Prate 1

La primera persona cayó a las ocho y diecisiete de la tarde, justo cuando comenzaba la última noche de Las Fallas.
La plaza del Ayuntamiento de Valencia estaba llena de música, luces y miles de personas. Los vendedores ofrecían buñuelos de calabaza, los niños sostenían pequeños petardos y una enorme figura de madera esperaba ser quemada durante la Cremà.
Lucía Ortega, de trece años, sujetaba con fuerza la mano de su hermano Dani, de ocho.
Su padre, Javier, había ido a revisar una avería en una línea del tranvía. Su madre, Marta, trabajaba como enfermera en el Hospital La Fe.
Los hermanos solo debían esperar junto a una churrería hasta que su padre regresara.
Entonces un hombre cayó frente a ellos.
Al principio, todos pensaron que se había desmayado.
Una mujer se arrodilló para ayudarlo.
El hombre levantó la cabeza de golpe.
Sus ojos estaban vidriosos. Su mandíbula temblaba. Se lanzó sobre la mujer con una velocidad imposible.
Los gritos comenzaron.
En menos de veinte segundos, otras cuatro personas se abalanzaron sobre la multitud.
La música siguió sonando mientras la plaza se convertía en una estampida.
Lucía agarró a Dani.
“Corre. No mires atrás.”
Se metieron entre dos puestos de comida. Una mesa cayó detrás de ellos. El aceite caliente se derramó sobre el suelo. Turistas y familias chocaban unos contra otros mientras los infectados corrían sobre las sillas, los coches y hasta los cuerpos caídos.
Dani tropezó.
Lucía lo levantó antes de que una mujer infectada pudiera alcanzarlo.
Los hermanos escaparon por una calle estrecha decorada con banderas valencianas. Las persianas de los comercios empezaban a cerrarse. Desde los balcones, algunas personas gritaban que entraran.
Pero una voz salió del teléfono de emergencia instalado junto a una parada.
Era su madre.
“Lucía, escúchame. No vayáis al hospital. La infección se transmite en segundos. Buscad a papá en el antiguo taller ferroviario junto a la Estación del Norte.”
La comunicación se cortó.
Dani tenía lágrimas en los ojos.
“¿Mamá está bien?”
Lucía quería decir que sí.
Pero no podía mentirle.
“Vamos a encontrar a papá. Después iremos por ella.”
Siguieron corriendo.
Al pasar cerca del Mercado Central, escucharon el llanto de una niña dentro de una furgoneta volcada. Lucía intentó continuar, pero Dani se soltó de su mano.
“No podemos dejarla.”
La niña se llamaba Inés y tenía cinco años. Su abuelo había desaparecido durante la estampida.
Lucía rompió una ventanilla con una piedra y la sacó del vehículo.
Ahora eran tres.
Las calles principales estaban perdidas. Cientos de infectados corrían detrás de cualquier sonido fuerte. Un claxon podía atraerlos desde varias manzanas.
Lucía observó cómo una moto abandonada cayó al suelo. Al activarse la alarma, todos los infectados cercanos cambiaron de dirección.
Entonces comprendió algo.
“No nos buscan a nosotros. Siguen el ruido.”
Los niños avanzaron en silencio por los callejones del barrio del Carmen. Dani llevaba a Inés de la mano. Lucía recogía teléfonos, despertadores y pequeños petardos abandonados.
Cada vez que una calle quedaba bloqueada, lanzaba un objeto ruidoso en dirección contraria.
Pero al llegar a la Estación del Norte, vieron que el taller estaba rodeado.
Dentro, Javier y otros trabajadores habían bloqueado las puertas con herramientas y bancos metálicos.
Lucía encontró un viejo panel de mantenimiento conectado a los altavoces de la estación.
Pulsó el micrófono.
“Papá, somos nosotros.”
Javier apareció tras una ventana rota.
Su rostro cambió al verlos.
“¡No entréis! Hay demasiados.”
Un rugido colectivo recorrió la avenida.
Miles de infectados avanzaban desde la plaza, atraídos por las sirenas de los vehículos de emergencia.
Un helicóptero militar apareció sobre los tejados. Una voz anunció que habría una evacuación en el puerto durante veinte minutos.
El problema era llegar allí.
Javier salió del taller con una barra de hierro y varios trabajadores. Abrieron un pasillo entre los infectados y consiguieron reunirse con los niños.
