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PARTE 3: LO QUE OCULTABAN BAJO EL DESIERTO

Lucía sintió que las piernas dejaban de responderle.

Daniel dejó de grabar por un instante.

El guía susurró que nadie debía moverse.

Las serpientes permanecían distribuidas entre las piedras formando un extraño semicírculo.

La que Lucía había salvado estaba delante de todas.

Tenía una pequeña cicatriz donde antes había estado incrustado el vidrio.

Sin embargo, no intentó atacar.

Comenzó a avanzar lentamente hacia el edificio.

Después se detuvo.

Giró la cabeza hacia Lucía.

Avanzó otra vez.

Daniel fue el primero en comprenderlo.

Parece que quiere que la sigamos.

El guía negó con la cabeza.

Aquello era demasiado peligroso.

Pero la serpiente continuó hasta desaparecer por una abertura situada junto a la verja.

Lucía recordó la mirada del animal después de la mordida.

Quizá aquel comportamiento tenía una explicación mucho más simple.

Tal vez la serpiente solo estaba regresando a su refugio.

Aun así, decidieron entrar.

Dentro del edificio encontraron pasillos cubiertos de polvo, mesas oxidadas y cristales rotos.

En las paredes todavía quedaban números pintados sobre puertas metálicas.

Daniel grababa todo.

Al final del primer pasillo encontraron una sala enorme.

Había docenas de recipientes de vidrio destrozados.

Algunos eran suficientemente grandes como para contener animales.

Lucía se acercó a uno de ellos.

En la base encontró el mismo símbolo que habían visto en el cuello de la serpiente.

Tres círculos formando un triángulo.

El guía comenzó a ponerse nervioso.

Dijo que debían marcharse inmediatamente.

Pero entonces escucharon un golpe metálico procedente del nivel inferior.

No estaban solos.

Daniel apagó la luz de su cámara.

Los tres permanecieron en silencio.

Otro ruido.

Después pasos.

Alguien caminaba debajo de ellos.

Encontraron una escalera que descendía hacia un sótano.

La puerta había sido abierta recientemente.

Cuando llegaron abajo descubrieron algo completamente inesperado.

Las instalaciones no estaban abandonadas.

Varias luces funcionaban.

Había cajas nuevas.

Botellas de agua.

Equipos médicos.

Y grandes contenedores cerrados.

Lucía tocó una mesa.

No tenía polvo.

Alguien seguía trabajando allí.

Daniel encontró documentos dentro de un archivador.

Las páginas estaban llenas de números, fechas y códigos.

En una aparecía una palabra repetida numerosas veces.

Adaptación.

En otra había dibujos de serpientes.

Lucía comenzó a fotografiar todo.

Entonces una voz surgió detrás de ellos.

No deberían estar aquí.

Los tres se giraron.

Un hombre de unos sesenta años estaba de pie en la entrada.

Vestía ropa sencilla y llevaba una linterna.

No parecía sorprendido.

Parecía cansado.

El guía lo reconoció.

Doctor Salazar.

Durante años, Salazar había sido uno de los investigadores vinculados al centro.

Oficialmente había abandonado la región hacía mucho tiempo.

Pero allí estaba.

Salazar les pidió que guardaran los teléfonos.

Daniel se negó.

El científico miró a Lucía.

Después observó la venda de su mano.

Entonces comprendió.

Una de ellas te mordió.

Lucía le preguntó qué significaba la marca.

Salazar permaneció en silencio.

Finalmente confesó una parte de la historia.

Muchos años atrás el centro estudiaba cómo determinadas especies podían sobrevivir a condiciones extremas de temperatura, falta de agua y exposición a sustancias tóxicas.

Las serpientes blancas pertenecían a un programa experimental.

Pero algo salió mal.

Algunas escaparon.

El proyecto fue cerrado oficialmente.

Sin embargo, los animales sobrevivieron en el desierto.

Lucía preguntó por qué alguien continuaba visitando el centro.

Salazar no respondió inmediatamente.

Entonces escucharon motores en el exterior.

Su rostro cambió.

Apagó las luces.

Les dijo que se escondieran.

Varias camionetas acababan de llegar.

Hombres con linternas entraron en el edificio.

No eran turistas.

Salazar condujo al grupo por un corredor estrecho.

Mientras avanzaban explicó que otras personas habían regresado meses atrás buscando los registros originales del proyecto.

Querían capturar a los animales.

Las serpientes habían desarrollado una resistencia extraordinaria a varias toxinas.

Aquella característica podía valer millones para determinadas empresas.

Lucía comprendió entonces que el vidrio clavado en la cabeza de la serpiente probablemente no provenía de la basura del desierto.

Salazar confirmó su sospecha.

Alguien había intentado capturarla.

El recipiente se había roto.

La serpiente escapó herida.

De pronto escucharon gritos detrás de ellos.

Los hombres habían descubierto que no estaban solos.

Salazar abrió una puerta lateral que conducía a un túnel.

Corrieron.

Daniel llevaba los documentos.

Lucía todavía estaba débil por la mordida.

Cada paso le costaba más.

Los perseguidores se acercaban.

Al final del túnel encontraron una salida bloqueada por una rejilla.

Salazar intentó abrirla.

Estaba atascada.

Las luces de los perseguidores aparecieron detrás.

Daniel golpeó desesperadamente el metal.

Entonces ocurrió algo inesperado.

Un sonido profundo llenó el túnel.

No era una voz.

Era el roce de cientos de cuerpos contra la arena.

Las serpientes comenzaron a entrar por grietas laterales.

Primero aparecieron tres.

Después diez.

Después docenas.

Los hombres que perseguían a Lucía se detuvieron.

Nadie se atrevió a avanzar.

Las serpientes llenaron el suelo entre ambos grupos.

Salazar consiguió finalmente levantar la rejilla.

Lucía salió.

Daniel salió después.

Pero cuando Salazar iba a pasar, uno de los perseguidores gritó su nombre.

Salazar se quedó inmóvil.

Lucía miró hacia atrás.

El hombre que estaba al fondo del túnel levantó una carpeta.

Dijo que todavía tenían a la última hembra.

Salazar perdió el color del rostro.

Lucía no entendía.

Entonces el científico pronunció unas palabras que cambiaron todo.

La serpiente que te mordió no regresó aquí por casualidad.

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Está buscando a su cría.

Y ellos la tienen.

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