PARTE 5: EL TRAIDOR ENTRE LOS SUPERVIVIENTES

El primer grito llegó desde el valle.
Después otro.
Theron corrió hacia la salida del templo.
Mara lo siguió con Elian contra el pecho.
Cuando llegaron al exterior, el santuario había cambiado por completo.
Las familias corrían hacia las casas de piedra.
Los guerreros cerraban las entradas interiores.
Desde el túnel principal llegaba el sonido metálico de botas.
La Orden de San Veyr estaba dentro.
“¿Cómo?”, gritó Mara.
Seraphine observaba las puertas abiertas con horror.
“Solo siete personas conocen el mecanismo.”
Theron se volvió.
“Entonces una de esas siete nos vendió.”
Una flecha golpeó una columna de piedra.
Todos se agacharon.
Theron agarró a Mara por el hombro.
“Lleva a Elian al templo.”
“¿Y tú?”
“Esta vez no hay un puente que cortar.”
Mara lo miró.
“No vuelvas a decirme que corra mientras tú te quedas atrás.”
Por primera vez, Theron pareció sorprendido.
Entonces un grupo de soldados apareció al final del camino.
Al frente caminaba el hombre de la armadura blanca.
Se quitó lentamente el casco.
Era mayor de lo que Mara había imaginado.
Cabello gris.
Una cicatriz que atravesaba su mejilla derecha.
Sus ojos se clavaron inmediatamente en Elian.
“Ahí estás.”
Theron se colocó delante de Mara.
“Da otro paso.”
El hombre sonrió.
“Theron de la Casa Aster.”
Theron se quedó rígido.
“No escuchaba ese nombre desde que encadenaron a mi hermano.”
Mara miró al comandante.
“¿Tú conocías a Cael?”
La sonrisa desapareció.
“Yo fui quien lo interrogó.”
Theron lanzó un rugido que hizo retroceder incluso a algunos soldados.
El comandante levantó una mano.
“Si quisiera al niño muerto, habría disparado desde el túnel.”
“Lo quieren vivo para abrir la cámara”, dijo Mara.
El hombre la miró con interés.
“Seraphine ha hablado demasiado.”
Mara giró hacia la anciana.
Pero Seraphine no parecía sorprendida por aquella frase.
Parecía aterrada.
El comandante continuó.
“Pregúntale qué hay realmente detrás de esa puerta.”
Mara no apartó los ojos de Seraphine.
“¿Qué quiere decir?”
“Ahora no”, respondió la anciana.
“Ahora”, exigió Mara.
Seraphine guardó silencio.
Entonces una voz surgió detrás de ellos.
“Yo se lo diré.”
Todos se giraron.
Un hombre joven estaba junto a la entrada del templo.
Mara lo había visto al llegar.
Había sido uno de los primeros en arrodillarse ante Elian.
Sostenía una antorcha en una mano.
En la otra llevaba una pequeña palanca de hierro manchada de polvo rojo.
Seraphine palideció.
“Edras.”
Theron comprendió.
“Tú abriste la puerta.”
El joven sonrió.
“Llevamos generaciones escondiéndonos en esta montaña mientras los humanos gobiernan nuestras antiguas ciudades.”
“Has condenado a todos”, dijo Seraphine.
“No.”
Edras señaló a Elian.
“Él va a liberarnos.”
Mara retrocedió.
“No sabes nada de mi hijo.”
“Sé exactamente quién es.”
Edras dio un paso.
“Y sé qué hay detrás de la puerta de Asterion.”
El comandante de la Orden observaba en silencio.
Aquello hizo que Mara comprendiera algo todavía peor.
Edras no trabajaba para ellos.
Los había utilizado.
“¿Qué hay detrás?”, preguntó.
Edras miró los cuernos dorados de Elian.
“El ejército que nunca murió.”
El valle quedó en silencio.
Seraphine cerró los ojos.
Mara sintió frío.
“¿Qué ejército?”
Seraphine finalmente habló.
“Asterion sabía que perdería la guerra.”
Su voz temblaba.
“Antes de caer, llevó a sus últimos guerreros bajo la montaña.”
“¿Para esconderlos?”
“No.”
La anciana miró a Elian.
“Para dormirlos.”
Mara sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies.
Edras sonreía.
“Dos mil años esperando a alguien con sangre suficiente para despertarlos.”
Theron avanzó hacia él.
“Cael murió para evitar exactamente esto.”
Edras endureció el rostro.
“Cael murió porque era un cobarde.”
Theron se lanzó hacia delante.
Pero antes de llegar, un estruendo surgió del interior del templo.
Todos se detuvieron.
La puerta de hierro estaba vibrando.
Mara miró a Elian.
El bebé había comenzado a llorar.
Sus pequeños cuernos brillaban.
No con el reflejo de una antorcha.
Desde dentro.
Una luz dorada pulsaba bajo su piel.
Una vez.
Dos.
Tres.
Y detrás de la puerta, algo respondió.
BUM.
El suelo tembló.
BUM.
Polvo antiguo cayó del techo.
El comandante de la Orden dejó de sonreír.
Incluso Edras retrocedió.
“Eso no debería ocurrir todavía.”
Mara apretó a Elian contra su pecho.
“¿Qué hiciste?”
“Nada.”
BUM.
La puerta de hierro se abombó hacia fuera.
Desde las profundidades llegó un sonido que ninguno de ellos olvidaría jamás.
Miles de voces respirando al mismo tiempo.
Theron miró a Mara.
Por primera vez desde que lo había conocido, el Minotauro parecía tener miedo.
“Seraphine.”
La anciana no respondió.
“SERAPHINE, ¿QUÉ ESTÁ DESPERTANDO?”
Ella miró al bebé.
Después a la puerta.
Y susurró:
“No es Elian quien está abriendo la cámara.”
Mara se quedó inmóvil.
“Entonces, ¿quién?”
Seraphine señaló lentamente hacia el vientre de Mara.
El mundo pareció detenerse.
Mara bajó la mirada.
“No.”
Seraphine tenía lágrimas en los ojos.
“Cael no dejó un heredero.”
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Una nueva vibración atravesó toda la montaña.
“Dejó dos.”