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Prate 2

El barco de los desaparecidos

La embarcación militar avanzó durante casi una hora sin que nadie supiera hacia dónde se dirigía.

Detrás quedaba Valencia, cubierta por columnas de humo y destellos rojizos. Las llamas de las Fallas aún iluminaban el cielo, pero cada minuto parecían más pequeñas, como si la ciudad estuviera siendo borrada lentamente del mundo.

En la cubierta, Marta atendía a los heridos junto a otros sanitarios. Javier ayudaba a los soldados a asegurar las puertas y revisar las provisiones. Lucía permanecía sentada con Dani e Inés cerca de una pared metálica, observando a los supervivientes.

Había familias incompletas.

Niños que preguntaban por sus padres.

Ancianos que no dejaban de mirar hacia la costa.

Personas cubiertas con mantas que sostenían teléfonos sin conexión, esperando llamadas que tal vez nunca llegarían.

Dani apoyó la cabeza sobre el hombro de Lucía.

“¿Adónde vamos?”

“No lo sé”.

“Papá siempre sabe esas cosas”.

Lucía miró a Javier, que hablaba con un oficial cerca del puente de mando.

Esta vez su padre tampoco parecía tener respuestas.

Una alarma breve sonó en los altavoces.

El capitán pidió silencio.

“Nos dirigimos hacia las islas Baleares. El puerto de Palma ha establecido una zona de cuarentena provisional. Nadie podrá desembarcar hasta completar una revisión médica”.

Un murmullo recorrió la cubierta.

Una mujer comenzó a gritar que su marido necesitaba un hospital. Otro hombre exigió regresar a Valencia para buscar a sus hijos.

Los soldados intentaron mantener el orden.

Marta se acercó a su familia.

“Tenemos que revisar a todos los pasajeros”, dijo. “La infección tarda segundos en algunos casos, pero en otros puede permanecer oculta durante más tiempo”.

Lucía miró a Inés.

La niña tenía un arañazo en la muñeca.

“¿Qué te pasó ahí?”

Inés escondió la mano.

“Fue la ventana de la furgoneta”.

Marta se arrodilló frente a ella.

“Déjame verlo”.

La herida era pequeña y superficial. No tenía marcas de mordedura, pero Inés comenzó a temblar.

“No estoy enferma”.

“Lo sé”, respondió Marta con suavidad. “Solo quiero limpiarla”.

Mientras la curaba, una discusión estalló en la zona inferior del barco.

Un soldado apareció corriendo.

“Tenemos un pasajero con fiebre”.

Todos se quedaron inmóviles.

Los militares cerraron una compuerta y ordenaron a las familias que se mantuvieran alejadas.

Desde el otro lado se escucharon golpes.

Un hombre pedía que abrieran.

Aseguraba que no había sido mordido.

Después su voz cambió.

Los golpes se volvieron más violentos.

La puerta metálica comenzó a doblarse.

El capitán ordenó evacuar la cubierta inferior.

El caos regresó en cuestión de segundos.

Los supervivientes corrieron hacia la parte trasera del barco. Algunos intentaron subir a los botes de emergencia. Otros empujaron a los soldados.

Lucía tomó a Dani e Inés de la mano.

“Quedaos conmigo”.

La compuerta se abrió de golpe.

Un hombre infectado salió corriendo, seguido por otras dos personas que habían sido atacadas dentro.

Los soldados dispararon al techo para asustar a la multitud, pero el ruido provocó que los infectados cambiaran de dirección.

Lucía comprendió el peligro antes que nadie.

“¡No disparéis! Siguen el sonido”.

Pero ya era tarde.

Los disparos atrajeron a los infectados hacia el centro de la cubierta.

Javier arrancó una sirena portátil de una pared y la lanzó dentro de un bote vacío. El aparato comenzó a sonar.

Los infectados saltaron hacia la embarcación auxiliar.

Un soldado liberó el mecanismo y el bote cayó al mar con ellos dentro.

El silencio regresó.

Solo duró unos segundos.

Desde la sala de máquinas llegó otro ruido.

Golpes.

Muchos golpes.

El capitán palideció.

“Había pasajeros refugiados abajo”.

Javier se acercó a un panel de mantenimiento.

“Si alcanzan los motores, perderemos el control del barco”.

El capitán ordenó cerrar los accesos, pero una luz roja apareció en el tablero.

El sistema eléctrico estaba fallando.

El barco comenzó a reducir la velocidad.

A lo lejos, en medio del Mediterráneo, apareció otra embarcación.

Era un ferry de pasajeros.

Sus luces estaban encendidas.

No respondía por radio.

Lucía observó la cubierta con unos prismáticos que encontró junto a un soldado.

