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Parte 6

El juego de la araña

Lejos de dejarse intimidar por la amenaza, Mariana pasó toda la noche despierta junto a Alejandro, revisando contratos, registros mercantiles y movimientos bancarios relacionados con Gonzalo de la Vega.

Cada documento revelaba una nueva pieza del entramado.

La empresa de Gonzalo estaba al borde de la quiebra. Sus proyectos inmobiliarios habían acumulado deudas millonarias, varios inversores exigían la devolución inmediata de su dinero y dos entidades financieras se preparaban para embargar sus propiedades.

Los tres millones de euros que Rodrigo intentaba sacar de la antigua filial española no eran simplemente una oportunidad de enriquecimiento.

Eran la última tabla de salvación de Gonzalo.

“Ahora entiendo por qué está dispuesto a arriesgarlo todo”, dijo Mariana mientras examinaba un informe financiero.

Alejandro se quitó las gafas y se frotó los ojos, agotado.

“Si no recibe ese dinero antes de que termine la semana, sus acreedores se quedarán con su empresa, su casa y prácticamente todas sus propiedades”.

“Entonces no está ayudando a Rodrigo por lealtad”.

“No. Lo está ayudando porque necesita sobrevivir”.

Mariana cerró la carpeta.

“Los hombres desesperados cometen errores”.

Alejandro la observó en silencio.

“También pueden volverse peligrosos”.

A la mañana siguiente, el sol de Madrid iluminó las calles con una claridad fría que parecía aumentar la tensión.

Mariana y Alejandro ocuparon una mesa junto a la ventana de una cafetería situada frente a la sede bancaria donde debía realizarse la operación. Desde allí podían vigilar la entrada principal, las puertas giratorias y el movimiento de los empleados.

Mariana llevaba una americana oscura, pantalones negros y el cabello recogido. No parecía la mujer que un año antes había quedado de rodillas sobre el mármol de un penthouse.

Sus cicatrices continuaban allí.

Pero ya no dirigían sus pasos.

Sobre la mesa había dos cafés intactos, una carpeta con copias de los documentos y el teléfono de Alejandro, que no había dejado de recibir mensajes del juzgado.

“¿Alguna noticia?”, preguntó Mariana.

Alejandro leyó la última notificación y negó con frustración.

“El juez ya recibió nuestro escrito de oposición, junto con la sentencia mexicana y la documentación que demuestra que el poder notarial perdió validez. Pero todavía no ha firmado la orden de congelación”.

“¿Cuánto tiempo puede tardar?”

“Cinco minutos o dos horas. La burocracia puede ser desesperante”.

Mariana volvió la mirada hacia la calle.

Un automóvil negro de alta gama se detuvo frente al banco.

El conductor descendió, abrió la puerta trasera y apareció Gonzalo de la Vega.

Era un hombre de mediana edad, alto, de cabello oscuro cuidadosamente peinado. Llevaba un traje gris impecable, zapatos brillantes y una sonrisa arrogante que parecía diseñada para convencer al mundo de que todavía controlaba su destino.

Alejandro se inclinó ligeramente hacia la ventana.

“Ese es Gonzalo”.

Segundos después, un taxi se detuvo a pocos metros.

Doña Rebeca bajó del vehículo.

La antigua dama de la alta sociedad mexicana estaba visiblemente más delgada. Su rostro mostraba señales de cansancio y el abrigo elegante no conseguía ocultar que había perdido gran parte del esplendor que alguna vez presumió en Las Lomas.

Sin embargo, sus ojos continuaban cargados de la misma altivez.

La misma mirada con la que había juzgado a Mariana.

La misma expresión con la que había ordenado que aprendiera a obedecer.

Doña Rebeca se acercó a Gonzalo y le entregó una carpeta de piel. Él la abrió, revisó rápidamente los documentos y sonrió.

“Ahí están”, susurró Alejandro. “Si cruzan esas puertas y consiguen validar el poder antes de que llegue la orden judicial, el dinero será transferido a una cuenta en Andorra. Después podrían moverlo a cualquier lugar”.

Mariana observó cómo ambos avanzaban hacia la entrada.

Se puso de pie y se ajustó la americana.

“Entonces no van a entrar”.

Alejandro se levantó de inmediato.

“¿Qué piensas hacer?”

“Ganar tiempo”.

“Mariana, Gonzalo no es Rodrigo. No sabemos de qué es capaz”.

Ella tomó la carpeta y caminó hacia la salida.

Alejandro la sujetó suavemente por el brazo.

“Esto puede ser peligroso”.

Mariana lo miró directamente a los ojos.

“Voy a hacer lo que debí hacer hace muchos años. Mirar a esa mujer a la cara y recordarle quién tiene el control ahora”.

“¿Y yo qué hago?”

“Consígueme diez minutos con el juez. Presiónalo, llama a su secretario, utiliza todos los recursos legales que tengas. Pero consigue esa firma”.

Alejandro la soltó.

