muy poco.

Una noche, Mariana y Alejandro cenaban en un pequeño restaurante de la Plaza Mayor. Las luces doradas iluminaban los balcones y el murmullo de los turistas llenaba el ambiente. Por primera vez desde su llegada, Mariana se permitió respirar sin revisar constantemente la entrada.

Entonces su teléfono comenzó a vibrar.

La pantalla mostraba una solicitud de videollamada procedente de un número internacional. Junto al número aparecía una notificación de urgencia enviada desde un centro penitenciario mexicano.

Mariana frunció el ceño.

“¿Esperabas alguna llamada desde México?”, preguntó Alejandro.

“No”.

Mariana aceptó la comunicación.

La imagen tardó varios segundos en estabilizarse.

Cuando finalmente apareció el rostro de la persona que llamaba, Mariana sintió que el pasado volvía a sentarse frente a ella.

Era Ximena Duarte.

Vestía el uniforme de la prisión de mujeres. Su rostro estaba demacrado, el cabello recogido sin cuidado y sus ojos mostraban un cansancio que ninguna cantidad de maquillaje habría podido ocultar.

Ya no llevaba joyas.

Ya no sostenía una copa de champaña.

Ya no quedaba nada de la mujer que había contemplado con una sonrisa cómo Rodrigo golpeaba a Mariana en el penthouse de Polanco.

“¿Mariana?”, preguntó Ximena con voz temblorosa. “Por favor, no cuelgues”.

Mariana la observó en silencio.

“Sé que me odias”, continuó Ximena. “Sé que merezco estar aquí, pero tienes que escucharme. Mi vida corre peligro y la tuya también”.

Mariana miró a Alejandro y activó el altavoz.

“Tienes exactamente un minuto para convencerme de no terminar esta llamada”, dijo con frialdad. “¿Qué quieres?”

Ximena miró nerviosamente hacia un lado. Detrás de ella se veía una pared gris, varios teléfonos sujetos por cables y la sombra de una funcionaria vigilando la sala.

“Rodrigo ha perdido completamente el control dentro de la prisión”, confesó. “Después de que bloquearas el dinero de España, se quedó sin recursos para pagar la protección que había conseguido en el penal”.

Mariana entrecerró los ojos.

“¿Cómo sabes lo que sucede en la prisión de Rodrigo?”

“Porque todavía tiene gente que se comunica conmigo. Creía que yo podía ayudarlo a mover parte del dinero escondido. Cuando me negué, comenzó a amenazarme”.

Ximena bajó la voz.

“Las personas que lo protegían ahora quieren cobrarle. Rodrigo les prometió dinero que ya no puede entregar. Para mantenerse con vida, les ofreció otra cosa”.

“¿Qué podría ofrecerles?”, preguntó Mariana. “Rodrigo ya no tiene empresas, propiedades ni cuentas”.

Ximena levantó la mirada.

“Te tiene a ti”.

Mariana sintió un frío repentino en el pecho.

Alejandro se inclinó hacia el teléfono.

“Explíquese”.

Ximena tragó saliva.

“Rodrigo les entregó información sobre la Fundación Meridian. Direcciones, horarios, nombres de empleados y ubicaciones de algunas casas de seguridad en México”.

Mariana se quedó inmóvil.

Las direcciones de los refugios eran confidenciales. Solo unas pocas personas dentro de la fundación tenían acceso a toda la red.

“Eso es imposible”, respondió. “Rodrigo lleva más de un año en prisión”.

“Consiguió parte de la información antes de la sentencia. También tiene un contacto dentro de la fundación”.

Mariana apretó el teléfono.

La fotografía que había recibido en Madrid apareció de inmediato en su memoria.

La fachada de Coyoacán.

La imagen del interior de uno de los refugios.

La niña sentada junto a la ventana.

La amenaza no había sido una simple estrategia para distraerla del banco.

Alguien había entrado realmente en uno de sus centros.

“¿Quién es el contacto?”, preguntó Mariana.

“No conozco su nombre”.

“Entonces no me estás dando nada”.

“Sé cuándo van a actuar”, respondió Ximena rápidamente. “Rodrigo dijo que los refugios manejan millones en efectivo. Les aseguró que podían secuestrar a una de las mujeres, a una trabajadora o incluso a ti para cobrar la deuda”.

