PARTE 1 : LA SANGRE QUE NO EXISTÍA

A las dos y diecisiete de la madrugada, el ascensor descendió hasta el nivel treinta y cuatro del complejo militar Raven Rock.
Ningún mapa oficial mostraba aquella planta.
Los botones del ascensor terminaban en el nivel doce, pero Elias Voss había introducido una vieja tarjeta metálica en una ranura oculta y había marcado una combinación que solo tres personas conocían.
Dos de ellas llevaban muertas casi treinta años.
Elias permanecía inmóvil bajo la luz verde del techo. Tenía setenta años, el cabello plateado pegado a la frente por el sudor y un viejo abrigo verde oliva que parecía fuera de lugar en una instalación tan moderna.
Entre sus manos sostenía una caja médica refrigerada.
No la soltaba ni siquiera para secarse el sudor.
Dentro de la caja, varias bolsas de sangre se balanceaban suavemente con cada vibración del ascensor.
Elias miró el indicador digital.
Nivel veintisiete.
Nivel veintiocho.
Nivel veintinueve.
Su respiración se volvió más pesada.
Cuando las puertas se abrieron, un corredor de metal apareció frente a él. Las lámparas fluorescentes teñían las paredes de un verde enfermizo. A ambos lados había cámaras de seguridad, escáneres y puertas automáticas protegidas por códigos biométricos.
Elias dio tres pasos.
La alarma comenzó a sonar.
Dos guardias levantaron sus rifles y bloquearon el pasillo.
El coronel Adrian Kross salió de una sala de control. Tenía cuarenta y seis años, una mandíbula rígida y un uniforme cubierto de condecoraciones. Caminó hacia Elias con una calma amenazante.
Adrian tomó la tarjeta que todavía colgaba de la mano del anciano y la introdujo en un lector.
La pantalla parpadeó.
Código inexistente.
Adrian miró a Elias.
Su voz fue baja.
Demasiado baja.
Eso la hizo más peligrosa.
Dijo que aquel código no existía.
Elias no respondió.
Adrian arrebató la caja médica y la colocó sobre una mesa de acero.
Los guardias apuntaron al pecho del anciano.
Adrian abrió los cierres.
El aire frío escapó de la caja como una nube.
Dentro había seis bolsas de sangre oscura. En cada una aparecía un símbolo negro. Un círculo atravesado por tres líneas verticales.
Adrian sacó una de las bolsas.
El líquido parecía más denso que la sangre normal.
Por un instante, bajo la luz verde, brilló como mercurio.
Adrian acercó la bolsa al rostro de Elias y le preguntó a quién pertenecía.
Elias levantó la mirada.
Dijo que aquella muestra había sido borrada.
Adrian apretó la mandíbula.
Antes de que pudiera responder, una voz femenina sonó detrás de él.
La comandante Lena Ward avanzó por el corredor.
Tenía cuarenta y dos años, el cabello perfectamente recogido y un uniforme de alto rango sin una sola arruga. Nadie en Raven Rock cuestionaba sus órdenes. Había cerrado laboratorios completos por errores menores y había enviado hombres a prisión por esconder información.
Lena arrebató la bolsa de las manos de Adrian.
Preguntó qué significaba el símbolo.
Elias la miró directamente.
Por primera vez desde que había salido del ascensor, pareció tranquilo.
Dijo que la sangre pertenecía al único superviviente del Proyecto Atlas.
El color desapareció del rostro de Lena.
Adrian soltó una breve carcajada.
Conocía aquel nombre.
Todos los oficiales superiores lo conocían.
El Proyecto Atlas había sido un programa experimental iniciado en 1987. Su objetivo era crear soldados capaces de sobrevivir a heridas mortales, enfermedades y exposición química.
El gobierno había declarado que todos los sujetos habían muerto en un incendio ocurrido en 1998.
Los archivos fueron destruidos.
Las instalaciones fueron selladas.
Los responsables desaparecieron.
Lena ordenó cerrar todo el hospital subterráneo.
Las puertas de seguridad se bloquearon al mismo tiempo.
Los monitores cambiaron a color rojo.
Nadie podía entrar.
Nadie podía salir.
Lena llevó la bolsa hasta un escáner médico. La colocó bajo una luz azul y presionó el lector biométrico.
La pantalla mostró un archivo antiguo.
Atlas.
Sujeto número uno.
Estado biológico activo.
Un segundo después apareció una frecuencia cardíaca.
Sesenta y dos pulsaciones por minuto.
Lena retrocedió.
Dijo que todos habían muerto en 1998.
Elias observó las puertas dobles de cristal al final del corredor.
Dijo que uno nunca murió.
Las puertas se abrieron automáticamente.
Detrás del cristal había una sala de operaciones iluminada por lámparas blancas.
En el centro se encontraba una camilla.
Un cuerpo permanecía cubierto por una sábana azul.
Lena caminó lentamente hacia el cristal.
La mano de la persona que estaba sobre la camilla cayó fuera de la sábana.
En uno de sus dedos brillaba un enorme anillo de diamantes.
Lena dejó de respirar.
Conocía aquel anillo.
Ella misma lo había comprado quince años atrás para su esposo, el doctor Daniel Ward, antes de que él desapareciera durante una misión secreta.
Daniel había sido declarado muerto.
Nunca encontraron su cuerpo.
Lena acercó la mano al cristal.
Elias se colocó detrás de ella.
Dijo que su esposo había sido el primer sujeto.
Lena giró violentamente.
Preguntó quién estaba en la camilla.
Elias no respondió.
En ese momento, el cuerpo se movió.
La sábana descendió unos centímetros.
Una parte del rostro quedó al descubierto.
Lena miró a la paciente.
Sus pupilas se dilataron.
No era Daniel.
Era una mujer.
Una mujer con el rostro de Evelyn Kross, la esposa fallecida del coronel Adrian.
Lena abrió los labios.
Dijo que aquella mujer no era Evelyn.
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A sus espaldas, Adrian dejó caer el arma.
Su esposa llevaba muerta dieciocho años.
