PARTE 2 — EL REY QUE NUNCA MURIÓ
Elara no podía caminar.
Después de siete años inmóvil, sus piernas apenas respondían.
Pero no necesitaba ponerse de pie para recuperar autoridad.
Solo necesitaba mirar.
Y cuando miró a Octavio desde el trono, todos entendieron quién mandaba realmente.
Fuera del salón, el rumor comenzó a extenderse.
La reina está viva.
Los sirvientes dejaron caer bandejas.
Los soldados abandonaron sus puestos para mirar.
Las campanas del palacio comenzaron a sonar sin que nadie diera la orden.
Octavio permanecía rodeado por los mismos guardias que, minutos antes, creía controlar.
Elara señaló el anillo.
¿Dónde encontraste a Adrián?
Octavio apretó la mandíbula.
No sé de qué hablas.
Lucía levantó la palma.
Aurelio trajo esto.
Octavio miró al guacamayo con odio.
Un animal no prueba nada.
Elara sonrió sin alegría.
Aurelio solo llevaba ese anillo cuando estaba con Adrián.
Nunca conmigo.
Nunca con Lucía.
Solo con él.
Octavio guardó silencio.
Lucía dio un paso hacia su tío.
Dime dónde está.
El regente la miró con frialdad.
Elara observó esa mirada.
Algo dentro de ella cambió.
Lucía.
La niña se volvió.
Ven aquí.
Lucía regresó junto al trono.
Elara sostuvo su mano.
Después habló.
Hace siete años, tu padre descubrió que alguien dentro del Consejo estaba vendiendo información militar a los reinos del este.
Octavio frunció el ceño.
No tienes pruebas.
Elara lo ignoró.
Adrián comenzó a investigar.
Tres semanas después, yo encontré documentos ocultos en su despacho.
Lucía miró a su tío.
Octavio soltó una carcajada nerviosa.
¿Ahora vas a inventar historias?
No.
Elara mantuvo los ojos sobre él.
Voy a terminar la historia que tú intentaste borrar.
La reina explicó que Octavio había acumulado deudas enormes financiando ejércitos privados.
Para pagarlas, empezó a vender rutas comerciales.
Después vendió nombres de oficiales.
Después fortalezas.
Adrián descubrió parte de la red.
Elara encontró el resto.
Esa noche, antes de poder entregar los documentos al rey, una mujer llamada Seraphine entró en sus habitaciones con una copa.
La bebida contenía una sustancia extraña.
Elara no murió.
Su cuerpo comenzó a endurecerse.
Su piel se convirtió lentamente en piedra.
Pero durante los primeros días siguió consciente.
Escuchó voces.
Escuchó pasos.
Escuchó a Adrián gritar.
Y escuchó a Octavio decir algo que nunca había olvidado.
No lo mates todavía.
Lo necesitamos vivo.
Lucía sintió que el estómago se cerraba.
¿Para qué?
Elara miró el anillo.
No lo sé.
Octavio retrocedió.
Elara.
La reina lo miró.
Has tenido siete años para pensar en una mentira mejor.
Aurelio comenzó a agitarse.
Voló desde el trono hasta una de las columnas.
Se posó sobre una talla de piedra.
Picoteó tres veces.
Toc.
Toc.
Toc.
Lucía lo siguió.
¿Qué haces?
El pájaro picoteó de nuevo.
Detrás de la columna había una pequeña cavidad.
Uno de los guardias retiró una piedra suelta.
Dentro encontraron un cilindro metálico.
Estaba sellado con cera real.
Elara lo reconoció.
Adrián.
Lucía abrió el cilindro.
Dentro había una carta.
La tinta estaba descolorida.
La niña comenzó a leer.
Elara, si algún día despiertas, debes saber que no morí.
Lucía levantó los ojos.
Octavio intentó avanzar.
Dos guardias lo detuvieron.
Lucía continuó.
Me tienen encerrado bajo el antiguo monasterio de San Gabriel, cerca de la frontera norte.
Elara cerró los ojos.
San Gabriel.
Octavio dejó escapar un suspiro.
Demasiado tarde.
Todos lo miraron.
¿Qué quieres decir?
Octavio sonrió.
Si la carta está aquí, entonces tiene siete años.
Lucía sintió un golpe de miedo.
¿Mi padre sigue allí?
Octavio no respondió.
Elara apretó los dedos sobre el reposabrazos.
Lucía terminó de leer.
No vengas sin soldados. Hay hombres dentro del monasterio que responden a Octavio. Si Aurelio regresa, síguelo. Él conoce el camino.
La última línea era distinta.
Escrita con una tinta más reciente.
Lucía acercó la carta a la luz.
Esta parte no tiene siete años.
Elara frunció el ceño.
Lucía leyó.
Sigo vivo.
La habitación quedó en silencio.
Aurelio agitó las alas.
Elara miró a Octavio.
¿Cuándo escribieron esto?
Octavio no dijo nada.
Uno de los consejeros revisó la tinta.
Es reciente.
Quizás semanas.
Lucía sintió que las piernas le temblaban.
Mi padre está vivo ahora.
Elara respiró hondo.
Sí.
Octavio soltó una risa.
Supongamos que es verdad.
La reina lo miró.
¿Qué quieres?
Él sonrió.
La misma cosa que siempre quise.
La corona.
Lucía apretó el anillo.
No es tuya.
Octavio la miró.
Todavía no.
Elara frunció el ceño.
Entonces entendió algo.
¿Por qué mantuviste a Adrián vivo?
Octavio no respondió.
Elara continuó.
No necesitabas su muerte.
Necesitabas algo de él.
El regente miró hacia otro lado.
La reina levantó la voz.
¿Qué necesitabas?
Octavio sonrió lentamente.
Su sangre.
Lucía retrocedió.
Elara se quedó inmóvil.
Bajo San Gabriel había una cámara sellada.
Una bóveda construida por el primer rey.
Solo podía abrirse con la sangre de un descendiente directo.
Dentro estaba el sello original de la dinastía.
Sin ese sello, ningún regente podía coronarse legítimamente.
Octavio necesitaba a Adrián vivo.
Pero algo había cambiado.
Lucía comprendió.
Ya no necesitas su sangre.
Octavio la miró.
Muy bien.
Porque tienes la mía.
El regente sonrió.
Hace dos meses estuviste enferma.
Lucía recordó al médico.
La aguja.
El pequeño vial de sangre.
Elara palideció.
No.
Octavio inclinó la cabeza.
Gracias por abrirme la puerta.
Un estruendo resonó debajo del palacio.
Las vidrieras temblaron.
Aurelio chilló.
Uno de los guardias corrió hacia una ventana.
¡Soldados en el patio!
Elara miró a Octavio.
Él sonrió.
No son míos.
Todos se quedaron en silencio.
Entonces ¿de quién son?
Octavio miró hacia la puerta.
No tengo idea.
Las puertas comenzaron a abrirse.
Un hombre apareció.
Alto.
Delgado.
Con barba gris.
Una cicatriz cruzaba su rostro.
Lucía dejó de respirar.
El hombre llevaba una capa oscura y sostenía una espada vieja.
Aurelio salió volando hacia él.
El guacamayo aterrizó sobre su hombro.
El hombre levantó los ojos.
Miró a Lucía.
Después a Elara.
Y su rostro se quebró.
Lucía.
La princesa susurró:
Papá.
El rey Adrián había vuelto.
Pero antes de que pudiera dar un solo paso hacia su hija, uno de los soldados que lo acompañaban levantó una ballesta.
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No apuntó a Octavio.
Apuntó directamente a Adrián.