“Diez minutos”.

Mariana asintió.

“Ni uno más”.

Salió de la cafetería y cruzó la calle con paso firme.

El sonido de sus tacones contra el pavimento madrileño marcaba el ritmo de una ejecución que llevaba demasiado tiempo esperando.

Gonzalo y doña Rebeca estaban a punto de atravesar las puertas giratorias cuando la voz de Mariana cortó el aire.

“¿Ya se va de compras por la M treinta, doña Rebeca? Espero que esta vez no le rechacen la tarjeta”.

Doña Rebeca se quedó inmóvil.

Gonzalo giró lentamente.

Cuando Rebeca vio a Mariana al otro lado de la acera, su rostro perdió el poco color que conservaba.

“¿Qué haces aquí?”, preguntó.

Mariana se acercó sin apartar la mirada.

“Protegiendo el dinero que usted intenta robar”.

Gonzalo soltó una risa breve.

“Debe de haber una confusión. Estamos aquí para realizar una operación completamente legal”.

“¿Legal?”

Mariana levantó la carpeta que llevaba entre las manos.

“Tengo sus balances, sus créditos vencidos y los informes de las propiedades que sus acreedores están a punto de embargar. Usted no está ayudando a la señora Rebeca, señor De la Vega. Está intentando utilizar dinero robado para salvar una empresa quebrada”.

La sonrisa de Gonzalo desapareció.

Doña Rebeca dio un paso hacia Mariana.

“Ese dinero pertenece a mi familia”.

“No. Nunca perteneció a los Altamirano”.

“Mi hijo construyó esa empresa”.

“Su hijo construyó una mentira con el capital de mi familia y después utilizó esa mentira para golpearme, amenazarme y robar millones”.

Rebeca apretó la carpeta contra el pecho.

“Rodrigo está en prisión por tu culpa”.

Mariana permaneció completamente serena.

“Rodrigo está en prisión por sus decisiones. Y usted perdió sus privilegios por ayudarlo a creer que la crueldad era una forma de autoridad”.

Varias personas comenzaron a observar la discusión desde la entrada del banco.

Gonzalo miró nerviosamente su reloj.

“No tenemos tiempo para esto, señora Altamirano”.

“No me llame así”, respondió Mariana.

Su voz no fue alta, pero hizo que Gonzalo guardara silencio.

“Ese apellido dejó de pertenecerme el día en que firmé el divorcio”.

Doña Rebeca se acercó todavía más.

“¿Crees que por tener dinero eres mejor que nosotros?”

Mariana negó lentamente.

“No. El dinero nunca me hizo mejor que usted. La diferencia es que yo decidí utilizarlo para proteger a mujeres indefensas, mientras usted está intentando robarlo para recuperar joyas, casas y cenas donde pueda seguir fingiendo que pertenece a una familia respetable”.

Rebeca levantó la mano.

Durante un instante, pareció que iba a golpearla.

Mariana no retrocedió.

Solo bajó la mirada hacia la mano temblorosa de su exsuegra y después volvió a mirarla a los ojos.

“Adelante”, dijo con calma. “Hay cámaras por todas partes. Esta vez no tendrá a su hijo para hacer el trabajo sucio”.

Rebeca dejó caer lentamente la mano.

Gonzalo tomó su brazo.

“Basta. Tenemos que entrar”.

Intentaron avanzar, pero Mariana se colocó frente a las puertas.

“Si valida ese poder, señor De la Vega, no solo perderá su empresa. También será acusado de fraude internacional, blanqueo de capitales y colaboración con una organización criminal”.

Gonzalo acercó el rostro al de Mariana.

“Apártese”.

“No”.

“Está obstruyendo una operación bancaria legal”.

“Y usted está a punto de firmar su propia confesión”.

El teléfono de Mariana vibró dentro de su bolsillo.

Por un segundo pensó que se trataba de Alejandro.

Pero el mensaje provenía del mismo número desconocido que había enviado la fotografía de la fundación.

Mariana abrió la notificación.

Esta vez aparecía una imagen del interior de uno de los refugios temporales en México.

En la fotografía se veía a una niña sentada junto a una ventana.

Debajo había una sola frase.

“Te quedan cinco minutos para dejar entrar a Rebeca”.

Mariana sintió que el aire desaparecía de sus pulmones.

Doña Rebeca observó el cambio en su expresión y sonrió.

No fue una sonrisa sorprendida.

Fue una sonrisa satisfecha.

Mariana levantó lentamente la mirada.

“Usted sabía lo de las amenazas”.

Rebeca no respondió.

Pero Gonzalo dio un paso atrás.

Entonces Mariana comprendió que el verdadero juego no estaba ocurriendo dentro del banco.

Había comenzado mucho antes, al otro lado del océano.

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Y doña Rebeca no había viajado a Madrid únicamente para robar tres millones de euros.

Había venido para obligarla a elegir entre el dinero de la fundación y la vida de una de las mujeres que Mariana había prometido proteger.

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