PARTE 4: LA ÚLTIMA DECISIÓN

Lucía miró a Salazar sin poder creer lo que acababa de escuchar.
Durante todo aquel tiempo había pensado que la serpiente simplemente había intentado sobrevivir.
Ahora comprendía que había una razón para que regresara una y otra vez a aquel lugar.
Su cría seguía atrapada.
Salazar explicó que varias semanas antes un grupo financiado por una empresa privada había llegado al antiguo centro.
Habían colocado trampas alrededor de la zona y capturado tres serpientes jóvenes.
Dos murieron durante los experimentos.
Solo quedaba una.
La madre había intentado entrar al laboratorio varias veces.
Durante uno de aquellos intentos rompió un recipiente de vidrio y resultó herida.
Era precisamente cuando Lucía la había encontrado.
La turista sintió rabia.
Había arriesgado su vida intentando ayudar a un animal que ya estaba desesperado por algo mucho más importante.
Los hombres permanecían al otro lado del túnel.
Las serpientes todavía bloqueaban el paso.
Salazar condujo a Lucía y Daniel hacia otra entrada.
Había una segunda zona del complejo oculta bajo una colina.
Allí guardaban a la serpiente joven.
Daniel quería llamar a la policía.
Pero no tenían señal.
Además, Salazar temía que los responsables trasladaran al animal antes de que llegaran las autoridades.
Tenían una sola oportunidad.
Entraron por una ventilación antigua.
El espacio era estrecho.
Lucía avanzaba primero.
Su mano seguía dolorida.
En cierto momento escuchó voces debajo.
Dos hombres hablaban sobre sacar el último espécimen antes del amanecer.
Daniel grabó la conversación desde la rejilla.
Ahora tenían pruebas.
Llegaron hasta una pequeña sala.
Dentro había una caja transparente reforzada con metal.
Lucía se acercó.
Una pequeña serpiente blanca estaba enrollada en una esquina.
Tenía el mismo símbolo oscuro en el cuello.
Cuando Lucía apareció, el animal levantó la cabeza.
Salazar comenzó a manipular la cerradura.
Entonces sonó una alarma.
Los habían descubierto.
Las luces rojas comenzaron a parpadear.
Daniel abrió una puerta lateral.
Corredores.
Gritos.
Pasos.
Salazar consiguió liberar el cierre de seguridad.
La caja se abrió.
La pequeña serpiente no salió.
Lucía permaneció frente a ella.
Por un instante recordó el momento en que había acercado su mano a la madre.
Recordó la mordida.
Recordó el hospital.
Su cuerpo le pedía retroceder.
Pero esta vez no intentó tocar al animal.
Simplemente abrió completamente la puerta y se apartó.
La serpiente salió sola.
Se deslizó rápidamente hacia el pasillo.
Los tres corrieron detrás.
Los hombres estaban cada vez más cerca.
Cuando llegaron a la salida principal encontraron algo impresionante.
El suelo exterior parecía moverse.
Decenas de serpientes blancas rodeaban el edificio.
En el centro estaba la madre.
La pequeña serpiente salió primero.
Durante varios segundos ninguno de los animales se movió.
Después la cría avanzó directamente hacia ella.
Lucía observó la escena sin respirar.
La serpiente adulta levantó ligeramente la cabeza.
La pequeña se enrolló junto a su cuerpo.
No había gratitud humana.
No había milagros.
Solo un comportamiento animal.
Pero Lucía sintió que estaba contemplando algo extraordinario.
Los hombres salieron detrás.
Uno llevaba un recipiente de captura.
Otro intentó acercarse.
Salazar gritó que se detuvieran.
El hombre no escuchó.
Dio otro paso.
Las serpientes reaccionaron inmediatamente.
No atacaron.
Simplemente levantaron la parte delantera de sus cuerpos al mismo tiempo.
El hombre quedó paralizado.
Nadie quiso avanzar después de aquello.
Daniel aprovechó para levantar su teléfono.
La cámara seguía grabando.
