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PARTE 3 — EL SECRETO DEL GUACAMAYO

Lucía gritó.

¡Papá!

El disparo sonó.

Adrián se movió de lado.

La flecha pasó junto a su hombro y golpeó una columna.

Los guardias desenvainaron sus espadas.

El salón estalló en caos.

El soldado de la ballesta intentó cargar de nuevo.

Pero Aurelio se lanzó contra su rostro.

El hombre levantó los brazos.

Adrián lo golpeó con la empuñadura de la espada.

Cayó.

Los demás soldados retrocedieron.

Elara apretó las manos contra el trono.

¡Basta!

Su voz atravesó el salón.

Todos se detuvieron.

Adrián miró al hombre en el suelo.

¿Quién te envió?

El soldado escupió sangre.

No respondió.

Octavio aprovechó la confusión.

Corrió hacia la puerta lateral.

Lucía lo vio.

¡Se escapa!

Dos guardias fueron tras él.

Adrián miró a Elara.

Durante un momento, ninguno habló.

Siete años separados.

Siete años creyendo que el otro podía estar muerto.

Adrián caminó hacia el trono.

Se detuvo frente a Elara.

No se atrevió a tocarla.

Ella fue quien extendió la mano.

Adrián la tomó.

Elara.

Estoy aquí.

El rey se arrodilló.

Apoyó la frente sobre los dedos de su esposa.

Pensé que nunca volvería a verte.

Elara comenzó a llorar.

Yo te escuchaba.

Adrián levantó la cabeza.

¿Qué?

Cuando estaba atrapada.

Durante meses.

Te escuchaba buscarme.

La expresión del rey se quebró.

Intenté despertarte.

Lo sé.

No pude.

Lo sé.

Lucía se acercó.

Adrián abrió un brazo.

Ella se arrodilló junto a él.

Durante unos segundos, los tres permanecieron juntos.

Entonces Aurelio soltó un chillido.

Adrián levantó la mirada.

El guacamayo había regresado al trono.

Estaba picoteando el anillo que Lucía todavía sostenía.

Lucía abrió la mano.

Aurelio tocó tres veces la piedra oscura.

Toc.

Toc.

Toc.

Adrián palideció.

¿Qué ocurre? preguntó Elara.

El rey tomó el anillo.

Presionó una pequeña parte del sello.

Un compartimento diminuto se abrió.

Lucía abrió mucho los ojos.

Dentro había un pedazo de papel enrollado.

Elara miró a Adrián.

¿Lo pusiste tú?

No.

Desenrollaron el papel.

Había una sola frase.

NO CONFÍES EN SERAPHINE.

Lucía frunció el ceño.

¿Quién es Seraphine?

Elara respondió:

La mujer que me convirtió en piedra.

Adrián se levantó.

Está viva.

Elara lo miró.

¿Cómo lo sabes?

Porque ella me ayudó a escapar.

Silencio.

Lucía miró de uno a otro.

No entiendo.

Adrián explicó.

Había pasado seis años encerrado bajo el monasterio.

Octavio intentaba obligarlo a abrir la cámara del linaje.

Adrián se negó.

Entonces, seis meses antes, apareció Seraphine.

Le dijo que se arrepentía.

Que Octavio la había obligado a convertir a Elara en piedra.

Le dio comida.

Le permitió enviar mensajes mediante Aurelio.

Finalmente lo ayudó a escapar.

Elara miró el papel.

Entonces ¿por qué alguien escribió que no confiáramos en ella?

Aurelio volvió a chillar.

Voló hacia la puerta.

Adrián frunció el ceño.

Quiere que lo sigamos.

Elara intentó ponerse de pie.

Sus piernas fallaron.

Adrián la sostuvo.

No.

Voy contigo.

No puedes caminar todavía.

Entonces llévame.

Horas después, llegaron al monasterio de San Gabriel.

El lugar parecía abandonado.

Piedras húmedas.

Pasillos oscuros.

Antiguas antorchas.

Aurelio volaba delante.

Los condujo hasta una escalera descendente.

Abajo había una enorme puerta de metal.

Estaba abierta.

Octavio ya había llegado.

En el suelo encontraron a dos guardias inconscientes.

Adrián levantó su espada.

Quédate detrás de mí.

Entraron.

La cámara era inmensa.

No contenía oro.

Contenía documentos.

Cientos de cajas.

Sellos.

Mapas.

Árboles genealógicos.

En el centro había un pedestal.

Sobre él descansaba una corona negra.

Lucía sintió un escalofrío.

Elara observó la corona.

Nunca la había visto.

Adrián sí.

La corona del primer rey.

Entonces escucharon una voz.

Llegaron tarde.

Octavio apareció detrás de una columna.

Tenía una espada.

Y a su lado había una mujer.

Cabello blanco.

Vestido negro.

Seraphine.

Elara se quedó inmóvil.

Tú.

Seraphine bajó la mirada.

Majestad.

Adrián levantó la espada.

Fuiste tú quien la convirtió en piedra.

Sí.

Y tú me liberaste.

También.

Octavio sonrió.

Qué reunión tan emocionante.

Lucía miró a Seraphine.

¿Por qué?

La mujer cerró los ojos.

Porque él tenía a mi hijo.

Señaló a Octavio.

Me amenazó durante años.

Me obligó a preparar la sustancia.

Pero cambié la fórmula.

Debía matarla.

La convertí en piedra para mantenerla viva.

Elara apretó la mandíbula.

¿Siete años?

Seraphine empezó a llorar.

No sabía cómo revertirlo.

Hasta que encontré el manuscrito.

Lucía miró a Aurelio.

¿Y él?

