Chapter 9: El hombre que nunca se fue

El mundo se detuvo.
No escuché la casa cayendo.
No escuché los gritos.
No escuché la energía chocando alrededor de mí.
Solo escuché una voz.
Una voz que había extrañado durante años.
“—Eva.””
Mis labios comenzaron a temblar.
Porque no importaba cuántas veces me dijeran que era imposible.
No importaba cuánta lógica intentara usar.
Para mí, esa voz siempre sería la misma.
La voz del hombre que me despertaba con café.
La voz del hombre que tomaba mi mano cuando tenía miedo.
La voz de Ricardo.
“—No puede ser…”
Di un paso hacia la ventana.
La figura estaba afuera, rodeada por una luz tenue.
Parecía igual.
El mismo rostro.
La misma mirada tranquila.
Pero había algo diferente.
Algo que me decía que había sufrido.
Daniel cayó de rodillas.
“—Papá…”
Ricardo lo miró.
Y por un segundo vi dolor en sus ojos.
“—Mi hijo.””
Daniel comenzó a llorar.
“—Pensé que estabas muerto.””
La figura cerró los ojos.
“—Lo sé.””
Esa respuesta me rompió.
Porque no era una explicación.
Era una confesión.
Me giré hacia Elena.
“—¿Tú sabías?””
Ella no respondió.
Y su silencio fue suficiente.
“—Todos sabían menos yo.””
Mi voz salió baja.
Pero todos escucharon.
Ricardo apareció dentro de la habitación como una sombra de luz.
No era completamente físico.
Pero estaba ahí.
Frente a mí.
A centímetros.
Quería tocarlo.
Quería correr hacia él.
Pero algo me detuvo.
No era falta de amor.
Era la herida.
La herida de haber vivido años creyendo que estaba sola.
“—¿Por qué?””
Ricardo bajó la mirada.
“—Eva…”
“—No.””
Mis ojos se llenaron de lágrimas.
“—No me digas mi nombre como si eso arreglara todo.””
Nadie habló.
“—Te lloré.””
Mi voz se quebró.
“—Te enterré.””
Ricardo cerró los ojos.
“—Lo sé.””
“—Pasé años pensando que el amor de mi vida se había ido.””
Una lágrima cayó por mi rostro.
“—Y tú estabas aquí.””
Él dio un paso hacia mí.
“—No estaba aquí como crees.””
“—Explícame.””
Respiró profundamente.
“—Cuando Arturo descubrió que la magia había elegido a nuestra familia, intentó tomarla.””
Miró la pulsera.
“—Yo sabía que si me quedaba, usaría a Daniel y a ti para llegar al poder.””
Daniel bajó la mirada.
“—Entonces fingiste morir.””
Ricardo asintió.
“—Para protegerlos.””
Sentí una mezcla de tristeza y enojo.
“—Otra vez.””
Ricardo me miró.
“—¿Qué?””
“—Otra vez alguien decidió qué era mejor para mí.””
La frase lo golpeó.
Porque sabía que era verdad.
“—Pensaste que protegerme significaba dejarme fuera.””
Él no respondió.
“—Pero yo no necesitaba una vida perfecta.””
Puse una mano sobre mi corazón.
“—Necesitaba una vida contigo.””
El silencio fue más doloroso que cualquier pelea.
Entonces Ricardo hizo algo inesperado.
Se arrodilló.
El hombre que había protegido secretos antiguos.
El hombre que había cargado con una guerra invisible.
Se arrodilló frente a mí.
“—Perdóname.””
Mis ojos se llenaron de lágrimas.
Porque durante años imaginé ese momento.
Pero nunca imaginé que sentiría tantas cosas al mismo tiempo.
Antes de responder, una risa fría llenó la habitación.
Arturo.
“—Qué escena tan conmovedora.””
Todos se giraron.
La oscuridad alrededor de él era más fuerte.
Pero ahora entendía algo.
No era poder.
Era desesperación.
“—Ricardo siempre fue débil.””
Mi mano brilló.
“—No hables de él.””
Arturo sonrió.
“—¿Por qué? ¿Porque lo amas?””
Señaló la casa.
“—Ese amor es exactamente lo que te hace vulnerable.””
Negué lentamente.
“—No.””
La energía dorada aumentó.
“—Eso es lo que nunca entendiste.””
Arturo frunció el ceño.
“—¿Qué?””
Miré a mi familia.
A Daniel.
A Valeria.
Incluso a Ricardo.
“—El amor no es una cadena.””
Di un paso adelante.
“—Es la razón por la que sigo luchando.””
La oscuridad de Arturo se movió.
Pero esta vez no tenía miedo.
Porque podía ver dentro de ella.
Vi su pasado.
Un niño solo.
Un niño que alguna vez también había querido ser elegido.
Pero dejó que el dolor lo transformara.
“—Tú también fuiste abandonado.””
Arturo se quedó inmóvil.
“—No sabes nada de mí.””
“—Sé suficiente.””
La oscuridad tembló.
“—Sé que alguien te hizo creer que solo sobrevives si tomas todo de los demás.””
Por primera vez, Arturo pareció humano.
Solo por un segundo.
Después su rostro volvió a endurecerse.
“—No necesito compasión.””
Levantó las manos.
Toda la casa comenzó a llenarse de sombras.
“—Necesito el poder.””
Ricardo se colocó a mi lado.
“—Eva.””
Lo miré.
“—¿Sí?””
“—Esta vez no pelees sola.””
Y esa frase significó más que cualquier magia.
Porque por primera vez en años…
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No estaba cargando con todo.
La batalla final comenzó.