Javier abrazó a sus hijos con tanta fuerza que Lucía apenas podía respirar.
Después miró a Inés.
“¿Quién es ella?”
“Ahora viene con nosotros”, respondió Dani.
El grupo llegó hasta el antiguo cauce del río Turia, pero el puente hacia el puerto estaba bloqueado por una masa interminable de infectados.
Detrás de ellos, otros supervivientes corrían desesperados.
Las embarcaciones militares ya se preparaban para partir.
Lucía miró hacia las gigantescas fallas distribuidas por la ciudad. Cada monumento tenía un sistema de encendido preparado para la Cremà.
Recordó los planos que su padre le había enseñado años atrás.
“Los fuegos artificiales están conectados a una red municipal.”
Javier comprendió de inmediato.
“No. Es demasiado peligroso.”
“Si encendemos las fallas del centro, el ruido atraerá a todos hacia allí.”
“El puesto de control está al otro lado de la avenida.”
Lucía miró a Dani e Inés.
“Entonces cruzaré.”
Antes de que su padre pudiera detenerla, Lucía corrió.
Se deslizó bajo un autobús, atravesó una cafetería destruida y saltó una verja. Los infectados pasaban tan cerca que podía escuchar sus dientes chocar.
Dani vio que uno de ellos cambiaba de dirección hacia su hermana.
Sacó de su bolsillo el último petardo.
Lo encendió y lo lanzó contra un coche.
La explosión hizo que la criatura se apartara.
Lucía llegó al puesto de control.
El sistema pedía tres códigos.
Ella no los conocía.
Javier utilizó una radio de mantenimiento para guiarla.
“Prueba con el año de fundación de la comisión fallera.”
El primer código funcionó.
El segundo era el número del distrito.
El tercero pedía una palabra.
Lucía observó una fotografía pegada sobre la consola. Mostraba a los trabajadores construyendo la falla principal. Debajo aparecía su nombre.
Esperanza.
Introdujo la palabra.
Todas las luces del panel se encendieron.
Lucía bajó la palanca.
Primero explotaron los petardos.
Después, las mascletàs rugieron por toda Valencia.
El cielo se llenó de luz roja, dorada y blanca. Las enormes figuras comenzaron a arder una tras otra.
El estruendo sacudió las ventanas.
Los infectados se detuvieron.
Luego giraron simultáneamente hacia el centro de la ciudad.
La masa abandonó el puente y corrió hacia las llamas.
“¡Ahora!”, gritó Javier.
Los supervivientes cruzaron.
Lucía salió del puesto de control, pero una figura infectada apareció detrás de ella.
Javier estaba demasiado lejos.
Dani volvió corriendo, tomó una tapa metálica del suelo y golpeó una farola. El sonido desvió al infectado durante un segundo.
El tiempo suficiente para que Lucía saltara la barrera.
Los hermanos se abrazaron y corrieron hacia el puerto.
Cuando llegaron, un soldado intentó impedir que Inés subiera porque no estaba registrada con la familia.
Dani se plantó delante de él.
“Si ella no sube, nosotros tampoco.”
Javier miró al soldado.
“Es mi hija.”
El hombre observó los barcos, las llamas y la multitud que se acercaba.
Finalmente abrió el paso.
La embarcación se alejó segundos antes de que los primeros infectados alcanzaran el muelle.
Desde la cubierta, Lucía contempló Valencia ardiendo bajo el cielo nocturno. Las fallas, creadas para desaparecer entre llamas, habían salvado miles de vidas.
Entonces escuchó una voz conocida.
“Mamá.”
Marta estaba en el barco, atendiendo a los heridos.
Dani corrió hacia ella. Lucía intentó mantenerse fuerte, pero se derrumbó en sus brazos.
La familia Ortega volvió a estar unida.
Inés los observaba desde unos pasos de distancia.
Marta extendió una mano.
“Ven aquí, pequeña.”
La niña corrió hacia ellos.
A través de la radio militar llegó una nueva transmisión.
Madrid había caído.
Barcelona pedía ayuda.
La infección se extendía hacia el resto de Europa.
Dani miró a su hermana.
“¿Qué haremos ahora?”
Lucía observó a los niños heridos que llenaban la cubierta.
Luego apretó la mano de Inés.
“Lo mismo que hicimos hoy.”
“¿Correr?”
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Lucía negó con la cabeza.
“No dejar a nadie atrás.”
