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Capítulo 7: LA IRA DE VERRONE

El silencio en el gran salón era absoluto.

El único sonido era el de la sangre goteando sobre el mármol.

Silvio Marchetti miró a Damiano.

Y por primera vez en cincuenta años,

el viejo jefe sintió verdadero miedo.

“¡La mataré!”

amenazó Silvio.

Su mano temblaba mientras presionaba con más fuerza el arma contra la cabeza de Elena.

“¡Lo juro por Dios, Damiano!”

Elena miró a Damiano.

Sus ojos estaban llenos de una extraña y tranquila aceptación.

“Salva a Mia”

susurró.

Aquellas palabras sonaron como un último juramento.

Damiano ni siquiera parpadeó.

Mantuvo la mirada fija en los ojos de Silvio,

calculando la distancia,

el ángulo,

y el momento exacto.

“¿Crees que puedes matarme, Silvio?”

preguntó Damiano,

dando un paso lento y deliberado hacia delante.

“Yo morí hace tres años.”

“Todo lo que ves ahora es solo un fantasma.”

“Y a los fantasmas no les importan tus amenazas.”

Con un movimiento tan rápido que casi resultó imposible de ver,

Damiano sacó una segunda pistola de una funda oculta en el tobillo.

Disparó una sola vez.

La bala atravesó la muñeca de Silvio,

haciendo que el arma saliera despedida por el suelo.

Silvio gritó,

soltando a Elena,

que cayó sobre el mármol.

Damiano estuvo sobre él en un instante.

Sus grandes manos se cerraron alrededor del cuello del anciano,

inmovilizándolo contra una columna de mármol.

“Querías saber algo sobre la niña”

susurró Damiano junto al oído de Silvio,

apretando más fuerte.

“Ella me pidió prestado como padre.”

“Y yo decidí quedarme con el papel.”

No utilizó un arma para terminar aquello.

Tampoco utilizó un cuchillo.

Usó sus propias manos,

alimentado por la fuerza de su rabia y por aquel nuevo propósito que había despertado dentro de él.

Cuando Silvio Marchetti finalmente dejó de resistirse,

Damiano lo soltó como si fuera una bolsa de basura.

Sus ojos permanecían fríos y vacíos.

Luego se volvió hacia Elena,

que lo observaba con una mezcla de terror y asombro.

“¿Está a salvo?”

jadeó Elena,

llevándose una mano al cuello magullado.

“Está en la habitación segura”

respondió Damiano.

Su voz había recuperado aquel tono áspero y grave.

“Rafael”

ordenó.

“Limpia todo esto.”

“Llama a los hombres de limpieza.”

“Deshazte de los cuerpos.”

“Y dile a las otras familias que la línea Marchetti se ha extinguido.”

Damiano bajó al sótano.

Le dolía el costado.

Su traje estaba destrozado.

Se detuvo frente a la puerta oculta.

Respiró profundamente,

limpió la sangre de sus manos con un trapo abandonado,

y marcó el código.

La puerta se abrió.

Mia estaba sentada en el suelo,

aferrada al corazón rojo,

con los ojos muy abiertos al verlo.

“¿Gané, papá?”

preguntó.

Su voz era pequeña,

pero llena de esperanza.

“Ganaste, Mia”

respondió Damiano,

arrodillándose y abrazándola.

“El juego terminó.”

La sostuvo entre sus brazos.

El pequeño y cálido peso de su cuerpo lo conectó con la realidad de una manera que ningún poder había conseguido jamás.

Había comenzado aquel día como un padre prestado.

Pero lo estaba terminando convertido en algo mucho más profundo.

Era un protector.

Un rey con una causa.

Y en ese instante comprendió que ya no podía dejarla marchar.

El Upper East Side dormiría aquella noche,

sin saber lo que había ocurrido dentro de la propiedad Verrone.

Pero el mundo criminal sí lo sabría.

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El león había encontrado por fin a su familia.

Y Nueva York temblaría.

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