Les dijo que tenía documentos, imágenes del laboratorio y la grabación donde hablaban sobre trasladar al animal.
Si alguien intentaba detenerlos, todo sería enviado a las autoridades y a varios medios de comunicación.
Los hombres dudaron.
Eso fue suficiente.
Lucía, Daniel y Salazar regresaron al vehículo.
Condujeron durante casi dos horas hasta recuperar señal.
Enviaron inmediatamente todo el material.
A la mañana siguiente, investigadores oficiales llegaron al complejo.
Los animales que todavía estaban retenidos fueron encontrados.
También descubrieron registros de experimentos ilegales realizados durante varios meses.
El centro fue cerrado definitivamente.
Varias personas fueron detenidas mientras se investigaba quién había financiado las operaciones.
La historia de Lucía comenzó a circular por internet.
Millones de personas vieron el video.
Algunos la llamaron heroína.
Otros dijeron que había actuado de manera irresponsable al tocar una serpiente salvaje.
Lucía estaba de acuerdo con estos últimos.
Nunca intentó convencer a nadie de que hiciera lo mismo.
En cada entrevista repetía una frase.
Si encuentras un animal salvaje herido, no hagas lo que hice yo. Busca ayuda profesional.
Pasaron tres meses.
Lucía regresó a su país e intentó continuar con su vida.
La herida de su mano había sanado, aunque todavía conservaba dos pequeñas marcas.
Pensó que nunca volvería a saber nada de aquella serpiente.
Hasta que una tarde recibió un paquete.
No tenía nombre del remitente.
Dentro había una memoria pequeña y una nota escrita por Salazar.
Decía que había encontrado algo en los archivos que las autoridades todavía no habían hecho público.
Lucía conectó la memoria al ordenador.
Había un único video.
La grabación era antigua.
Mostraba el laboratorio muchos años atrás.
Varios investigadores observaban una caja donde había una serpiente blanca.
Lucía adelantó el video.
Entonces vio al doctor Salazar mucho más joven.
Junto a él había otro científico.
El hombre sostenía una carpeta.
En la portada aparecía el símbolo de los tres círculos.
Lucía aumentó el volumen.
El científico decía que la población experimental debía ser destruida porque los animales estaban comenzando a reproducirse fuera del perímetro.
Salazar preguntó cuántos habían escapado.
El hombre respondió con una cifra.
Lucía se quedó helada.
No eran veinte.
Ni cincuenta.
Según aquel archivo, más de doscientas serpientes habían abandonado las instalaciones décadas atrás.
Pero eso no era lo peor.
El científico señaló un mapa.
Había puntos marcados cada vez más lejos del centro.
Algunos estaban a cientos de kilómetros.
El último punto aparecía cerca de una ciudad.
Lucía se inclinó hacia la pantalla.
El video terminó.
Luego apareció una segunda carpeta.
Contenía fotografías recientes.
Carreteras.
Granjas.
Pequeños pueblos.
En todas había reportes de serpientes inusualmente claras.
Lucía tomó el teléfono para llamar a Salazar.
No respondió.
Intentó otra vez.
Nada.
Entonces recibió un mensaje de un número desconocido.
Era una fotografía tomada aquella misma mañana.
Mostraba la puerta de su casa.
Lucía sintió cómo se le helaba la sangre.
Debajo de la imagen había una frase.
No abras la puerta.
Ella levantó lentamente la mirada.
En ese preciso instante escuchó tres golpes.
Lucía permaneció completamente inmóvil.
Su teléfono vibró otra vez.
Esta vez había un video en directo enviado desde una cámara exterior.
Lucía lo abrió.
No había ninguna persona frente a la puerta.
Solo una pequeña serpiente blanca enrollada sobre el suelo.
Tenía una cicatriz en la cabeza.
Lucía reconoció inmediatamente al animal.
Era imposible.
Estaba a miles de kilómetros del desierto.
Entonces escuchó un ruido detrás de ella.
Un suave sonido de algo arrastrándose por el suelo de la cocina.
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Lucía giró lentamente.
Y comprendió que la historia todavía no había terminado.