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PARTE 2 — LA SANGRE OCULTA

Nadie se movió.

Marcella sintió que las palabras no tenían sentido.

El hermano del padre del rey.

Eso significaría...

No.

Era imposible.

Su padre había sido Edmund Arcen.

Un hombre tranquilo que criaba caballos, arreglaba sus propias cercas y odiaba las fiestas de la nobleza.

Nunca había hablado como un príncipe.

Nunca había vivido en un palacio.

Nunca había llevado una corona.

Marcella negó lentamente con la cabeza.

Mi padre nació en Arcen.

La reina viuda Helena la observó con una mezcla de miedo y tristeza.

Eso fue lo que todos debían creer.

Adrian descendió del trono.

Cada paso resonó sobre el mármol.

Explica eso.

Helena miró a su hijo.

Tu padre tenía un hermano menor.

El salón se llenó de murmullos.

Adrian frunció el ceño.

Mi padre era hijo único.

Eso dicen los registros oficiales.

Helena bajó la mirada.

Pero no era cierto.

Hace treinta y nueve años nacieron dos niños en este palacio.

Tu padre, Alexander.

Y diez minutos después, su hermano Elias.

Marcella sintió que las piernas le temblaban.

Helena continuó.

El rey de entonces temía una guerra sucesoria. Dos hijos varones nacidos la misma noche podían dividir a las familias nobles. Así que el segundo nacimiento fue ocultado.

Adrian miró a su madre con incredulidad.

¿Me estás diciendo que mi padre tuvo un hermano secreto?

Sí.

¿Y que ese hombre era el padre de Marcella?

Helena volvió los ojos hacia ella.

Eso creo.

Marcella apretó el colgante.

¿Por qué iba mi padre a usar otro nombre?

Porque intentaron matarlo.

El salón quedó completamente quieto.

Helena explicó que cuando Elias tenía diecisiete años descubrió que varios miembros del antiguo Consejo planeaban utilizarlo para reemplazar a Alexander.

No porque lo quisieran.

Porque podían controlarlo.

Elias se negó.

Intentó advertir a su hermano.

Entonces sufrió un accidente de caza.

Al menos, esa fue la versión oficial.

En realidad sobrevivió.

Helena, que en aquella época apenas era prometida del príncipe Alexander, ayudó a sacarlo del palacio.

Le dieron una identidad nueva.

Edmund Arcen.

Marcella sintió que toda su infancia se reorganizaba dentro de su cabeza.

Las largas ausencias de su padre.

Su negativa a visitar la capital.

Su miedo cuando llegaban cartas con sellos reales.

La forma en que siempre le decía:

Marcella, no importa lo que diga nadie sobre tu sangre. Lo único que importa es lo que haces con ella.

Adrian extendió una mano.

El colgante.

Marcella vaciló.

Después se lo quitó y lo colocó en su palma.

El rey lo giró.

En la parte posterior había una marca casi invisible.

Un águila rodeada por dos ramas.

Adrian palideció.

Ese es el antiguo sello privado de mi abuelo.

Helena asintió.

Los hijos reales lo recibían al nacer.

Lady Celeste dejó escapar un suspiro.

Isabella miró a Marcella como si acabara de convertirse en otra persona.

Pero Marcella solo sentía miedo.

Entonces soy...

Prima del rey, terminó Helena.

Un murmullo atravesó el salón.

Marcella dio un paso atrás.

No.

No quiero nada de esto.

Adrian levantó los ojos.

Nadie está diciendo que...

Aquila gritó.

Todos se volvieron.

El águila había comenzado a golpear nuevamente el posadero.

Tres veces.

Helena palideció aún más.

¿Qué significa eso? preguntó Adrian.

La reina viuda tardó en responder.

Es una señal antigua.

¿De qué?

Helena miró a Aquila.

Después a Marcella.

De sucesión.

El salón explotó en murmullos.

Adrian endureció el rostro.

Eso es suficiente.

Pero Helena no había terminado.

Hace siglos, cuando existían disputas sobre legitimidad, las águilas reales eran criadas para reconocer un aroma específico.

Marcella frunció el ceño.

¿Un aroma?

Una mezcla de aceites utilizada únicamente por la línea real.

Se aplicaba sobre objetos personales.

Joyas.

Guantes.

Sellos.

Aquila no te eligió porque seas hermosa o porque seas amable.

Te reconoció.

Marcella miró el colgante.

Entonces todo esto no significa que deba ser reina.

No necesariamente.

Una voz masculina interrumpió desde el fondo.

No, pero significa algo mucho peor.

Todos se giraron.

Un hombre alto de cabello gris entró por una puerta lateral.

Lord Severin Vale.

Canciller del reino.

El hombre que había dirigido el Consejo desde la muerte del padre de Adrian.

Severin observó el colgante en la mano del rey.

Después miró a Marcella.

Pensé que esa rama de la familia había desaparecido.

Adrian estrechó los ojos.

Sabías de Elias.

