Parte 7

Cara a cara en Madrid
Doña Rebeca se giró bruscamente.
Sus ojos se abrieron de par en par y el color desapareció de su rostro al descubrir a Mariana de pie frente a ella.
Mariana llevaba una americana oscura perfectamente ajustada, el cabello recogido y una expresión serena. No quedaba en sus ojos ningún rastro de la mujer sumisa a la que Rebeca había ordenado humillar durante tantos años.
Gonzalo de la Vega frunció el ceño y se colocó instintivamente delante de la carpeta que contenía el poder notarial.
“¿Quién es esta mujer, Rebeca?”, preguntó con voz ronca.
Mariana dio un paso al frente sin mostrar el menor temor.
“Soy la propietaria del dinero que usted intenta robar, señor De la Vega. Mariana Salvatierra Robles”.
Gonzalo la examinó con desprecio.
Mariana sostuvo su mirada.
“Y le advierto que, si da un solo paso dentro de este banco para utilizar ese poder notarial, se convertirá oficialmente en cómplice internacional del lavado de dinero organizado por un delincuente condenado”.
Doña Rebeca consiguió recuperar parte de su arrogancia y avanzó hacia ella, temblando de rabia.
“Eres una maldita advenediza”, siseó. “Destruiste a mi hijo y nos quitaste todo lo que nos correspondía por derecho. Ese dinero pertenece a la familia Altamirano. Tú no eres más que la hija de un miserable maestro de escuela”.
Mariana no reaccionó al insulto.
Su calma glacial fue mucho más dolorosa para Rebeca que cualquier grito.
“Ese maestro de escuela posee más dignidad en un solo dedo de la que ustedes tendrán durante toda su miserable existencia”.
Rebeca apretó los labios.
“Mi hijo te convirtió en alguien”.
“Su hijo está encerrado en una celda de tres metros por tres porque confundió la violencia con el poder y el dinero ajeno con su patrimonio”.
Mariana miró la carpeta que Rebeca sostenía contra el pecho.
“Y usted ha venido hasta Madrid para mendigar los restos de un fraude. Dígame, doña Rebeca, ¿no siente vergüenza?”
Algunas personas comenzaron a detenerse en la acera. Los empleados de seguridad del banco observaban la confrontación desde el interior, atentos a cualquier movimiento.
Gonzalo consultó su reloj con nerviosismo.
El tiempo se agotaba.
“Mire, niñata, no sé qué problemas familiares tienen ustedes”, dijo, acercándose de forma intimidante. “Este poder es válido en España y yo tengo una cita concertada con el director del banco. Así que apártese inmediatamente si no quiere que llame a la policía”.
Mariana permaneció frente a las puertas giratorias.
“No será necesario que llame a nadie”.
Gonzalo soltó una sonrisa arrogante.
“¿Piensa detenerme usted sola?”
“No estoy sola”.
En ese instante, una voz resonó desde el otro extremo de la acera.
“¡Señor De la Vega!”
Alejandro Vance apareció corriendo entre los peatones. Llevaba un documento sellado en una mano y estaba acompañado por dos agentes de la Policía Nacional.
Se detuvo frente a ellos, intentando recuperar el aliento.
“No será necesario que llame a la policía, señor De la Vega. La policía ya está aquí”.
La sonrisa de Gonzalo desapareció.
Alejandro levantó el documento para que todos pudieran verlo.
“Esta es una orden cautelar emitida por la Audiencia Nacional. Las cuentas de Altamirano Sistemas y de todas sus filiales dentro del territorio español quedan congeladas con efecto inmediato”.
Doña Rebeca miró el documento como si no comprendiera las palabras.
Alejandro continuó.
“La operación prevista para esta mañana ha sido suspendida. El poder notarial queda temporalmente invalidado mientras se investiga su origen y ambos serán interrogados por un posible delito de alzamiento de bienes, fraude documental y blanqueo de capitales”.
Gonzalo palideció.
Primero miró a los agentes.
Después observó el documento.
Finalmente se volvió hacia Rebeca con una furia incontenible.
“¡Me dijiste que esta mujer estaba controlada!”, gritó. “¡Aseguraste que regresaría a México en cuanto recibiera la amenaza!”
Mariana sintió un escalofrío.
Hasta ese momento, Gonzalo no había mencionado la fotografía del refugio.
Rebeca lo miró con pánico.
“Cállate”.
“¡Me has metido en un problema monumental! Mi empresa está acabada por tu culpa”.
“¡Tú necesitabas el dinero más que yo!”, respondió Rebeca. “No intentes convertirte ahora en una víctima”.
Uno de los agentes se interpuso entre ellos.
“Basta. Entréguennos sus documentos de identidad y permanezcan donde están”.
Gonzalo intentó guardar discretamente el poder notarial dentro de su chaqueta, pero el segundo agente lo detuvo.
“Deje la carpeta en el suelo, señor”.
Gonzalo obedeció lentamente.
Doña Rebeca comenzó a llorar.
No eran lágrimas de arrepentimiento.
Eran lágrimas de frustración.
En plena calle de Alcalá, rodeada de desconocidos y agentes de policía, contemplaba cómo desaparecía su último sueño de recuperar la vida de lujo que había perdido.
“Todo esto es tu culpa”, dijo, mirando a Mariana. “Si hubieras aprendido a obedecer, mi hijo seguiría libre y nuestra familia todavía sería respetada”.
Mariana se acercó hasta quedar frente a ella.
“Su hijo estaría libre si nunca hubiera decidido golpearme. Usted conservaría su vida si no hubiera ayudado a robar el dinero destinado a mujeres vulnerables. Nadie destruyó a su familia, Rebeca. Ustedes mismos lo hicieron cada vez que creyeron que el apellido Altamirano estaba por encima de la ley”.
Rebeca bajó la voz.
“Rodrigo nunca te dejará en paz”.
Mariana no apartó la mirada.
“Rodrigo ya no decide nada sobre mi vida”.
Los agentes acompañaron a Gonzalo y a Rebeca hacia un vehículo policial estacionado junto a la acera.
Antes de subir, Rebeca se volvió una última vez.
Su rostro ya no mostraba orgullo.
Solo miedo.
Mariana permaneció inmóvil junto a Alejandro mientras la puerta del vehículo se cerraba.
“Se acabó el juego, Rebeca”, dijo en voz baja. “Buen viaje de regreso a la realidad”.
El automóvil arrancó y desapareció entre el tráfico de Madrid.
Alejandro soltó el aire lentamente.
“Lo hemos conseguido”.
Mariana observó la carpeta confiscada en manos de uno de los agentes.
“No del todo”.
Le mostró el mensaje amenazante que había recibido frente al banco.
“La persona que tomó esta fotografía sigue cerca de la fundación. Y Gonzalo acaba de confirmar que la amenaza formaba parte del plan”.
Alejandro miró la imagen con preocupación.
“Entonces alguien más continúa obedeciendo las órdenes de Rodrigo”.
Mariana guardó el teléfono.
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La batalla por los tres millones de euros había terminado.
Pero la guerra todavía no.