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Parte 4

Parte 4 : El eco del pasado

Un año después de la sentencia, la Fundación Meridian Tecnología y Refugio se había convertido en un faro de esperanza en Coyoacán.

Mariana Salvatierra revisaba los informes financieros en su nuevo despacho, un espacio amplio y sereno donde los ventanales dejaban entrar la luz templada de la mañana. Ya no vivía con miedo, pero la prudencia se había convertido en su segunda piel.

El sonido de su nuevo teléfono interrumpió el silencio.

No era una llamada ordinaria.

La pantalla mostraba un número con prefijo de España.

“¿Sí?”, respondió Mariana con voz firme.

“¿Mariana Salvatierra? Mi nombre es Alejandro Vance. Soy abogado corporativo en Madrid”, dijo la voz al otro lado de la línea, pausada y con un marcado acento castellano. “Lamento molestarla, señorita Salvatierra, pero hemos detectado movimientos extraños en una cuenta puente perteneciente a una antigua filial de Altamirano Sistemas en España”.

Mariana sintió un leve vuelco en el estómago.

Creía que toda la red financiera de Rodrigo había sido completamente desmantelada.

“Esa empresa se encuentra en proceso de liquidación y sus activos están bajo el control de mi fundación, señor Vance. ¿De qué clase de movimientos me está hablando?”

Alejandro guardó silencio durante unos segundos antes de responder.

“Alguien está intentando desviar tres millones de euros hacia un paraíso fiscal utilizando un antiguo poder notarial firmado por su exmarido antes de ingresar en prisión. Y me temo que la persona encargada de ejecutar las órdenes se encuentra mucho más cerca de usted de lo que imagina”.

Mariana se enderezó en la silla.

“¿Quién?”

“Doña Rebeca ha sido vista en el barrio de Salamanca, aquí en Madrid. Se ha reunido varias veces con asesores financieros de reputación bastante dudosa”.

Mariana apretó el puño sobre la mesa de madera.

Doña Rebeca, la mujer que la había despreciado, humillado y culpado de destruir a la familia Altamirano, no se había quedado de brazos cruzados después de perder sus lujos en Las Lomas.

Había esperado.

Había planeado.

Y ahora intentaba recuperar una fortuna que nunca le había pertenecido.

“Vaya. Parece que la señora todavía no entiende cuándo ha perdido”, murmuró Mariana.

Después acercó el teléfono a su oído y habló con una firmeza absoluta.

“Escúcheme con atención, Alejandro. No voy a permitir que se lleven ni un solo céntimo de ese dinero. Ese fondo pertenece a las mujeres que estamos protegiendo. Financia refugios, tratamientos, abogados y traslados de emergencia. ¿Qué opciones tenemos?”

“Legalmente, contamos con muy poco tiempo”, respondió Alejandro con gravedad. “Faltan apenas unos días para que la transferencia se vuelva irrevocable”.

Mariana abrió el expediente de la filial española y empezó a revisar las cifras mientras hablaba.

“Entonces deténgala”.

“No puedo hacerlo sin usted. Para bloquear la operación deberá presentarse personalmente en Madrid. Tengo los documentos necesarios, pero necesito su firma de puño y letra como accionista mayoritaria del fideicomiso Salvatierra”.

Alejandro hizo una breve pausa.

“¿Está dispuesta a librar esta batalla en territorio español?”

Mariana bajó la mirada hacia la cicatriz de su muñeca.

La marca seguía allí, recordándole la noche en que había decidido no volver a callarse.

Durante mucho tiempo creyó que aquella cicatriz representaba el poder que Rodrigo había ejercido sobre ella.

Ahora comprendía que significaba exactamente lo contrario.

Era la prueba de que había sobrevivido.

“Prepare todos los documentos, señor Vance”, respondió.

“¿Cuándo llegará?”

Mariana cerró el expediente y se puso de pie frente a los ventanales.

La luz de la mañana iluminó su rostro.

“Mañana mismo estaré en Madrid”.

Al otro lado de la línea, Alejandro guardó silencio.

Después habló en voz baja.

“Entonces será mejor que venga preparada, señorita Salvatierra”.

Mariana frunció el ceño.

“¿Por qué?”

“Porque doña Rebeca no está trabajando sola”.

La llamada terminó.

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Mariana permaneció inmóvil, observando la pantalla apagada de su teléfono.

Por primera vez en un año, sintió que el pasado acababa de encontrar una nueva puerta para regresar.

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