Severin sonrió.

Por supuesto.

Mi padre formaba parte del Consejo que intentó convertirlo en rey.

Helena dio un paso atrás.

Adrian la miró.

¿Sabías que él estaría aquí hoy?

No.

Severin avanzó lentamente.

Pero ahora comprendo por qué el águila reaccionó.

Marcella sintió un escalofrío.

¿Qué quiere decir?

Severin la observó.

Tu padre no huyó porque tuviera miedo de morir.

Huyó porque poseía algo.

Helena cerró los ojos.

Severin.

Calla.

Marcella giró hacia ella.

¿Qué tenía mi padre?

La reina viuda no respondió.

Severin sí.

La Carta de las Dos Coronas.

Adrian frunció el ceño.

Nunca he oído hablar de eso.

Porque fue eliminada de los archivos.

La Carta establecía que si alguna vez se demostraba que el heredero principal de la Casa de Armand había llegado al trono mediante fraude, el linaje del segundo hijo podía reclamar la corona.

Adrian se quedó inmóvil.

Marcella sintió que le faltaba el aire.

Yo no quiero reclamar nada.

Severin sonrió.

Eso no importa.

El rey lo miró con frialdad.

¿Por qué?

Porque si la carta existe y Marcella es hija de Elias, alguien puede usarla.

El ambiente cambió.

Ya no parecía una prueba matrimonial.

Parecía una sala de guerra.

Adrian tomó el colgante y lo examinó nuevamente.

¿Dónde está la carta?

Marcella negó con la cabeza.

No lo sé.

Mi padre murió hace trece años.

Severin levantó una ceja.

¿De qué?

Fiebre.

¿Viste su cuerpo?

Marcella abrió la boca.

No respondió.

Tenía quince años.

Su madre le había dicho que la enfermedad había avanzado demasiado rápido.

El ataúd permaneció cerrado.

Sintió que el estómago se le cerraba.

No.

Severin sonrió sin alegría.

Exactamente.

Adrian dio un paso hacia él.

¿Estás diciendo que Elias podría seguir vivo?

No lo sé.

Pero sé algo más.

Severin señaló el colgante.

Ese objeto no estaba con Elias cuando desapareció.

Helena levantó la cabeza bruscamente.

¿Qué?

Lo vimos después.

Hace apenas dos años.

Marcella sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies.

¿Dónde?

Severin la miró directamente.

En el cuello de un prisionero.

Adrian endureció la mandíbula.

¿Qué prisionero?

Uno encerrado debajo de la fortaleza de Durnholde.

¿Quién lo llevó allí?

Severin guardó silencio.

Adrian avanzó.

¿Quién?

El canciller sonrió.

Tu padre.

El silencio fue absoluto.

Adrian palideció.

Mi padre murió hace tres años.

Sí.

Y antes de morir hizo muchas cosas que tú todavía no conoces.

Marcella apretó las manos.

Mi padre.

¿Está vivo?

Severin la miró.

Estaba vivo hace dos años.

Marcella apenas podía respirar.

Entonces ¿por qué no me buscó?

Severin inclinó la cabeza.

Porque probablemente no podía.

Adrian se volvió hacia Helena.

¿Tú sabías algo de esto?

La reina viuda comenzó a llorar.

No todo.

Solo sabía que Alexander encontró a Elias años después.

¿Y qué hizo?

Helena cerró los ojos.

Nunca me lo dijo.

Pero la noche antes de morir, tu padre me entregó una llave.

Adrian se quedó inmóvil.

¿Qué llave?

Helena metió una mano dentro de su vestido.

Sacó una pequeña llave negra.

La he llevado conmigo durante tres años.

Marcella miró el objeto.

Helena continuó:

Alexander me hizo prometer que solo la usaría si Aquila reconocía de nuevo a la sangre de Elias.

Todos miraron al águila.

Aquila observaba a Marcella.

Adrian tomó la llave.

¿Dónde abre?

Helena señaló hacia debajo del trono.

Allí.

El rey se volvió.

Dos guardias movieron lentamente la enorme alfombra situada frente al trono.

Debajo apareció una pequeña placa de hierro.

Adrian introdujo la llave.

La placa se abrió.

Dentro había una caja.

El rey la sacó.

Marcella se acercó.

Adrian abrió la tapa.

Dentro no estaba la Carta de las Dos Coronas.

Había una sola carta.

Y una pequeña daga cubierta de sangre seca.

Marcella reconoció inmediatamente la letra del sobre.

Era de su padre.

Adrian abrió la carta.

Leyó la primera línea.

Y dejó de respirar.

Marcella.

¿Qué dice?

El rey levantó los ojos hacia ella.

La carta decía:

Si Marcella está leyendo esto, significa que mi hermano finalmente ha muerto.

Marcella sintió que el corazón se detenía.

Adrian continuó leyendo.

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Y si Alexander está muerto...

Entonces el hombre que ocupa el trono no es su hijo.

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