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PARTE 1: LOS DOCE

Rafael recogió la escoba.

Como si nada hubiera ocurrido.

Bruno soltó una carcajada.

¿Ahora necesito permiso para hablar con el abuelo?

Vega caminó hacia ellos.

Te he dicho que lo dejes.

¿Por qué?

Vega miró a Rafael.

Porque no sabes con quién estás hablando.

Rafael interrumpió:

Capitán.

Vega cerró la boca.

Aquello llamó todavía más la atención.

Un preso mayor llamado Emilio se levantó lentamente de uno de los bancos.

Había servido en el ejército durante su juventud.

Había visto aquel símbolo antes.

No sabía dónde.

Pero lo recordaba.

Doce líneas formando un círculo.

Una espada pequeña en el centro.

Sin nombre.

Sin número.

Sin bandera.

¿Qué significa? preguntó Bruno.

Rafael siguió barriendo.

Nada que te interese.

Bruno apretó los puños.

Odiaba ser ignorado.

Durante tres años había controlado aquel módulo mediante miedo.

No era el preso más peligroso.

Pero sí el más grande.

Y sabía escoger a quién intimidar.

Rafael parecía perfecto.

Setenta y siete años.

Delgado.

Espalda encorvada.

Condenado recientemente.

Casi no hablaba.

Nunca recibía visitas.

Pero ahora algo no encajaba.

Vega sabía quién era.

Y Rafael no quería que lo dijera.

Aquella noche Bruno preguntó por él.

Nadie sabía mucho.

Rafael Mendoza.

Condenado a cuatro años.

Ingresó hacía seis meses.

Sin antecedentes.

Sin historial violento.

Delito registrado:

“Obstrucción grave y lesiones durante una intervención.”

Bruno sonrió.

¿Lesiones?

Un preso respondió:

A dos hombres.

¿Un viejo como ese?

Eso dice el expediente.

Bruno empezó a interesarse.

Mientras tanto, Vega visitó a Rafael en la biblioteca.

Pensé que nadie reconocería el emblema.

Rafael no levantó los ojos del libro.

Yo también.

Bruno no va a parar.

Entonces aprenderá.

Vega se tensó.

No quiero problemas.

Rafael cerró el libro.

Yo tampoco.

¿Por qué no pidió un módulo protegido?

Rafael sonrió apenas.

Porque llevo cincuenta años oyendo a hombres decirme dónde debo estar.

Vega suspiró.

Había leído el expediente militar.

No todo.

Gran parte seguía clasificado.

Pero conocía suficiente.

Rafael ingresó en el ejército a los dieciocho años.

Fue instructor de combate cuerpo a cuerpo.

Después pasó a una pequeña unidad de operaciones especiales.

Doce hombres.

Los doce del emblema.

Participaron en misiones de rescate, evacuación y protección durante décadas.

Rafael no era el más fuerte.

Era el instructor.

El hombre que enseñaba a los demás cómo sobrevivir cuando todo salía mal.

¿Cuántos siguen vivos? preguntó Vega.

Rafael miró por la ventana.

Tres.

Vega guardó silencio.

¿Y los otros nueve?

Envejecimos de formas distintas.

Aquella respuesta era todo lo que Rafael pensaba dar.

Pero Bruno comenzó a investigar por su cuenta.

Dos días después volvió a provocar al anciano.

Esta vez en el comedor.

Empujó la bandeja de Rafael.

La comida cayó al suelo.

Se te cayó.

Rafael observó el plato.

Después miró a Bruno.

No.

¿No qué?

No se me cayó.

Bruno sonrió.

¿Qué vas a hacer?

Rafael tomó una servilleta.

Se agachó.

Empezó a recoger.

Nada más.

Bruno se sintió victorioso.

Hasta que Rafael dijo:

El hombre más peligroso de una habitación casi nunca es el que más ruido hace.

Bruno dejó de sonreír.

Esa noche decidió demostrar que Rafael era solo un viejo con una historia exagerada.

Pero antes de poder hacerlo recibió una visita inesperada.

Un abogado.

El hombre preguntó por Rafael.

Bruno escuchó parte de la conversación desde lejos.

La hija de Javier Santos ha vuelto a llamar.

Rafael cerró los ojos.

¿Está bien?

Sí.

Entonces no tengo nada más que decir.

El abogado insistió.

Rafael, si ella declara, podemos reabrir su caso.

No.

Usted no debería estar aquí.

Rafael se puso de pie.

Eso no lo decides tú.

Bruno escuchó aquellas palabras.

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Y comprendió que la verdadera historia no era quién había sido Rafael.

Era por qué aquel hombre parecía empeñado en permanecer en prisión.

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