Seraphine sonrió débilmente.

Aurelio era la clave.

Adrián frunció el ceño.

¿La clave?

La sustancia reaccionaba a ciertos minerales presentes en las piedras de la corona.

Aurelio había sido entrenado para golpear la gema correcta.

No había magia.

Había química.

Minerales.

Y tiempo.

Elara respiró hondo.

Entonces tú lo enviaste.

Sí.

¿Por qué ahora?

Seraphine miró a Octavio.

Porque descubrí que ya no necesitaba a Adrián.

Tenía la sangre de Lucía.

Octavio dio un paso hacia la corona negra.

Elara levantó una mano.

No la toques.

Él sonrió.

Demasiado tarde.

Puso la palma sobre la corona.

Nada ocurrió.

Octavio frunció el ceño.

La levantó.

No pasó nada.

Seraphine soltó una pequeña risa.

¿Qué has hecho?

Nada.

Entonces ¿por qué no funciona?

Porque nunca necesitaste la sangre del rey.

Octavio la miró.

¿Qué?

Seraphine señaló a Lucía.

La cámara no responde al linaje masculino.

Responde a la descendencia de la primera reina.

Todos miraron a Lucía.

La niña retrocedió.

Elara palideció.

No.

Adrián miró a su esposa.

¿Qué no me has contado?

Elara cerró los ojos.

Lucía...

La niña sintió miedo.

Mamá.

La reina respiró.

Mi familia desciende de Isadora.

¿Quién es Isadora?

Seraphine señaló un retrato enorme al fondo.

Una mujer con cabello oscuro y ojos azul verdosos.

Se parecía a Lucía.

Fue la primera reina legítima de Asteria.

Octavio negó con la cabeza.

Mentira.

Seraphine continuó.

La dinastía actual tomó el poder siglos después.

Pero dejó una cláusula.

Si una descendiente directa de Isadora regresaba, podía reclamar la corona.

Lucía miró a su madre.

Entonces...

Elara comenzó a llorar.

Tú tienes derecho al trono por dos linajes.

Octavio levantó la espada.

No por mucho tiempo.

Se lanzó hacia Lucía.

Adrián se interpuso.

Las espadas chocaron.

Lucía gritó.

Elara intentó levantarse de la silla que los guardias habían llevado para ella.

Seraphine agarró a Lucía del brazo.

¡Ven!

Corrieron hacia el pedestal.

Octavio golpeó a Adrián.

El rey cayó de rodillas.

Lucía miró la corona negra.

No.

Seraphine gritó:

¡Tócala!

La niña dudó.

Elara gritó desde atrás:

¡Lucía!

La princesa extendió la mano.

Sus dedos tocaron la corona.

Se escuchó un clic.

Nada mágico.

Nada brillante.

Una sección del pedestal se abrió.

Dentro había un documento.

Un sello.

Y una pequeña caja.

Lucía tomó la caja.

Octavio dejó de luchar.

No.

Adrián se puso de pie.

Lucía abrió la caja.

Dentro había un medallón.

El mismo león coronado del anillo de su padre.

Pero debajo había otro símbolo.

Un guacamayo.

Lucía miró a Aurelio.

El pájaro inclinó la cabeza.

Seraphine palideció.

Eso no estaba en los registros.

Elara tomó el medallón.

En la parte posterior había una inscripción.

AURELIO GUARDA LA VERDAD.

Adrián miró al ave.

¿Qué significa?

Entonces el guacamayo voló hacia una pared lateral.

Picoteó una piedra.

Una sección del muro se abrió.

Detrás había un corredor.

Oscuro.

Aurelio entró.

Lucía lo siguió con la mirada.

Desde el pasillo llegó un sonido.

Una tos.

Después otra.

Adrián levantó la espada.

Elara palideció.

Hay alguien ahí.

Caminaron lentamente.

Al final del corredor encontraron una pequeña celda.

Dentro había un hombre anciano.

Muy delgado.

Cabello blanco.

Cadenas en las muñecas.

Lucía nunca lo había visto.

Pero Adrián sí.

Su rostro perdió el color.

Padre.

Lucía giró hacia él.

¿Qué?

El anciano levantó la cabeza.

Era el antiguo rey Esteban.

El abuelo de Lucía.

El hombre cuya muerte había sido anunciada quince años antes.

Esteban sonrió débilmente.

Adrián.

El rey se quedó inmóvil.

Elara cubrió su boca.

Octavio, desde detrás, susurró:

No puede ser.

Esteban levantó la mirada.

Después vio a Lucía.

Sus ojos se llenaron de lágrimas.

Así que tú eres la niña.

Lucía se acercó.

¿Quién lo encerró aquí?

El anciano miró a Octavio.

Pero negó con la cabeza.

No fue él.

Todos guardaron silencio.

Entonces Esteban dijo:

Octavio nunca fue el verdadero traidor.

Elara sintió un escalofrío.

Adrián apretó la espada.

¿Entonces quién?

Esteban miró a Seraphine.

Ella retrocedió.

No.

El anciano continuó.

La persona que empezó todo esto...

Miró directamente hacia Elara.

...está sentada en el trono desde mucho antes de que tú nacieras.

Lucía no entendió.

Adrián tampoco.

Pero Elara sí.

Su rostro se volvió blanco.

Esteban susurró un nombre.

Un nombre que nadie había pronunciado en años.

Y en ese instante, Aurelio soltó un grito tan fuerte que todos miraron hacia la entrada.

Una figura estaba de pie en la oscuridad.

Llevaba una corona.

Una corona idéntica a la de Elara.

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Y dijo:

Por fin reunieron a toda la familia.

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