PARTE 4: EL SANTUARIO QUE ESPERABA A ELIAN

El sendero hacia el santuario no aparecía en ningún mapa.
Durante casi una hora, Mara siguió a Theron entre paredes de roca negra cubiertas de musgo. El camino se estrechaba tanto en algunos puntos que los enormes hombros del Minotauro rozaban la piedra.
Detrás de ellos, los cuernos de guerra continuaban resonando a través de las montañas.
Cada vez más cerca.
Mara mantenía a Elian oculto bajo su capa.
“¿Cuánto falta?”
“Poco.”
“Dijiste eso hace veinte minutos.”
Theron la miró por encima del hombro.
“Para alguien de mi tamaño, eso es poco.”
Mara habría sonreído en cualquier otra situación.
Entonces Theron se detuvo.
Frente a ellos solo había una pared de piedra.
“¿Nos hemos perdido?”
Theron apoyó la palma sobre una marca tallada casi invisible.
Un círculo.
Dentro, dos cuernos enfrentados.
La roca vibró.
Mara retrocedió.
Una grieta apareció lentamente en la montaña y una enorme puerta de piedra comenzó a abrirse.
Detrás había un valle escondido.
Mara dejó de respirar.
Casas construidas directamente contra los acantilados.
Puentes de piedra.
Campos verdes protegidos del viento.
Niños corriendo junto a criaturas con pequeños cuernos.
Hombres y mujeres de aspecto humano caminando al lado de seres semejantes a Theron.
Algunos tenían ojos dorados.
Otros pequeñas protuberancias en la frente.
Otros podían pasar completamente por humanos.
Mara miró a Theron.
“¿Cuántos son?”
“Los que sobrevivieron.”
Las puertas se cerraron detrás de ellos.
Varias figuras comenzaron a acercarse.
Cuando vieron a Theron, algunos sonrieron.
Cuando vieron a Mara, dejaron de hacerlo.
Pero cuando Elian emitió un pequeño sonido bajo la capa, todos se quedaron inmóviles.
Una anciana avanzó entre la multitud.
Era humana en apariencia, salvo por sus ojos completamente dorados.
Theron inclinó la cabeza.
“Seraphine.”
La anciana no respondió.
Miraba únicamente al bebé.
“Muéstramelo.”
Mara retrocedió.
“No.”
Theron se interpuso ligeramente.
“Ella es su madre.”
Seraphine levantó la vista hacia Mara.
“Y si ese niño es quien creemos, también es mucho más que su hijo.”
Mara sintió cómo se tensaba su cuerpo.
“Para mí no.”
El silencio cayó alrededor de ellos.
Seraphine la estudió durante unos segundos.
Después asintió.
“Entonces enséñamelo como madre. No como súbdita.”
Mara dudó.
Finalmente apartó parte de la tela.
Los dos pequeños cuernos dorados quedaron visibles.
Una mujer cercana se llevó una mano a la boca.
Un anciano cayó de rodillas.
Después otro.
Y otro.
En pocos segundos, decenas de personas estaban arrodilladas.
Mara apretó a Elian contra su pecho.
“No hagan eso.”
Nadie se levantó.
Seraphine parecía incapaz de respirar.
“Pensamos que la línea había terminado con Cael.”
Theron bajó los ojos.
“Yo también.”
La anciana extendió una mano hacia Elian, pero se detuvo antes de tocarlo.
“Cuatro meses.”
Mara frunció el ceño.
“¿Cómo lo sabe?”
Seraphine señaló sus cuernos.
“El color cambia al sexto mes.”
Mara miró a Theron.
Él tampoco parecía saberlo.
La anciana continuó.
“Tenemos algo que debes ver.”
Los condujo hasta un templo excavado en el interior de la montaña.
No había altares.
No había estatuas.
Solo paredes cubiertas con pinturas antiguas.
Mara vio ejércitos humanos.
Ciudades en llamas.
Criaturas con cuernos defendiendo pasos de montaña.
Y en el centro de la pared más grande estaba Asterion.
No como una bestia.
Como un rey.
Llevaba a un niño en brazos.
Un niño con pequeños cuernos dorados.
Exactamente iguales a los de Elian.
Mara sintió un escalofrío.
“¿Qué significa esto?”
Seraphine señaló una inscripción.
“Cada varias generaciones nace uno con los cuernos del amanecer.”
“¿Y?”
“Puede unir las casas de sangre antigua.”
Theron endureció la expresión.
“Por eso la Orden lo quiere.”
Seraphine negó lentamente.
“No solo por eso.”
Se acercó a una puerta de hierro situada detrás del mural.
En el centro había una pequeña cavidad circular.
“El fundador de la Orden de San Veyr no creó la Orden para destruir al pueblo de Asterion.”
Mara la miró.
“¿Entonces para qué?”
“Para protegerlo.”
Theron dio un paso hacia ella.
“Eso es mentira.”
“Se convirtió en mentira.”
Seraphine apoyó una mano sobre la puerta.
“Hace siglos, San Veyr juró proteger algo que Asterion escondió bajo estas montañas. Con el tiempo, sus sucesores decidieron que protegerlo no era suficiente.”
“Querían controlarlo”, dijo Mara.
Seraphine asintió.
“Y para abrirlo necesitan la sangre de su heredero.”
Mara miró a Elian.
“No.”
“No permitiré que nadie lo use.”
“Entonces debemos asegurarnos de que nunca descubran cómo llegar aquí.”
De repente sonó una campana.
Una vez.
Dos.
Tres.
Theron giró de inmediato.
Seraphine perdió el color del rostro.
“¿Qué significa eso?”
preguntó Mara.
Theron ya corría hacia la entrada.
“Que alguien abrió la puerta exterior.”
Mara sintió que el corazón se le detenía.
“¿Los soldados?”
Seraphine negó.
“No pueden abrirla desde fuera.”
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Mara comprendió antes de que terminara.
Alguien dentro del santuario acababa de dejarlos entrar.