PARTE 1 — LA MUJER QUE NADIE QUERÍA VER

Durante doscientos diecisiete años, ningún rey de Valeria había elegido esposa únicamente por amor.
La tradición era más antigua que cualquiera de los nobles reunidos aquella mañana bajo las enormes columnas de mármol blanco del Gran Salón.
La futura reina debía superar la Prueba del Águila.
En el centro del salón, sobre un resistente posadero de madera, permanecía inmóvil Aquila, el águila real de la Casa de Armand.
Tenía plumas de color marrón oscuro, cabeza dorada y unos ojos tan penetrantes que muchos aseguraban que podía reconocer la mentira mejor que cualquier juez.
Era absurdo.
Eso decía la gente educada.
Un animal no podía comprender la sangre.
No podía reconocer la nobleza.
No podía elegir una reina.
Pero las leyendas de Valeria insistían en otra cosa.
Durante generaciones, las águilas criadas en el palacio habían aceptado el contacto de algunas mujeres y rechazado violentamente a otras.
La prueba no convertía automáticamente a una candidata en reina.
Pero ningún príncipe de la Casa de Armand podía casarse con una mujer que el águila rechazara.
Y aquella mañana, el rey Adrian estaba cansado de la tradición.
Tenía treinta y cinco años.
Había heredado la corona tres años antes, después de la muerte repentina de su padre.
Alto, de hombros anchos, cabello oscuro y barba corta, permanecía sentado sobre el trono dorado con una expresión de absoluta indiferencia.
Su madre llevaba meses presionándolo.
El Consejo llevaba todavía más tiempo.
Valeria necesitaba una reina.
Y, según ellos, una reina necesitaba belleza, apellido y fortuna.
Por eso las familias más poderosas del reino habían llevado a sus hijas.
Doce mujeres esperaban junto a las columnas.
Todas jóvenes.
Todas educadas para caminar, sonreír y respirar como si una corte entera estuviera observándolas.
Entre ellas destacaba Isabella de Varenne.
Rubia.
Delgada.
Perfectamente erguida.
Vestía seda blanca y llevaba pequeñas perlas sobre el cabello.
Su padre controlaba cuatro de las rutas comerciales más importantes del reino.
Su abuelo había sido ministro de guerra.
La mitad del Consejo ya la consideraba la futura reina.
Isabella caminó hasta el águila con una sonrisa segura.
Se detuvo a medio metro del posadero.
Aquila la observó.
Isabella extendió lentamente la mano.
El águila giró la cabeza hacia el otro lado.
La sonrisa de Isabella vaciló.
Acercó un poco más los dedos.
Aquila emitió un grito corto y seco.
Isabella retiró inmediatamente la mano.
Un murmullo recorrió el salón.
El rey Adrian dejó escapar un suspiro.
Siguiente.
La palabra cayó con frialdad.
Isabella regresó a la fila con el rostro encendido de vergüenza.
Otras dos mujeres intentaron la prueba.
Una pertenecía a la familia Rothmere.
La otra era hija del duque de Solvan.
Aquila rechazó a ambas.
Cada fracaso aumentaba la incomodidad.
Hasta que una mujer vestida de terciopelo azul susurró:
Tal vez hoy el pájaro simplemente está de mal humor.
Varias jóvenes rieron.
Entonces llegó el turno de Marcella.
Nadie dejó de respirar.
Nadie se inclinó hacia delante.
Nadie esperaba nada.
Marcella de Arcen tenía veintiocho años y pertenecía a una familia noble menor de las provincias occidentales.
Su padre había muerto cuando ella tenía quince.
Su madre administraba unas tierras agrícolas que apenas producían suficiente dinero para conservar el apellido.
Marcella no llevaba diamantes.
No tenía una cintura estrecha.
No caminaba como las mujeres que habían sido entrenadas durante años para convertirse en esposas de hombres poderosos.
Era naturalmente corpulenta.
Tenía un rostro redondo y amable.
Cabello castaño largo y ligeramente rizado.
Y un vestido de terciopelo borgoña que su madre había modificado tres veces para que pudiera usarlo aquel día.
Marcella ni siquiera había querido participar.
La habían enviado porque el Consejo había obligado a todas las familias con sangre noble reconocida a presentar una candidata.
Cuando dio el primer paso hacia el centro del salón, escuchó una risa.
