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Prate 3

El secreto de Noche de Fuego

La oscuridad cubrió toda la embarcación.

Solo permanecían encendidas las luces rojas de emergencia, convirtiendo los pasillos en corredores estrechos y amenazantes.

Los golpes avanzaban desde la sala de máquinas.

Javier tomó una barra metálica.

“Llevad a los niños al puente de mando”.

Marta negó.

“No voy a separarme de vosotros otra vez”.

“Si los motores se detienen por completo, el ferry podría regresar con la corriente”.

Lucía miró el plano de emergencia pegado a la pared.

Había un conducto de mantenimiento que conectaba la cubierta superior con la sala de control de motores.

“Puedo llegar sin pasar por los pasillos”.

“No”, respondió Javier inmediatamente.

“Papá, soy la única que cabe”.

Dani agarró la manga de su hermana.

“Yo también”.

“No vas a venir”.

“Siempre dices que no dejemos a nadie atrás”.

Lucía cerró los ojos un instante.

No podía protegerlo obligándolo a quedarse quieto en medio del peligro.

Vera se acercó.

“Yo iré con ellos”.

“Es demasiado estrecho”, dijo Javier.

“Conozco sistemas eléctricos. He trabajado con mi tío en la plataforma”.

El plan era sencillo y terrible.

Lucía, Dani y Vera atravesarían el conducto hasta el panel secundario. Allí intentarían reiniciar los motores mientras los adultos contenían a los infectados en el pasillo principal.

Inés permanecería con Marta.

Antes de entrar, la niña abrazó a Dani.

“Vuelve”.

“Siempre vuelvo”.

Los tres avanzaron a oscuras.

El conducto olía a metal, aceite y humo.

Debajo escuchaban a los infectados corriendo por los pasillos. Cada golpe contra las paredes hacía vibrar el techo.

Dani llevaba una pequeña linterna entre los dientes.

Lucía iba delante.

Vera cerraba el grupo.

Al llegar a una bifurcación, encontraron una rejilla rota.

Debajo había una sala llena de cables y controles.

También había un infectado.

Era un trabajador del barco atrapado entre dos tuberías.

Aún no podía alcanzarlos, pero reaccionaba a cada ruido.

Vera señaló una caja de herramientas situada al otro lado de la sala.

“El fusible principal está allí”.

Lucía examinó el espacio.

Podían bajar, pero cualquier sonido atraería a la criatura.

Dani sacó una pequeña alarma de su bolsillo.

La había recogido en Valencia.

“Podemos hacer lo mismo que antes”.

Lanzaron la alarma dentro de un armario metálico.

El infectado se abalanzó contra la puerta.

Lucía bajó rápidamente, tomó el fusible y se dirigió al panel.

Vera conectó los cables.

Nada ocurrió.

“El sistema necesita energía externa”.

Dani señaló una batería de emergencia.

Entre los tres lograron moverla.

Las luces del panel se encendieron.

En la pantalla apareció un mensaje.

Activación bloqueada desde el puente de mando.

Vera tomó la radio.

“Necesitamos autorización del capitán”.

Solo respondió la interferencia.

Los infectados habían cortado las comunicaciones internas.

Lucía buscó otra opción.

En una esquina había una palanca manual protegida por una cubierta.

“Eso puede reiniciar todo”.

“También activará las sirenas”, advirtió Vera.

El ruido atraerá a todos hacia aquí.

Dani miró al infectado que golpeaba el armario.

“Entonces tendremos que correr”.

Lucía bajó la palanca.

El barco entero rugió.

Las luces se encendieron.

Los motores comenzaron a funcionar.

Y todas las alarmas interiores sonaron al mismo tiempo.

Los infectados cambiaron de dirección.

Sus pasos retumbaron hacia la sala de control.

“¡Subid!”, gritó Vera.

Lucía empujó a Dani hacia el conducto.

Vera fue la última.

La criatura atrapada rompió la puerta del armario.

Sus dedos alcanzaron la pierna de Vera.

Ella gritó.

Lucía regresó y golpeó la tubería con una llave inglesa. El sonido desvió al infectado el tiempo suficiente para que Vera se liberara.

Los tres avanzaron por el conducto mientras decenas de cuerpos entraban en la sala.

La batería cayó.

Una explosión eléctrica iluminó el pasillo.

El fuego bloqueó el acceso.

Cuando regresaron a cubierta, Javier los abrazó.

El barco volvía a moverse.

Sin embargo, Vera escondía la pierna.

Lucía lo vio.

“¿Te ha mordido?”

“No”.

“Enséñamela”.

Había una marca roja en su tobillo.

No parecía profunda.

Marta la examinó.

“Es un arañazo”.

Vera respiró aliviada.

Pero Marcos, su tío, apartó la mirada.

Lucía lo notó.

“¿Qué sabes?”

Marcos dudó.

“En la plataforma recibimos informes médicos. La infección no solo se transmite por mordedura. También puede entrar por contacto con sangre contaminada”.

Vera comenzó a temblar.

“No había sangre”.

Nadie podía asegurarlo.

El protocolo militar exigía aislarla.

Lucía quiso protestar, pero Vera aceptó.

“Está bien. Encerradme”.

La llevaron a una pequeña cabina con una ventana de cristal.

Dani se sentó al otro lado.

“No estás sola”.

Vera sonrió débilmente.

Mientras el barco avanzaba hacia Menorca, Marcos conectó la memoria a un ordenador militar.

Los archivos revelaron una red de comunicaciones entre laboratorios privados, empresas farmacéuticas y altos cargos europeos.

La operación Noche de Fuego había comenzado meses antes.

El agente infeccioso fue creado para estudiar respuestas neurológicas extremas. Pero una empresa llamada Helix Europa decidió probarlo durante eventos masivos.

