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PARTE 1 — EL ANILLO QUE NO DEBERÍA EXISTIR

Durante siete años, nadie había escuchado la voz de la reina Elara.

Su cuerpo permanecía sentado sobre el mismo trono de oro en el gran salón de Asteria, cubierto por una capa de piedra gris agrietada que parecía haberse formado alrededor de ella en el mismo instante en que el tiempo decidió detenerse.

La corona seguía sobre su cabeza.

El manto rojo continuaba cayendo sobre el respaldo.

Sus manos descansaban inmóviles sobre los reposabrazos.

Pero Elara ya no respiraba.

Al menos, eso creía todo el reino.

Todos excepto su hija.

La princesa Lucía tenía once años y visitaba a su madre cada mañana antes del amanecer.

Los consejeros le habían pedido cientos de veces que dejara de hacerlo.

Los sacerdotes le habían dicho que debía aceptar el destino.

Las damas de la corte habían intentado explicarle que aquello ya no era una madre.

Era una estatua.

Un monumento.

Un recuerdo.

Lucía siempre respondía lo mismo.

Mi madre sigue ahí.

Aquella mañana, el gran salón estaba vacío.

La luz del amanecer atravesaba las altas vidrieras y caía en diagonal sobre las columnas de piedra.

El polvo flotaba lentamente en el aire.

Lucía caminó hasta el trono con su pequeño vestido dorado rozando el suelo de mármol.

Llevaba los ojos hinchados de tanto llorar.

Era el aniversario de la desaparición de su padre.

Siete años antes, exactamente tres meses después de que Elara se convirtiera en piedra, el rey Adrián había desaparecido durante una expedición al norte.

El Consejo anunció que probablemente había muerto.

Nunca encontraron su cuerpo.

Desde entonces, Lucía había perdido prácticamente todo.

A su madre.

A su padre.

Y, poco a poco, el control de su propio reino.

El hermano menor de Adrián, el duque Octavio, gobernaba como regente.

Decía que lo hacía hasta que Lucía tuviera edad suficiente.

Pero cada año ampliaba sus propios poderes.

Cada año sustituía a más hombres leales a Adrián.

Cada año eliminaba un poco más la memoria del antiguo rey.

Lucía se arrodilló junto al trono.

Apoyó una mano sobre la mejilla fría de la estatua.

Por favor, vuelve.

Su voz apenas fue un susurro.

Nada ocurrió.

Lucía cerró los ojos.

Entonces escuchó un batir de alas.

Abrió los ojos de golpe.

Una figura roja atravesó el salón.

Era un guacamayo escarlata.

Rojo intenso.

Azul en las alas.

Amarillo en el pecho.

Voló directamente hacia el trono y aterrizó sobre la corona de la reina.

Lucía dejó de respirar.

Conocía a aquel pájaro.

Aurelio.

Había pertenecido a su padre.

Cuando era pequeña, el rey Adrián dejaba que Aurelio se posara sobre su hombro mientras leía informes de guerra.

Pero el guacamayo había desaparecido la misma noche en que el rey salió de palacio por última vez.

Lucía se puso de pie.

Aurelio.

El pájaro inclinó la cabeza.

Después golpeó suavemente con el pico una de las piedras púrpura de la corona.

Crac.

Una pequeña línea apareció sobre la mejilla de piedra de Elara.

Lucía retrocedió.

Crac.

Otra grieta cruzó la frente.

Crac.

La capa gris comenzó a romperse.

Pequeños fragmentos de piedra cayeron sobre el vestido inmóvil de la reina.

Lucía se acercó temblando.

Mamá.

La piedra se desprendió de los labios de Elara.

Luego de sus párpados.

Luego de sus manos.

Debajo apareció piel.

Piel humana.

Cálida.

Lucía soltó un grito.

La reina inhaló.

Fue una respiración débil.

Dolorosa.

Pero real.

Aurelio extendió las alas.

Elara abrió los ojos.

Durante unos segundos no pareció entender dónde estaba.

Después vio a Lucía.

Su rostro cambió.

Mi querida niña...

Lucía se lanzó hacia ella.

Pero Elara todavía no tenía fuerza para levantarse.

Solo pudo inclinarse hacia delante y extender las manos.

Lucía las tomó.

Madre e hija comenzaron a llorar.

No había música.

No había soldados.

No había milagros visibles.

Solo dos personas mirándose como si intentaran recuperar siete años en unos segundos.

Lucía apretó las manos de su madre.

Pensé que habías muerto.

Elara tragó saliva.

Yo también.

Aurelio descendió hasta el reposabrazos del trono.

Por un instante, todo parecía haber terminado.

La reina estaba viva.

Lucía tenía otra vez a su madre.

Pero entonces el guacamayo inclinó la cabeza.

Lucía vio algo brillante entre su pico.

Un anillo.

Aurelio abrió el pico.

El anillo cayó directamente sobre la palma de Lucía.

Clinc.

Elara miró el objeto.

Y toda la emoción desapareció de su rostro.

Lucía observó el sello grabado en la piedra oscura.

Era un león coronado.

El símbolo personal del rey Adrián.

Mamá...

Elara tomó aire.

Ese es el anillo de tu padre.

Lucía sintió un escalofrío.

Pero papá está muerto.

Elara levantó lentamente la mirada hacia Aurelio.

El pájaro estaba observando la puerta oscura al fondo del salón.

No.

La reina cerró los dedos alrededor de la mano de su hija.

Está vivo.

Lucía se quedó inmóvil.

En ese momento, las enormes puertas del salón se abrieron.

El regente Octavio entró acompañado por seis guardias.

Se detuvo.

Vio a Elara viva.

Vio el anillo en la mano de Lucía.

Y su rostro perdió todo el color.

No...

Elara lo miró.

Por primera vez en siete años, Octavio parecía tener miedo.

Lucía se puso de pie.

Tío.

Octavio retrocedió un paso.

¿Dónde está mi padre?

El regente no respondió.

Aurelio soltó un fuerte chillido.

Elara apretó la mandíbula.

Octavio.

La voz de la reina sonó baja y firme.

Si Adrián está vivo...

Octavio levantó una mano hacia los guardias.

Arresten a todos.

Nadie se movió.

El silencio se hizo insoportable.

Entonces uno de los guardias dijo:

¿A quién debemos arrestar, excelencia?

Octavio señaló el trono.

¡A ella!

Lucía abrió mucho los ojos.

Elara no se movió.

El guardia miró a la reina.

Después miró a Octavio.

Y lentamente llevó la mano a la empuñadura de su espada.

Pero no apuntó hacia Elara.

La apuntó hacia el regente.

Octavio palideció.

¿Qué estás haciendo?

El guardia respondió:

Esperando órdenes de mi reina.

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Y fue entonces cuando Lucía comprendió que la resurrección de su madre no solo había devuelto a una mujer a la vida.

Había devuelto una guerra al palacio.

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