Había cientos de personas inmóviles, de pie, mirando hacia el barco militar.

Entonces una de ellas comenzó a correr.

Después otra.

Toda la cubierta del ferry se llenó de movimiento.

“Está infectado”, dijo Lucía.

El capitán intentó cambiar el rumbo, pero los motores apenas respondían.

El ferry se acercaba lentamente.

No parecía seguir un rumbo normal.

Avanzaba directamente hacia ellos.

“Va a embestirnos”, gritó Javier.

Los soldados corrieron hacia la sala de máquinas.

Marta permaneció con los heridos, intentando trasladarlos hacia la proa.

Lucía vio un panel de control secundario cerca de los botes salvavidas.

Recordó cómo había activado las Fallas utilizando un sistema que no conocía.

“Papá, ¿ese panel controla las alarmas exteriores?”

Javier lo observó.

“Sí, pero no podemos atraerlos aquí”.

“No hacia nosotros”.

Lucía señaló el ferry.

“Podemos hacer que el sonido venga de su otro lado”.

Javier comprendió.

El barco militar llevaba boyas de emergencia con altavoces y señales acústicas. Si lanzaban varias detrás del ferry, los infectados se moverían hacia la zona opuesta y alterarían el equilibrio del barco.

El capitán dudó.

“Podría hacerlo volcar”.

“También podría desviarlo”, respondió Javier.

No había tiempo.

Liberaron tres boyas acústicas.

Lucía programó las frecuencias con ayuda de su padre.

Las lanzaron al mar detrás del ferry.

El sonido comenzó.

Miles de infectados cruzaron simultáneamente hacia la popa de la embarcación.

El ferry se inclinó.

Durante unos segundos pareció que iba a volcar.

Después giró lentamente, arrastrado por el peso de la multitud.

Pasó a menos de cien metros del barco militar.

Desde la cubierta, los infectados golpeaban las barandillas, atraídos por las boyas que flotaban en la oscuridad.

El peligro parecía haber pasado.

Entonces Inés señaló hacia el mar.

“Hay alguien allí”.

Una pequeña lancha neumática flotaba entre las olas.

Dentro había un hombre herido y una adolescente que agitaba una chaqueta.

El capitán negó.

“No podemos detenernos”.

Dani miró a Lucía.

Ella recordó sus propias palabras.

No dejar a nadie atrás.

“Tenemos que ayudarlos”.

“Lucía, no sabemos si están infectados”, advirtió Marta.

“Podemos revisarlos antes de subirlos”.

El capitán se negó de nuevo.

Pero Javier señaló el horizonte.

“Los motores aún no funcionan bien. De todos modos, no llegaremos lejos hasta repararlos”.

Finalmente aceptaron acercarse.

La adolescente se llamaba Vera. Tenía quince años. El hombre era su tío, un técnico de telecomunicaciones llamado Marcos.

Marcos estaba herido en la pierna, pero no presentaba mordeduras.

Vera llevaba una mochila impermeable.

Dentro había mapas, baterías y una radio de onda corta.

“Venimos de una plataforma de comunicaciones cerca de Ibiza”, explicó. “La infección no comenzó en Valencia”.

Todos la miraron.

Marcos respiró con dificultad.

“Recibimos señales días antes. Mensajes militares cifrados. Alguien sabía que esto iba a ocurrir”.

El capitán cerró la puerta de la enfermería.

“¿Quién?”

Marcos abrió la mochila y sacó una memoria protegida.

“No lo sé. Pero las transmisiones mencionaban una operación llamada Noche de Fuego”.

Lucía sintió un escalofrío.

La última noche de las Fallas no había sido una casualidad.

Alguien había elegido el momento con mayor concentración de personas.

Marta examinó a Marcos.

“Necesita una operación”.

“En Palma no encontraréis ayuda”, respondió él. “La ciudad ya ha caído”.

El capitán lo miró con incredulidad.

“Recibimos confirmación hace menos de una hora”.

“Era una señal automática”.

Vera encendió la radio.

Una voz entrecortada apareció entre la interferencia.

“Palma evacuada. Repito. Zona portuaria perdida. No se aproximen”.

El mensaje se repitió tres veces.

Después llegó otra transmisión.

“Todos los barcos civiles y militares deben dirigirse al punto seguro Omega, costa norte de Menorca”.

El capitán revisó sus mapas.

“No existe ninguna base con ese nombre”.

Marcos levantó la mirada.

“Porque no es una base oficial”.

Antes de que pudiera explicar más, las luces del barco se apagaron por completo.

Desde la sala de máquinas llegó un rugido.

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Los infectados atrapados abajo acababan de romper la última compuerta.

Y el único camino hacia los motores pasaba por el lugar donde los niños estaban refugiados.

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