Parte 5

Hilos invisibles
El aterrizaje en el aeropuerto de Barajas marcó el inicio de una carrera contra el reloj.
Mariana se alojó en un hotel discreto cerca del Paseo de la Castellana. No quería llamar la atención ni dejar rastros innecesarios. Apenas tuvo tiempo de dejar su equipaje antes de dirigirse a la calle Serrano, donde Alejandro Vance la esperaba en un despacho pequeño, elegante y protegido por gruesas puertas de madera.
Alejandro era más joven de lo que Mariana había imaginado. Vestía un traje oscuro perfectamente ajustado, pero lo que más llamaba la atención era su mirada afilada, propia de un hombre que parecía analizar cada palabra antes de pronunciarla.
“Es un placer conocerla en persona, Mariana, aunque las circunstancias sean tan complicadas”, dijo Alejandro mientras le ofrecía una taza de café. “Esto es lo que hemos descubierto. Doña Rebeca no está actuando sola”.
Mariana dejó la taza sobre la mesa sin probarla.
“¿Quién la está ayudando?”
“Rodrigo, desde la prisión en México, logró contactar con un antiguo socio español. Se llama Gonzalo de la Vega. Es un empresario con influencia en el sector inmobiliario y una larga reputación de negocios poco transparentes”.
Alejandro abrió una carpeta y extendió varios documentos sobre la mesa.
Mariana examinó las transferencias, los contratos y los nombres de las sociedades involucradas. Era una estructura compleja de empresas pantalla, cuentas puente y firmas cruzadas.
Conocía demasiado bien aquel método.
Era prácticamente idéntico al sistema que Rodrigo había utilizado durante años para esconder el dinero desviado de Altamirano Sistemas.
“Rodrigo siempre fue un cobarde que necesitaba cómplices”, dijo Mariana con desprecio. “Nunca tuvo el valor de ensuciarse las manos completamente solo. ¿Cómo piensa Gonzalo sacar el dinero?”
Alejandro señaló una serie de fechas marcadas en rojo.
“Mañana a primera hora tienen una cita para validar el antiguo poder notarial y autorizar la transferencia definitiva”.
“Entonces debemos bloquearlo antes de que ocurra”.
“Podemos hacerlo, pero tendremos que demostrar ante el juez de guardia que ese poder quedó invalidado como consecuencia de la sentencia por fraude dictada en México. Si el juez acepta nuestros argumentos, las cuentas serán congeladas de inmediato”.
Mariana observó el expediente con atención.
“¿Cuál es el problema?”
Alejandro se apoyó contra el respaldo de la silla y la miró fijamente.
“Gonzalo tiene contactos dentro del juzgado. Alguien está intentando acelerar el proceso para que la operación sea aprobada esta misma noche. Si lo consiguen, el dinero podría desaparecer antes del amanecer”.
Mariana cerró la carpeta de golpe.
“Entonces no podemos esperar hasta mañana”.
Antes de que Alejandro pudiera responder, el teléfono de Mariana vibró sobre la mesa.
La pantalla mostraba un mensaje procedente de un número desconocido.
Mariana lo abrió.
El corazón le dio un vuelco.
Era una fotografía reciente de la fachada de la Fundación Meridian en Coyoacán. La imagen había sido tomada desde el otro lado de la calle apenas unos minutos antes. Se distinguían claramente la entrada principal, las ventanas del refugio y una de las trabajadoras saliendo del edificio.
Debajo de la fotografía aparecía un mensaje breve.
“Disfruta de Madrid, Mariana. Las cosas en México pueden volverse muy peligrosas para tus protegidas si sigues metiendo las narices donde no debes”.
Alejandro percibió de inmediato cómo el rostro de Mariana perdía color.
“¿Qué ocurre?”
Mariana no respondió.
Amplió la fotografía y observó cada detalle. La hora registrada coincidía con el momento exacto en que ella había entrado en el despacho de Alejandro.
Quien había tomado la imagen sabía dónde se encontraba.
También sabía que la fundación estaba temporalmente sin su directora.
“Mariana, ¿qué ha pasado?”, insistió Alejandro.
Ella le entregó el teléfono.
Alejandro leyó el mensaje y su expresión cambió.
“Tenemos que llamar inmediatamente a la policía mexicana y reforzar la seguridad del edificio”.
“Ya existe un protocolo de emergencia”, respondió Mariana, intentando mantener la calma. “Mi equipo sabe qué hacer si reciben una amenaza. Pero esto no es solo una advertencia”.
“¿Qué quiere decir?”
“Es Rodrigo”.
Alejandro levantó la mirada.
“Rodrigo está encerrado en una prisión al otro lado del océano”.
“Eso nunca le ha impedido utilizar a otras personas. Aunque esté entre rejas, continúa moviendo los hilos. Quiere que piense que las mujeres de la fundación están en peligro por mi culpa. Quiere obligarme a abandonar el caso y regresar a México”.
“Podría tratarse de una amenaza real”.
“Lo sé”.
Mariana recuperó el teléfono y escribió rápidamente un mensaje cifrado al responsable de seguridad de la fundación. Solicitó el cierre temporal del edificio, el traslado de las residentes a dos refugios alternativos y la revisión de todas las cámaras de la zona.
Después llamó a Laura Barragán.
La abogada contestó al segundo tono.
“Mariana, ¿qué sucede?”
“Rodrigo acaba de amenazar a la fundación. Alguien tomó una fotografía del edificio hace unos minutos”.
Laura guardó silencio durante un instante.
“Enviaré seguridad privada y avisaré a la fiscalía. También solicitaré que revisen todas sus comunicaciones desde la prisión”.
“No le digas que estoy asustada”.
“¿Lo estás?”
Mariana miró de nuevo la fotografía.
“Estoy preocupada por ellas. Pero no voy a retroceder”.
Terminó la llamada y dejó el teléfono sobre la mesa.
Alejandro continuaba observándola.
“Podemos detenernos”, dijo él. “Podemos pedir protección y esperar a que las autoridades se hagan cargo”.
Mariana negó lentamente con la cabeza.
“Eso es exactamente lo que Rodrigo espera”.
Se puso de pie y caminó hacia la ventana del despacho. Abajo, la calle Serrano seguía llena de automóviles, peatones y escaparates iluminados. Madrid parecía tranquila, indiferente a la guerra silenciosa que estaba a punto de comenzar.
“Rodrigo cree que todavía puede gobernar mi vida utilizando el miedo”, dijo Mariana. “Cree que basta con amenazar a las personas que amo para obligarme a obedecer”.
Se giró hacia Alejandro.
“Pero no me conoce. Nunca me conoció realmente”.
Alejandro cerró las cortinas del despacho y comenzó a guardar los documentos en un maletín.
“¿Qué piensa hacer?”
Mariana tomó su abrigo.
“Presentarnos ante el juez esta misma noche”.
“Gonzalo sabrá que vamos en camino”.
“Mejor”.
La voz de Mariana se volvió fría.
“Quiero que sepa que cada amenaza de Rodrigo solo me da más motivos para destruir todo lo que todavía controla”.
Alejandro la observó durante unos segundos y después asintió.
“Entonces tendremos que movernos rápido”.
Cuando abandonaron el despacho, ninguno de los dos vio al hombre sentado dentro de un automóvil negro, estacionado al otro lado de la calle.
El desconocido levantó el teléfono y realizó una llamada.
“Ya están saliendo”, informó en voz baja.
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Al otro lado de la línea, una mujer respondió con absoluta tranquilidad.
“Síguelos. Esta noche Mariana Salvatierra no debe llegar al juzgado”.