PARTE 2: POR QUÉ RAFAEL NO SE DEFENDIÓ

avier Santos había sido uno de los doce.
El mejor amigo de Rafael.
Sirvieron juntos durante treinta y ocho años.
Cuando se retiraron, Javier abrió un pequeño gimnasio en Madrid.
Rafael ayudaba como instructor voluntario.
Tres años después Javier murió.
Dejó una hija.
Lucía.
Veintisiete años.
Una tarde, Lucía llamó a Rafael.
Estaba aterrorizada.
Su expareja, Marcos, había aparecido en su casa con otro hombre.
Habían discutido.
Lucía logró encerrarse en una habitación.
Rafael vivía cerca.
Llegó antes que la policía.
Cuando entró, encontró a Marcos intentando forzar la puerta.
Rafael le pidió que se marchara.
Marcos lo empujó.
Después intentó golpearlo.
El enfrentamiento duró menos de un minuto.
Cuando terminó, Marcos tenía un hombro dislocado.
El otro hombre, una muñeca rota.
Lucía estaba a salvo.
Pero ocurrió algo que Rafael no esperaba.
Marcos pertenecía a una familia poderosa.
Su padre tenía conexiones.
Abogados.
Influencia.
La historia empezó a cambiar.
Rafael pasó de ser el hombre que acudió a proteger a Lucía a ser presentado como un exmilitar violento que había atacado a dos personas.
Había una cámara en el pasillo.
Pero la grabación desapareció.
Lucía podía haber declarado.
No lo hizo.
¿Por qué? preguntó Vega.
Rafael respondió:
Porque estaba embarazada.
Marcos era el padre.
Amenazó con iniciar una guerra por la custodia si Lucía declaraba contra él.
La joven entró en pánico.
Rafael tomó una decisión.
Aceptó un acuerdo.
Cuatro años.
Lucía no tendría que enfrentarse públicamente a Marcos.
¿Y usted permitió que lo condenaran?
Rafael miró a Vega.
Javier me salvó la vida dos veces.
Eso no significa que tenga que sacrificar la suya.
Para mí significaba exactamente eso.
Pero algo había cambiado.
Lucía había dado a luz.
Su hija tenía ahora ocho meses.
Marcos había vuelto a amenazarla.
Esta vez Lucía quería hablar.
Quería entregar mensajes.
Grabaciones.
Y una copia de seguridad de aquella cámara que Rafael creía perdida.
El abogado estaba convencido de que podían revisar el caso.
Rafael seguía negándose.
¿Por qué?
Vega no entendía.
Porque si Lucía habla, Marcos irá contra ella.
Ya está yendo contra ella.
Aquella frase dejó a Rafael en silencio.
Mientras tanto Bruno había escuchado suficiente para construir su propia versión.
Pensó que Rafael estaba preso por haber destruido a dos hombres en una pelea.
Y decidió probarlo.
En el patio, delante de todos, Bruno se acercó otra vez.
Dicen que eras instructor.
Rafael no respondió.
Dicen que podías tumbar a cualquiera.
Nada.
Bruno sonrió.
Creo que son cuentos.
Rafael apoyó la escoba contra la pared.
Probablemente.
Bruno empujó ligeramente su hombro.
Vega comenzó a caminar hacia ellos.
Rafael levantó una mano.
No para pelear.
Para detener al guardia.
Déjalo.
Bruno se sorprendió.
¿Ahora sí?
Rafael lo miró.
No voy a pelear contigo.
Bruno rio.
Porque tienes miedo.
Rafael negó.
Porque tú no eres mi enemigo.
Aquella frase desconcertó incluso a los presos.
Bruno esperaba orgullo.
Amenazas.
Una demostración.
No recibió ninguna.
Entonces ¿por qué todos te tienen respeto?
Rafael miró a Vega.
Después al símbolo oculto bajo su manga.
Porque algunos de ellos todavía confunden lo que hice con lo que soy.
Bruno no entendió.
Pero Emilio sí.
El viejo preso del banco murmuró:
Este hombre no está intentando demostrar que puede ganar.
¿Entonces qué?
Emilio respondió:
Está intentando demostrar que ya no necesita hacerlo.
Aquella noche ocurrió algo.
Bruno recibió una carta.
Era de su hermana.
Su sobrino estaba enfermo.
Necesitaban dinero para una operación.
Bruno no tenía nada.
Por primera vez desde que entró en prisión, nadie le tuvo miedo.
Lo vieron llorar.
Rafael también.
No dijo nada.
Pero al día siguiente Bruno descubrió que un fondo de ayuda para familias de presos había cubierto parte del tratamiento.
Preguntó quién había movido los papeles.
Vega respondió:
Rafael.
Bruno quedó inmóvil.
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¿Por qué?
Pregúntaselo.