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Chapter 8: La elección de Eva

El espejo seguía mostrando aquella noche.

La mesa del restaurante.

Las risas.

La carpeta negra deslizándose hacia mí.

Durante semanas había imaginado diferentes finales.

Había imaginado que Daniel suplicaba perdón.

Que Valeria sentía vergüenza.

Que todos aquellos que se rieron de mí entendían mi dolor.

Era humano querer eso.

Era humano querer que quienes te lastimaron sintieran lo mismo.

Pero la voz del espejo no preguntaba qué quería.

Preguntaba quién quería ser.

“—Eva.””

La voz volvió a sonar.

“—El poder puede darte justicia.””

El reflejo cambió.

Vi una versión de mí misma con una energía enorme.

Vi a Daniel arrodillado.

Vi a Valeria llorando.

Vi a Arturo derrotado.

Todo sería fácil.

Demasiado fácil.

“—¿Y qué pasa después?”” pregunté.

La voz guardó silencio.

Entonces apareció otra imagen.

Una mujer sola.

Con todo el poder del mundo.

Pero sin nadie cerca.

Sin familia.

Sin amor.

Sin la vida que había construido.

Comprendí la prueba.

No era si podía ganar.

Era si podía ganar sin convertirme en aquello que odiaba.

Daniel estaba detrás de mí.

“—Mamá.””

Lo miré.

Tenía lágrimas en los ojos.

“—Si quieres dejarme atrás, lo entiendo.””

Sentí un dolor profundo.

Porque durante mucho tiempo él había sido mi mayor herida.

Pero también era mi hijo.

“—Daniel.””

Se quedó quieto.

“—Cometiste errores.””

Asintió.

“—Muchos.””

Bajó la cabeza.

“—Lo sé.””

Me acerqué.

“—Pero todavía tienes una oportunidad de hacer algo diferente.””

Sus ojos se llenaron de lágrimas.

No lo abracé.

Todavía no.

Algunas heridas necesitan tiempo.

Pero por primera vez, no sentí que mi corazón estuviera cerrado.

Volví al espejo.

“—Mi respuesta es no.””

La habitación entera tembló.

La voz preguntó:

“—¿No qué?””

Respiré profundamente.

“—No voy a usar este poder para vengarme.””

El espejo se rompió.

Pero no en pedazos.

En luz.

Miles de partículas doradas llenaron la habitación.

Elena, que nos había seguido hasta la cámara, sonrió.

“—Lo sabía.””

Daniel miró alrededor.

“—¿Qué pasó?””

Elena señaló mi pulsera.

“—La magia finalmente te reconoció.””

La luz entró en mi cuerpo.

No dolió.

Fue como recordar algo que siempre había sabido.

De repente entendí la energía.

No como una herramienta.

Como una extensión de mí.

Subimos nuevamente.

Pero algo había cambiado.

Arturo nos esperaba.

Y esta vez parecía menos seguro.

“—¿Qué hiciste?””

Lo miré.

“—Elegí.””

Su expresión se endureció.

“—Eso no importa.””

Levantó ambas manos.

Las sombras de toda la casa comenzaron a moverse.

“—El poder sigue siendo mío.””

Negué con la cabeza.

“—Nunca fue tuyo.””

La luz salió de mí.

Pero no atacó.

Rodeó a las sombras.

Y por un instante vi algo que nadie más vio.

El miedo de Arturo.

No miedo a perder una batalla.

Miedo a perder el control.

“—Tú no quieres poder,” dije.

Él retrocedió.

“—Quieres que todos sean tan vacíos como tú.””

Por primera vez, Arturo gritó.

“—¡Cállate!””

La oscuridad explotó.

La casa entera comenzó a caer.

Valeria protegió a Daniel.

Elena levantó una barrera.

Pero Arturo no estaba atacándonos.

Estaba intentando escapar.

Miré hacia la ventana.

Una figura apareció afuera.

Una figura que hizo que todos quedaran inmóviles.

Era un hombre.

Con cabello oscuro.

Con la misma sonrisa tranquila que recordaba cada mañana.

Mi respiración se detuvo.

“—No…”

Daniel miró la ventana.

“—Papá…”

La figura levantó la mano.

Y aunque sabía que era imposible…

Escuché su voz.

“—Eva, no confíes en ellos.””

Elena palideció.

Arturo sonrió.

Porque esa aparición significaba una sola cosa.

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Ricardo no había muerto.

Y alguien había estado ocultándolo durante todos estos años.

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