PARTE 2: EL SECRETO DE LA SERPIENTE BLANCA

Cuando Lucía abrió los ojos en el hospital, lo primero que vio fue una luz blanca sobre su cabeza. Durante unos segundos no recordó dónde estaba. Intentó mover la mano derecha y un dolor agudo recorrió todo su brazo.
Entonces regresaron los recuerdos.
El desierto.
El vidrio.
La enorme serpiente blanca.
Y aquella mordida.
Lucía respiró con dificultad y miró su mano vendada. Estaba conectada a varios tubos y una máquina registraba cada latido de su corazón.
Un médico entró en la habitación acompañado por una enfermera.
Le explicó que había estado inconsciente durante casi nueve horas. El veneno había comenzado a afectar su sistema nervioso, pero habían logrado administrarle el tratamiento a tiempo.
Lucía debería haberse sentido aliviada.
Sin embargo, algo en el rostro del médico la inquietó.
Parecía querer decirle algo más.
Finalmente, cerró la puerta de la habitación y le hizo una pregunta inesperada.
¿Está completamente segura de que la serpiente que la mordió era blanca?
Lucía asintió.
El médico permaneció en silencio.
Luego sacó su teléfono y le mostró varias fotografías de serpientes del desierto.
Ninguna se parecía al animal que Lucía había encontrado.
El médico explicó que, según la descripción de la mordida y el análisis preliminar del veneno, aquella serpiente no pertenecía a ninguna especie que normalmente habitara esa región.
Lucía sintió un escalofrío.
Pero lo más extraño ocurrió unos minutos después.
Uno de los hombres que había participado en la excursión llegó al hospital con el teléfono temblándole entre las manos.
Se llamaba Daniel.
Había grabado parte de lo ocurrido.
Quería mostrarle algo.
Lucía observó el video.
Allí estaba ella, arrodillada en la arena, acercándose lentamente al animal.
Todo parecía exactamente como lo recordaba.
Hasta que Daniel amplió la imagen.
Debajo del cuello de la serpiente aparecía una pequeña marca oscura.
No parecía una mancha natural.
Parecía un símbolo.
Lucía frunció el ceño.
Daniel detuvo el video.
Había tres pequeños círculos formando un triángulo.
El guía que los había acompañado también apareció en el hospital aquella tarde.
Cuando vio el símbolo, perdió inmediatamente el color del rostro.
Guardó silencio durante varios segundos.
Después dijo algo que dejó a todos inquietos.
Años atrás, algunos investigadores habían encontrado serpientes blancas cerca de una zona restringida situada mucho más profundamente en el desierto.
El lugar había sido utilizado durante décadas para investigaciones biológicas.
Oficialmente estaba abandonado.
Pero nadie de los pueblos cercanos se acercaba allí.
Lucía preguntó por qué.
El guía miró hacia la puerta antes de responder.
Porque los animales que aparecían cerca de esa zona no se comportaban normalmente.
Daniel se rio nervioso.
Pensó que el hombre intentaba asustarlos.
Pero el guía no estaba bromeando.
Contó que doce años antes un pastor había encontrado una serpiente completamente blanca cerca de su rebaño. La había matado por miedo.
Dos días después encontró otras siete alrededor de su casa.
Ninguna lo atacó.
Simplemente permanecieron allí durante horas.
Observándolo.
Lucía sintió un nudo en el estómago.
Recordó algo que hasta ese momento había olvidado.
Después de morderla, la serpiente no había escapado inmediatamente.
Antes de perder el conocimiento, Lucía había visto al animal detenerse a varios metros.
Había levantado la cabeza.
Y la había mirado.
Como si esperara algo.
El guía preguntó dónde exactamente había encontrado a la serpiente.
Daniel abrió el mapa del recorrido.
Cuando indicó el lugar, el hombre se quedó completamente inmóvil.
Aquella zona estaba a menos de cuatro kilómetros del antiguo centro de investigación.
Esa misma noche, mientras Lucía dormía, ocurrió algo todavía más extraño.
Una enfermera entró corriendo en la habitación.
La ventana estaba abierta.
Lucía despertó sobresaltada.
La enfermera señaló el suelo.
Había pequeñas manchas de arena junto a la ventana.
Y cerca de la cama encontraron algo que nadie pudo explicar.
Un fragmento de piel blanca de serpiente.
Lucía sintió que el corazón se le detenía.
Estaban en el tercer piso.
La ventana no tenía balcón.
La enfermera llamó inmediatamente a seguridad.
Revisaron cámaras, pasillos y escaleras.
Nadie había entrado.
Ningún animal aparecía en las grabaciones.
Pero cuando Daniel llegó a la mañana siguiente, encontró a Lucía sentada en la cama, mirando fijamente aquella piel dentro de una bolsa transparente.
Entonces su teléfono recibió un mensaje.
Era del guía.
Solo contenía una fotografía.
En la imagen aparecía el lugar donde Lucía había encontrado a la serpiente.
Pero ahora había algo diferente.
Decenas de rastros sinuosos atravesaban la arena.
Todos iban en la misma dirección.
Hacia las montañas.
Debajo de la fotografía había una sola frase.
La serpiente está regresando al lugar del que salió.
Lucía miró a Daniel.
Sabía que debería olvidar todo aquello.
Había estado a punto de morir.
Cualquier persona razonable habría regresado a casa.
Pero no podía dejar de pensar en la marca del cuello.
En la piel junto a su cama.
En aquel misterioso centro abandonado.
Y sobre todo, en una pregunta.
¿Cómo había terminado un enorme trozo de vidrio profundamente clavado en la cabeza de aquella serpiente?
Quizá no había sido un accidente.
Dos días después, Lucía salió del hospital.
Y en lugar de dirigirse al aeropuerto, se subió al vehículo de Daniel y del guía.
Regresaron al desierto.
Después de varias horas encontraron nuevamente las huellas.
Las siguieron hasta una zona rocosa que no aparecía en ningún mapa turístico.
Allí descubrieron una verja metálica casi completamente enterrada por la arena.
Detrás había un viejo edificio de hormigón.
Parecía abandonado desde hacía muchos años.
La puerta principal estaba cubierta de óxido.
Pero había algo imposible de ignorar.
En la arena frente a la entrada aparecían huellas recientes de neumáticos.
Alguien seguía visitando aquel lugar.
Daniel levantó la cámara.
Lucía dio un paso hacia la entrada.
Entonces escucharon un sonido detrás de ellos.
Algo se arrastraba entre las piedras.
Los tres se giraron lentamente.
Una enorme serpiente blanca salió de la sombra.
Lucía reconoció inmediatamente la herida en su cabeza.
Era la misma serpiente.
Pero esta vez no estaba sola.
Detrás de las rocas comenzaron a aparecer otras.
Cinco.
Diez.
Quizá veinte.
Todas blancas.
May you like
Todas inmóviles.
Y todas mirando hacia Lucía.