Alejandro tomó su teléfono y comenzó a escribir un mensaje.

Mariana continuó mirando a Ximena.

“¿Cuándo?”

Ximena volvió la cabeza hacia la funcionaria. Parecía calcular cuánto tiempo le quedaba.

“Están preparando un disturbio en el sector donde está Rodrigo. No sé si piensa escapar o si solo quiere utilizar el caos para comunicarse sin vigilancia. Pero el ataque contra la fundación está relacionado con ese motín”.

“Necesito una fecha exacta”.

Ximena acercó el rostro a la pantalla.

“Primero tienes que ayudarme”.

Mariana soltó una risa seca.

“¿Ayudarte?”

“Quiero un traslado a otro penal y protección para declarar. Rodrigo sabe que hablé con la fiscalía. Si descubre que te llamé, no llegaré viva al final de la semana”.

Mariana sintió la antigua rabia avanzar por su cuerpo.

“Cuando yo pedía ayuda, tú te sentabas con una copa en la mano y te reías”.

Ximena cerró los ojos.

“Lo sé”.

“Le dijiste que debía darme una lección”.

“Lo sé”.

“Bloqueaste el elevador para impedir que escapara”.

Las lágrimas llenaron los ojos de Ximena.

“No puedo cambiar lo que hice”.

“No”.

Mariana sostuvo su mirada.

“No puedes”.

Ximena respiró con dificultad.

“Pero puedo evitar que vuelva a sucederle a otra mujer”.

Durante unos segundos, ninguna de las dos habló.

El ruido de la Plaza Mayor pareció desaparecer alrededor de Mariana.

Alejandro le mostró discretamente la pantalla de su teléfono. Había enviado una alerta a Laura Barragán y solicitado que se activara el protocolo de seguridad de todas las sedes de la fundación.

Mariana volvió a concentrarse en la llamada.

“Dame una prueba de que estás diciendo la verdad”.

Ximena miró hacia atrás y después susurró una serie de palabras.

“El ataque se llama Operación Cincuenta”.

Mariana sintió que la sangre se le helaba.

El número no podía ser una coincidencia.

Rodrigo había convertido los cincuenta golpes en el nombre de su venganza.

“¿Cuándo van a hacerlo?”, insistió Mariana.

“Dentro de tres días. El viernes por la noche, durante el cambio de turno. Pero no atacarán Coyoacán primero”.

“¿Qué refugio?”

Ximena abrió la boca para responder.

En ese instante, una alarma comenzó a sonar en la sala de comunicaciones del penal.

Varias reclusas se levantaron de sus asientos. Una funcionaria gritó una orden fuera de cámara.

Ximena miró hacia la puerta y su rostro se llenó de terror.

“Ya saben que estoy hablando contigo”.

“Ximena, dime qué refugio”.

“Mariana, escucha. La persona que trabaja para Rodrigo está más cerca de ti de lo que crees”.

“Dime su nombre”.

La imagen comenzó a distorsionarse.

“Busca a la mujer que recibió las llaves cuando abriste la primera sede”.

La conexión se interrumpió.

La pantalla quedó negra.

Mariana permaneció inmóvil, con el teléfono todavía entre las manos.

Alejandro llamó inmediatamente al número, pero una grabación automática informó que la comunicación desde el centro penitenciario había finalizado.

“¿Quién recibió las llaves de la primera sede?”, preguntó.

Mariana no respondió de inmediato.

Recordó el día de la inauguración en Coyoacán.

Los periodistas.

Las trabajadoras.

Las primeras residentes.

La cinta blanca frente a la entrada.

Y una mujer en quien había confiado desde el principio, sosteniendo orgullosamente el juego de llaves de todos los refugios.

Mariana levantó la mirada.

“Laura”.

Alejandro frunció el ceño.

“¿Tu abogada?”

“No”.

Mariana se puso de pie bruscamente.

“La directora de operaciones de la fundación también se llama Laura”.

Su teléfono vibró en ese momento.

Era un mensaje procedente de México.

La directora de operaciones acababa de solicitar acceso urgente a la lista completa de ubicaciones protegidas.

Mariana observó la pantalla con el corazón acelerado.

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La amenaza no estaba intentando entrar en la Fundación Meridian.

Ya llevaba un año trabajando dentro.

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