PARTE 3: LA CARPETA AZUL

Alejandro no respondió inmediatamente al inspector Salvatierra.
Seguía mirando aquella nota escrita por Elena.
Si algo me ocurre, busca la carpeta azul. No confíes en B.
Durante dos años había conservado cada recuerdo de su esposa como si fuera sagrado. Sus fotografías seguían guardadas. Sus libros permanecían en el antiguo despacho. Incluso había evitado cambiar algunos muebles porque hacerlo le parecía una forma de aceptar que Elena nunca volvería.
Pero jamás había oído hablar de una carpeta azul.
Y ahora comprendía algo todavía peor.
Quizá Elena había intentado dejarle la verdad delante de los ojos.
Y él nunca la había buscado.
Alejandro levantó la mirada.
Quiero volver a la villa.
Salvatierra negó con la cabeza.
Primero debemos registrar el lugar oficialmente.
Entonces iremos juntos.
Dos horas después, la policía llegó a la propiedad.
La piscina seguía exactamente como la habían dejado. Una manta permanecía junto a una tumbona. El cochecito de Mateo ya había sido retirado del agua como evidencia.
Alejandro evitó mirar hacia allí.
Cada vez que lo hacía recordaba a Clara saliendo de la piscina con Mateo entre sus brazos.
Y después recordaba su propia mano golpeándola.
Aquello le producía una vergüenza que ninguna disculpa podía borrar.
Teresa esperaba dentro de la casa.
Cuando vio a Alejandro, se acercó.
El señorito está bien preguntó.
Está fuera de peligro.
Teresa cerró los ojos con alivio.
Después miró hacia los agentes.
Han venido por el despacho de la señora Elena, ¿verdad?
Alejandro se quedó inmóvil.
¿Cómo lo sabes?
Teresa bajó la mirada.
Porque Elena me pidió que nunca dejara que Beatriz entrara allí.
El silencio cayó de golpe.
Alejandro dio un paso hacia ella.
¿Por qué nunca me lo dijiste?
Porque después de la muerte de la señora Elena, Beatriz me aseguró que usted había ordenado dejar el pasado en paz.
Yo nunca di esa orden.
Teresa palideció.
Entonces ella también me mintió.
Salvatierra intervino.
Necesitamos abrir el despacho.
La llave encontrada en el bolso de Beatriz encajó perfectamente.
Al entrar, Alejandro sintió que había retrocedido dos años.
El escritorio de Elena.
Sus estanterías.
Una fotografía familiar.
Alejandro sosteniendo a Mateo cuando apenas tenía semanas de vida.
Elena sonriendo junto a ellos.
Alejandro apartó la mirada.
Los agentes comenzaron a registrar el lugar.
Pasaron veinte minutos.
Nada.
Treinta.
Nada.
Hasta que Teresa señaló una pequeña biblioteca empotrada.
La señora Elena guardaba allí sus documentos personales.
Salvatierra examinó los estantes.
Detrás de una colección de libros encontraron una cerradura diminuta.
La llave de Beatriz volvió a encajar.
Alejandro sintió un escalofrío.
El compartimento se abrió.
Dentro había una carpeta azul.
Nadie habló.
Salvatierra se colocó guantes y la retiró.
En la portada había una sola palabra escrita por Elena.
BEATRIZ.
Alejandro sintió que el aire abandonaba sus pulmones.
Dentro encontraron estados bancarios, fotografías, copias de correos electrónicos y documentos relacionados con una sociedad llamada Belmonte Capital.
Alejandro conocía ese nombre.
Era una empresa que había trabajado con su familia años atrás.
Pero había algo extraño.
Varios pagos procedentes de cuentas de Alejandro habían terminado allí.
Ciento ochenta mil.
Trescientos veinte mil.
Medio millón.
Siempre cantidades diferentes.
Siempre autorizadas mediante empresas intermediarias.
Salvatierra pasó varias páginas.
Esto no parece una simple disputa familiar.
Alejandro señaló una firma.
Esa no es de Elena.
¿Está seguro?
Completamente.
El inspector continuó revisando.
Entonces apareció una fotografía.
Beatriz estaba sentada en un restaurante frente a un hombre de traje gris.
Alejandro lo reconoció.
Era Julián Ferrer.
Su antiguo administrador financiero.
El mismo hombre que, tras la muerte de Elena, había ayudado a Beatriz a organizar los asuntos económicos de la casa.
Alejandro sintió náuseas.
¿Cuándo fue tomada?
Salvatierra miró la fecha.
Tres semanas antes del accidente de Elena.
Detrás de la fotografía había una frase escrita a mano.
Julián también está involucrado.
Alejandro cerró los ojos.
Elena había descubierto algo.
Y alguien había intentado silenciarla.
Pero todavía faltaba una respuesta.
¿Qué tenía que ver Mateo?
Salvatierra siguió revisando hasta encontrar un sobre pequeño.
Dentro había una memoria digital y otra nota.
Esta vez dirigida directamente a Alejandro.
Si estás leyendo esto, significa que no pude contártelo personalmente.
Alejandro tuvo que detenerse.
Sus manos comenzaron a temblar.
Salvatierra conectó la memoria a un ordenador policial.
Apareció un único archivo de audio.
La voz de Elena llenó el despacho.
Alejandro.
Él cerró los ojos.
Hacía dos años que no escuchaba aquella voz.
He descubierto transferencias que nunca autoricé. Beatriz sabe que estoy investigando. Julián también.
Una respiración nerviosa.
Pero el dinero no es lo que más me preocupa.
Alejandro abrió los ojos.
Elena continuó.
Beatriz me preguntó qué ocurriría con la herencia si yo muriera antes que tú.
Teresa se llevó una mano a la boca.
Después preguntó quién administraría el patrimonio de Mateo mientras fuera menor.
Alejandro se quedó completamente inmóvil.
De repente todo adquirió una dimensión diferente.
No se trataba únicamente de eliminar a Elena.
Mateo también estaba relacionado con el dinero.
La grabación continuó.
Si algo me sucede, protege a nuestro hijo. Y no permitas que Beatriz se acerque a él.
El archivo terminó.
Alejandro miró al inspector.
Anoche intentó matarlo.
Salvatierra no respondió.
No necesitaba hacerlo.
En ese momento, uno de los agentes entró apresuradamente.
Inspector.
¿Qué ocurre?
Tenemos un problema.
Le entregó su teléfono.
Beatriz pidió hablar con su abogado hace veinte minutos.
¿Y?
Su abogado no llegó.
Llegó otra persona diciendo ser parte de su equipo legal.
Salvatierra frunció el ceño.
¿Quién?
El agente mostró una fotografía tomada por una cámara de seguridad.
Alejandro reconoció inmediatamente al hombre.
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Julián Ferrer.
Y entonces comprendió que Beatriz quizá no era la única persona que todavía intentaba enterrar la verdad.