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PARTE 5: EL ÚLTIMO NOMBRE

Lucía ordenó protección inmediata para Sara.

Pero había algo que no entendía.

Si Beatriz Montes quería silenciarla, ¿por qué esperar dos años?

La respuesta apareció en el lugar más inesperado.

En la carta que Mara había enviado meses atrás.

Lucía volvió a leerla.

“Hoy una interna nueva llegó asustada. Nadie se sentó con ella. Yo sí.”

Una interna nueva.

Lucía llamó a Santa Lucía.

“Necesito saber quién ingresó el día en que Mara escribió esta carta.”

La respuesta llegó minutos después.

Nadia Cruz.

Treinta y nueve años.

Condenada por fraude financiero.

Había trabajado durante once años como contable.

Lucía abrió su expediente.

Su último empleo hizo que se quedara inmóvil.

Una empresa de consultoría propiedad de Beatriz Montes.

Lucía regresó a Santa Lucía.

Nadia estaba en el patio.

Cuando vio acercarse a Lucía, dejó caer el libro que sostenía.

“Sabía que vendría.”

“¿Por qué?”

Nadia miró alrededor.

“Porque Beatriz también sabe que estoy aquí.”

Lucía pidió una sala privada.

Durante la siguiente hora, Nadia contó una historia que convertía el caso de Santa Lucía en algo mucho mayor.

Valdés no era el cerebro.

Ni siquiera Beatriz.

Durante años varias empresas habían cobrado contratos públicos inflados por servicios dentro de centros penitenciarios.

Mantenimiento.

Medicamentos.

Seguridad.

Transporte.

Parte del dinero regresaba mediante sociedades fantasma.

Nadia había llevado las cuentas.

“¿Por qué no hablaste antes?”

“Porque tenía una hija.”

Lucía guardó silencio.

“Me dijeron que si entregaba los documentos, ella desaparecería.”

“¿Dónde están las pruebas?”

Nadia la miró fijamente.

“Dentro de Santa Lucía.”

Lucía creyó haber escuchado mal.

“Valdés nunca las encontró. Sara estuvo muy cerca.”

“¿Dónde?”

“En el antiguo archivo médico.”

Aquella zona llevaba cerrada cuatro años.

Esa misma tarde, Lucía, Claudia y dos investigadores entraron en el archivo.

Polvo.

Archivadores oxidados.

Cajas abandonadas.

Nada parecía especial.

Hasta que Lucía observó una baldosa ligeramente diferente bajo un armario.

La levantaron.

Debajo había una bolsa impermeable.

Dentro encontraron libros contables, contratos, fotografías y varias memorias.

Nombres de empresarios.

Funcionarios.

Intermediarios.

Personas que jamás habían aparecido en la primera investigación.

Claudia miró a Lucía.

“Esto puede derribar a mucha gente.”

Entonces se apagaron las luces.

Todo quedó negro.

Uno de los investigadores encendió una linterna.

Se escuchó una puerta cerrarse en el pasillo.

Lucía corrió hacia ella.

Bloqueada.

Alguien estaba dentro del edificio.

Claudia llamó por radio.

No hubo respuesta.

“Han cortado las comunicaciones.”

Lucía sostuvo la bolsa contra su pecho.

Entonces escucharon pasos.

Lentos.

Acercándose.

Una sombra apareció al otro extremo del pasillo.

Era una mujer.

Cabello oscuro.

Abrigo negro.

Mara había dicho la verdad.

Beatriz Montes.

“Entrégame la bolsa, Lucía.”

Lucía no se movió.

“Dos años escondiéndote para terminar entrando voluntariamente en una prisión.”

Beatriz sonrió.

“Porque algunas cosas valen más que la libertad.”

“¿Como qué?”

“Los nombres que hay ahí.”

Beatriz avanzó.

Pero Lucía sonrió por primera vez.

“Has cometido el mismo error que Valdés.”

La expresión de Beatriz cambió.

“Pensar que vine sola.”

Las luces de emergencia se encendieron.

Varias puertas se abrieron simultáneamente.

Agentes de la Guardia Civil aparecieron en ambos extremos del pasillo.

Claudia había enviado una copia de la ubicación antes de entrar.

Beatriz quedó inmóvil.

Por primera vez, fue ella quien retrocedió.

Un paso.

Solo uno.

Lucía lo vio.

Horas después, mientras Beatriz era trasladada, Mara observaba desde una ventana del pabellón.

Lucía salió al patio.

Mara se acercó.

“¿Terminó?”

Lucía miró la bolsa de pruebas.

“Esta parte sí.”

“¿Y las demás?”

Lucía permaneció en silencio.

Porque dentro de una de las memorias habían encontrado algo que ninguno esperaba.

Un archivo creado apenas tres semanas antes.

La red seguía activa.

Beatriz no había sido la última persona al mando.

Había alguien más.

Alguien que conocía cada movimiento de Lucía.

Cada visita de Claudia.

Cada declaración de Mara.

Y cada cambio realizado en Santa Lucía.

Lucía abrió en su teléfono una fotografía recuperada del archivo.

Mara miró la pantalla.

Su rostro se quedó completamente blanco.

“Lo conozco.”

Lucía giró hacia ella.

“¿Quién es?”

Mara levantó lentamente la mirada.

“Es la persona que te permitió entrar en Santa Lucía el primer día.”

Lucía dejó de respirar durante un instante.

Porque aquello significaba que la operación encubierta nunca había sido realmente un secreto.

Alguien había sabido desde el principio quién era ella.

Y la había dejado entrar.

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No para detenerla.

Sino para descubrir cuánto sabía.

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