Valencia había sido elegida por las Fallas.

Madrid por un partido internacional.

Barcelona por un festival de música.

Las ciudades no habían caído por accidente.

Habían sido utilizadas como laboratorios humanos.

Marta leyó los informes con horror.

“¿Por qué harían algo así?”

Marcos señaló una cláusula.

“Querían vender una vacuna a los gobiernos después del colapso”.

Javier apretó los puños.

“Crearon la enfermedad y después pensaban vender la cura”.

“Pero perdieron el control”, respondió Marcos. “El virus mutó. Ahora la vacuna original no funciona”.

Lucía observó el nombre de una instalación.

Punto Omega.

No era un refugio.

Era un laboratorio de Helix Europa situado bajo una antigua base naval en Menorca.

El mensaje que los llamaba hacia allí podía ser una trampa.

El capitán reunió a los supervivientes.

“Tenemos combustible para llegar a Menorca o intentar alcanzar Cerdeña. No podemos hacer ambas cosas”.

La gente comenzó a discutir.

Algunos querían alejarse de España.

Otros creían que Omega podía contener medicinas y provisiones.

Entonces Vera golpeó el cristal de la cabina.

Su rostro estaba cubierto de sudor.

Dani se puso de pie.

“¡Mamá!”

Marta corrió hacia ella.

Vera tenía fiebre.

Los soldados levantaron sus armas.

Lucía se colocó delante de la puerta.

“Nadie va a dispararle”.

“Si cambia, pondrá a todos en peligro”, dijo el capitán.

Marcos abrió otro archivo.

“Esperad”.

Había una lista de sujetos resistentes.

Personas expuestas al agente que no desarrollaban la infección completa.

Uno de los códigos coincidía con los datos médicos de Vera.

“Ella estuvo en la plataforma durante la primera fuga”, explicó Marcos. “Respiró el aire contaminado hace tres días y no cambió”.

Marta comprendió.

“Su cuerpo está luchando contra el virus”.

“Podría tener anticuerpos”, añadió Marcos.

Vera no era una amenaza.

Podía ser la clave de una cura.

El capitán cambió el rumbo hacia Menorca.

Horas después, la isla apareció en el horizonte.

La base Omega parecía abandonada.

No había soldados ni señales visibles.

Solo una puerta de acero abierta frente al mar.

El barco atracó en silencio.

Un pequeño grupo desembarcó.

Lucía, Dani e Inés permanecieron con sus padres, mientras Vera era transportada en una camilla.

Dentro de la base encontraron laboratorios vacíos, habitaciones selladas y cientos de archivos destruidos.

En una sala subterránea apareció una pantalla encendida.

Una mujer vestida con bata blanca habló desde un video grabado.

“Si está viendo este mensaje, el protocolo de contención ha fracasado. La vacuna existe, pero requiere sangre de un sujeto resistente menor de dieciocho años”.

Todos miraron a Vera.

La grabación continuó.

“El procedimiento puede salvar millones de vidas, pero el donante tiene pocas probabilidades de sobrevivir”.

Marcos palideció.

“No”.

Vera abrió los ojos.

“Si mi sangre puede detener esto, tienen que usarla”.

Lucía tomó su mano.

“No vamos a dejar que te sacrifiquen”.

“Dijiste que no dejarías a nadie atrás”.

“Eso también te incluye a ti”.

Marta revisó los equipos.

“Puede existir otra manera. Si utilizamos una cantidad pequeña y conseguimos multiplicar los anticuerpos en el laboratorio, no necesitaremos extraer toda su sangre”.

La energía de la base estaba fallando.

Solo tenían unas pocas horas antes de que los sistemas se apagaran.

Javier y Marcos repararon los generadores.

Marta inició el proceso.

Lucía y Dani ayudaron a trasladar muestras.

Inés permaneció junto a Vera, contándole historias para mantenerla despierta.

Después de tres horas, la primera dosis experimental estuvo lista.

Pero antes de poder probarla, las alarmas exteriores comenzaron a sonar.

En las cámaras apareció un convoy militar.

No llevaba símbolos oficiales.

Marcos reconoció el emblema.

Helix Europa.

La empresa había llegado para recuperar a Vera y destruir las pruebas.

Un mensaje apareció en la pantalla principal.

“Entreguen a la niña resistente y podrán abandonar la isla”.

Javier cerró las puertas de seguridad.

El capitán preparó a los supervivientes.

Lucía observó los pasillos, los altavoces y los antiguos sistemas acústicos de la base naval.

Volvió a sentir el mismo miedo que en Valencia.

Pero también recordó las Fallas.

Los infectados seguían el sonido.

Y en la costa de Menorca, detrás del convoy de Helix, miles de criaturas avanzaban atraídas por los motores de los vehículos.

Lucía encendió el sistema de megafonía exterior.

Dani sonrió.

“¿Otra vez ruido?”

Lucía miró a su hermano, a Inés y a Vera.

“Esta vez vamos a hacer que los monstruos encuentren a quienes los crearon”.

Activó todas las sirenas de la base.

Los infectados levantaron la cabeza.

Los soldados de Helix comprendieron demasiado tarde lo que estaba ocurriendo.

La masa cambió de dirección y corrió hacia el convoy.

Mientras afuera comenzaba el caos, Marta sostuvo la primera dosis de la posible cura.

La radio de emergencia se encendió.

Una señal llegó desde Francia.

Después otra desde Italia.

Millones de personas seguían vivas.

Y todas esperaban una respuesta.

Lucía contempló la pequeña ampolla entre las manos de su madre.

Valencia había sido solo el comienzo.

Pero también podía convertirse en el lugar donde nació la esperanza.

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“No dejaremos a nadie atrás”, repitió.

Esta vez, todo el laboratorio la escuchó.

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