PARTE 4: LA CARTA QUE NUNCA DEBIÓ LLEGAR

Dos años después del juicio de Santa Lucía, Lucía Serrano creyó que aquel caso había terminado para siempre.
Se equivocaba.
Era martes por la mañana cuando encontró un sobre marrón sobre su escritorio.
No tenía sello.
No tenía remitente.
Solo su nombre escrito a mano.
Lucía Serrano.
Dentro había una fotografía.
En ella aparecía Sara Molina saliendo de su apartamento la noche anterior.
Lucía sintió que el estómago se le cerraba.
Debajo había una segunda fotografía.
Mara Ortega caminando por el patio de Santa Lucía.
Y una tercera.
Lucía entrando en la sede de Asuntos Internos.
Alguien las estaba vigilando a las tres.
En el fondo del sobre encontró una nota.
“Valdés no construyó la red. Solo la administraba.”
Lucía leyó aquella frase dos veces.
Después llamó inmediatamente a Claudia Ferrer.
Treinta minutos más tarde estaban reunidas en una sala cerrada.
Claudia extendió las fotografías sobre la mesa.
“¿Quién podía saber que Sara estaba colaborando contigo?”
“Muy pocas personas.”
“¿Y la carta de Mara?”
“Solo nosotros.”
Claudia levantó lentamente la mirada.
Eso significaba que alguien tenía acceso a información confidencial.
Alguien que había sobrevivido a la investigación.
Lucía regresó a Santa Lucía esa misma tarde.
Mara estaba trabajando en la biblioteca cuando la vio entrar.
Su expresión cambió.
“Algo ha ocurrido.”
Lucía dejó la fotografía sobre la mesa.
Mara perdió el color.
“¿De dónde has sacado esto?”
“Quiero que me digas quién estaba por encima de Valdés.”
Mara permaneció inmóvil.
“Creí que nunca lo preguntarías.”
Lucía sintió un escalofrío.
“Habla.”
Mara miró hacia la puerta antes de responder.
“Valdés recibía órdenes.”
“¿De quién?”
“No conozco su nombre real.”
“Entonces dime lo que sabes.”
Mara respiró profundamente.
“Una vez al mes recibía una llamada. Después de cada llamada cambiaban los turnos, desaparecían expedientes y llegaban paquetes. Valdés le tenía miedo a esa persona.”
“¿Lo viste alguna vez?”
“Una vez.”
Lucía se inclinó hacia ella.
Mara continuó.
“Era una mujer. Elegante. Cabello oscuro. Nunca pasó por los controles normales.”
“¿Cuándo?”
“La noche anterior a que Sara apareciera en el almacén.”
Lucía sintió que todas las piezas volvían a moverse.
“¿Puedes reconocerla?”
Mara asintió.
Lucía sacó varias fotografías relacionadas con antiguos cargos del sistema penitenciario.
Mara pasó una tras otra.
De pronto se detuvo.
Su dedo quedó inmóvil sobre una imagen.
Lucía miró el nombre.
Beatriz Montes.
Antigua directora regional de Instituciones Penitenciarias.
Una mujer públicamente respetada que había abandonado su cargo seis meses antes del escándalo de Santa Lucía.
Claudia recibió la información aquella misma noche.
Pero cuando intentaron localizar a Beatriz, descubrieron algo inquietante.
Había desaparecido.
Su vivienda estaba vacía.
Sus cuentas principales llevaban meses sin movimientos.
Su teléfono estaba desconectado.
Parecía haber preparado su desaparición mucho antes del juicio de Valdés.
A las tres de la madrugada, Lucía recibió una llamada.
Era Sara.
Su voz temblaba.
“Hay alguien dentro de mi casa.”
Lucía se levantó de golpe.
“Enciérrate y llama a la policía.”
“Ya lo hice.”
Entonces se escuchó un ruido.
Cristales rompiéndose.
“Sara.”
Silencio.
“Sara, respóndeme.”
La comunicación se cortó.
Lucía salió corriendo.
Cuando llegó, la policía ya rodeaba el edificio.
La puerta del apartamento estaba abierta.
Había un cristal roto.
Una silla volcada.
Pero Sara estaba viva.
La encontraron encerrada en el baño.
No faltaba dinero.
No habían robado joyas.
Solo faltaba una cosa.
Una pequeña caja con documentos relacionados con Santa Lucía.
Aquello no había sido un robo.
Era una advertencia.
A la mañana siguiente, Claudia recibió una llamada desde la prisión.
Mara había pedido hablar urgentemente con Lucía.
Cuando Lucía llegó, encontró a Mara esperando detrás del cristal de una sala de entrevistas.
Parecía aterrorizada.
“Recordé algo.”
“¿Qué?”
“La mujer que visitó a Valdés llevaba un anillo.”
Lucía esperó.
“Tenía grabado un símbolo. Un círculo atravesado por tres líneas.”
Lucía abrió una carpeta.
El rostro de Mara cambió.
En uno de los documentos confiscados a Ramírez aparecía exactamente el mismo símbolo.
Lucía nunca había entendido qué significaba.
Hasta ahora.
Debajo del símbolo había una lista de seis nombres.
Cinco estaban tachados.
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Solo quedaba uno.
Sara Molina.