nexio

PARTE 1: LA MUJER QUE NO RETROCEDIÓ

A las once y doce de la mañana, el patio de la prisión de mujeres Santa Lucía quedó extrañamente silencioso.

No porque hubiera sonado una alarma.

Ni porque hubiera ocurrido una pelea.

Sino porque una mujer desconocida acababa de cruzar sola la puerta de seguridad.

Lucía Serrano llevaba el uniforme azul perfectamente colocado, el cabello rubio recogido en un moño bajo y una pequeña insignia plateada sobre el pecho.

Caminaba sin prisa.

Demasiado tranquila para alguien que acababa de llegar a una de las prisiones más conflictivas de España.

Desde una mesa de cemento, Mara Ortega dejó las cartas que tenía en la mano.

¿Quién es esa?

Rosa levantó la vista.

La nueva funcionaria.

Carmen soltó una carcajada.

No dura una semana.

Mara no respondió.

Durante cinco años, había convertido aquel patio en su territorio.

No necesitaba gritar.

No necesitaba golpear a nadie todos los días.

Bastaba una mirada.

Todas sabían que si Mara pedía algo, se hacía.

Incluso algunos funcionarios preferían no enfrentarse con ella.

Pero aquella mañana algo le molestó.

La mujer nueva no parecía nerviosa.

No buscaba desesperadamente a otros agentes.

No evitaba las miradas.

Lucía siguió caminando.

Hasta que Mara se colocó delante de ella.

Rosa y Carmen cerraron el espacio por detrás.

Ocho reclusas formaron lentamente un semicírculo.

Mara observó la insignia de Lucía.

Así que tú eres la nueva.

Lucía sostuvo su mirada.

No contestó.

Mara dio otro paso.

Aquí haces lo que yo diga.

Varias internas sonrieron.

Esperaban ver a Lucía retroceder.

Pero la funcionaria permaneció inmóvil.

Apártate, Mara.

La sonrisa de la reclusa desapareció durante un instante.

Vaya. Ya sabes mi nombre.

Sé bastantes cosas.

Aquella respuesta cambió algo en los ojos de Mara.

Rosa no lo notó.

Pensó que había llegado el momento de darle una lección a la nueva.

Intentó agarrar a Lucía del brazo.

Fue un error.

Lucía giró sobre sí misma, controló su muñeca y aprovechó su impulso.

Rosa terminó en el suelo antes de comprender qué había ocurrido.

Primer error, dijo Lucía.

Carmen avanzó.

Lucía bloqueó su brazo y la hizo perder el equilibrio.

Carmen cayó sobre una rodilla.

No hubo puñetazos.

No hubo patadas.

Solo movimientos rápidos y precisos.

Mara dejó de sonreír.

Lucía la miró.

¿Quieres cometer el segundo?

Por primera vez en mucho tiempo, Mara retrocedió.

Un paso.

Solo uno.

Pero todas lo vieron.

Lucía se acomodó tranquilamente la manga.

Después se acercó lo suficiente para que solo Mara entendiera el peso de sus siguientes palabras.

No sabes quién acaba de llegar.

Entonces ocurrió.

CLANG.

La enorme puerta metálica situada al fondo del patio comenzó a abrirse.

Mara miró hacia ella.

Y palideció.

Dos hombres con traje oscuro entraron acompañados por el director de la prisión, Esteban Valdés.

Pero detrás de ellos caminaba una mujer de unos cincuenta años.

Mara la reconoció inmediatamente.

No puede ser…

Lucía siguió mirando al frente.

La recién llegada llevaba una carpeta negra bajo el brazo.

Se llamaba Claudia Ferrer.

Fiscal de la Audiencia Provincial.

Y Mara sabía exactamente por qué verla allí podía destruir mucho más que su pequeño imperio dentro de la cárcel.

Porque tres años antes, Claudia había sido la fiscal del caso por el que Mara había terminado entre rejas.

Pero eso no era lo peor.

La fiscal caminó directamente hacia Lucía.

Y delante de todas las reclusas dijo:

Inspectora Serrano, ya tenemos la autorización.

El rostro de Mara perdió todo el color.

May you like

Lucía no era una funcionaria recién contratada.

Nunca lo había sido.

Related Stories

Other posts