Venía de su derecha.
Lady Celeste, una noble rubia vestida de azul pálido, la miró de arriba abajo.
Después soltó una carcajada.
Ella jamás podrá hacerlo.
Varias mujeres se cubrieron la boca para ocultar la risa.
Otras ni siquiera lo intentaron.
Marcella se detuvo.
Sintió calor en el rostro.
Durante años había aprendido a reconocer ese tipo de mirada.
No necesitaba escuchar las palabras.
Demasiado grande.
Demasiado común.
Demasiado torpe.
No suficientemente hermosa.
Había escuchado cada versión.
Marcella bajó la vista hacia el suelo de mármol.
Pensó en regresar a la fila.
Pensó en inventar un mareo.
Pensó incluso en inclinarse ante el rey y pedir permiso para retirarse.
Entonces vio algo.
Aquila la estaba mirando.
No a las otras mujeres.
A ella.
Marcella levantó lentamente la cabeza.
Los ojos del águila se encontraron con los suyos.
Por alguna razón inexplicable, el ruido del salón dejó de importarle.
Marcella dio un paso.
Después otro.
Se detuvo frente al posadero.
No intentó sonreír.
No intentó mostrar valentía.
Simplemente respiró.
Aquila inclinó ligeramente la cabeza.
Marcella recordó algo que su madre le había enseñado cuando era pequeña.
Nunca obligues a un animal a confiar en ti.
Deja que decida.
Extendió lentamente la mano derecha.
La mantuvo inmóvil.
No intentó tocar al águila.
Detrás de ella, alguien volvió a reír.
Aquila no apartó la mirada.
Luego ocurrió.
El águila bajó lentamente la cabeza.
No retrocedió.
No abrió las alas.
Simplemente acercó la parte superior de su cabeza hasta quedar debajo de los dedos de Marcella.
Un silencio absoluto cayó sobre el Gran Salón.
Marcella sintió que el corazón se le detenía.
Con dos dedos, tocó suavemente las plumas de Aquila.
Una sola caricia.
Nada más.
El águila permaneció inmóvil.
Tranquila.
Aceptándola.
Las mujeres que se habían reído dejaron de hacerlo.
Isabella abrió los labios.
Lady Celeste palideció.
Y desde el trono, el rey Adrian se inclinó hacia delante.
Por primera vez aquella mañana, sus ojos mostraron emoción.
La ha elegido...
Marcella levantó la vista.
El rey la estaba mirando.
No al águila.
A ella.
La prueba había terminado.
O eso creyó Marcella.
Porque Aquila hizo algo que ninguna de las crónicas reales mencionaba.
El águila levantó la cabeza.
Miró alrededor del salón.
Después soltó un grito tan fuerte que los nobles retrocedieron.
Y clavó los ojos en el colgante que Marcella llevaba oculto bajo el vestido.
Marcella sintió que se le helaba la sangre.
Aquila comenzó a golpear el posadero con una garra.
Una vez.
Dos veces.
Tres veces.
El rey Adrian se puso rígido.
Su madre, la reina viuda Helena, se levantó de su asiento.
No.
La palabra salió de sus labios como un susurro horrorizado.
Adrian la miró.
Madre.
Helena no respondió.
Sus ojos estaban clavados en Marcella.
Más específicamente, en el pequeño cordón que acababa de asomar por encima del escote de su vestido.
Aquila volvió a gritar.
Marcella bajó la mirada.
Instintivamente, tocó el colgante.
Era una pequeña pieza de metal ennegrecido que había pertenecido a su padre.
Nada valioso.
Nada hermoso.
Marcella la llevaba desde que tenía quince años.
La reina viuda descendió un escalón.
¿Dónde conseguiste eso?
Marcella tragó saliva.
Era de mi padre.
Helena palideció.
¿Cómo se llamaba?
Edmund Arcen.
La reina viuda cerró los ojos.
El rey Adrian miró a su madre.
¿Qué ocurre?
Helena abrió los ojos lentamente.
Y dijo algo que dejó inmóvil a todo el salón.
Edmund Arcen no era su verdadero nombre.
Marcella dejó de respirar.
Adrian se levantó del trono.
Madre.
¿Quién era?
Helena miró a Marcella como si estuviera viendo a un fantasma.
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Después susurró:
El hermano de tu padre.