CAPÍTULO 5: EL DERRUMBE DE LA MENTIRA

La tormenta afuera reflejaba el caos dentro de la mansión Brooks. Habían pasado tres horas desde que Claire fue expulsada bajo la lluvia helada. Margaret estaba sentada sola en la sala de estar, mirando fijamente la chimenea sin ver nada. La casa se sentía indescriptiblemente vacía.
Una criada entró sosteniendo la caja de cedro y las cartas esparcidas que Claire había dejado caer.
“¿Señora? Encontré esto en el suelo, donde estaba la joven.”
Margaret tomó la caja con manos temblorosas.
Reconoció la letra de Daniel al instante.
Se le cortó la respiración.
Abrió la primera carta.
Luego la siguiente.
Leyó sus confesiones de miedo, su amor eterno por Claire y su súplica de perdón. Pero fue la última carta la que hizo que la sangre de Margaret se helara.
Le entregué mis cartas a Victoria para que te las enviara. Ella prometió...
“¡Arthur!”
El grito de Margaret desgarró el silencio de la mansión, un sonido de pura furia maternal.
Arthur bajó corriendo las escaleras, alarmado.
“¿Madre? ¿Qué pasa?”
Ella le empujó las cartas contra el pecho.
“¡Léelas! Tu hermano escribió esto. ¡Se las dio a Victoria!”
Mientras Arthur leía, el color desapareció de su rostro. En ese exacto momento, su teléfono vibró. Era un correo cifrado de la firma del investigador privado. Arthur lo abrió, y sus ojos se agrandaron.
“Madre…”
La voz de Arthur era apenas un susurro.
“El investigador principal acaba de contactarme. Dijo que el informe que recibí fue alterado. El hombre que trabajaba en mi caso fue despedido ayer por aceptar un soborno… de Victoria.”
Las piezas encajaron con una claridad enfermiza.
Victoria había escondido las cartas para quedarse con Daniel, incluso después de su muerte. Cuando Claire apareció, Victoria fabricó las pruebas para proteger sus mentiras y su acceso a la fortuna Brooks.
“¿Dónde está Victoria?”, exigió Margaret, y su voz descendió hasta una calma mortal.
“En el invernadero”, dijo Arthur, apretando los puños.
La encontraron recostada en un sofá de terciopelo, revisando su teléfono. Cuando levantó la mirada y vio sus rostros, su sonrisa arrogante desapareció.
“Interceptaste su correspondencia”, dijo Margaret, dando un paso al frente, con las cartas apretadas en el puño. “Dejaste que mi hijo muriera creyendo que la mujer que amaba lo había abandonado. Y luego incriminaste a la madre de mi nieto.”
Victoria se puso de pie, de pronto viéndose muy pequeña.
“Margaret, tú no entiendes. ¡Ella no es más que basura! ¡Yo estaba protegiendo a esta familia! ¡Yo pertenecía al lado de Daniel!”
“Tú no perteneces a ningún lugar cerca de esta familia”, rugió Arthur. “Te doy exactamente cinco minutos para salir de esta propiedad antes de hacer que te arresten por extorsión y fraude.”
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Mientras Victoria huía frenéticamente hacia la tormenta, Margaret se derrumbó en los brazos de Arthur, llorando con amargura.
“Tenemos que encontrarla, Arthur. Las echamos al frío. Tenemos que encontrar a mi nieto.”