PARTE 3 LA PERSONA QUE ESTABA BORRANDO LAS PRUEBAS

La orden de Daniel apenas había terminado de escucharse por el altavoz cuando Marcus recibió otra alerta.
Alguien seguía conectado al servidor desde la mansión.
No era un intento automático. Había una persona eliminando carpetas una por una.
Emily se inclinó hacia la pantalla.
El archivo de auditoría principal todavía existía, pero tres documentos vinculados a Horizonte Capital habían desaparecido durante los últimos noventa segundos.
Daniel reconoció inmediatamente aquel nombre.
Horizonte Capital había sido una pequeña empresa de inversión utilizada por Álvaro años atrás.
Daniel levantó la mirada.
Álvaro ya no estaba en la sala.
Nadie lo había visto salir.
Daniel llamó al jefe de seguridad.
Cierra las puertas de la propiedad. Nadie sale con computadoras, teléfonos corporativos ni documentos.
Emily lo observó en silencio.
No había gratitud en sus ojos. Tampoco perdón.
Solo una distancia que Daniel empezaba a comprender que quizá nunca podría reparar.
Marcus abrió una copia de respaldo del sistema.
Hay algo más.
En la pantalla apareció un registro de acceso.
El terminal que estaba eliminando los archivos pertenecía al despacho privado de Patricia.
Daniel sintió un escalofrío.
Mi madre no sabe usar ese sistema.
Entonces alguien está utilizando su despacho, respondió Emily.
En la mansión, dos miembros de seguridad avanzaron por el pasillo. Patricia caminaba detrás de ellos, exigiendo saber qué estaba ocurriendo.
Cuando abrieron la puerta del despacho, encontraron la computadora encendida.
La silla todavía se movía ligeramente.
Pero la habitación estaba vacía.
Una puerta lateral que comunicaba con el corredor de servicio permanecía entreabierta.
Patricia se quedó pálida.
Álvaro.
Daniel la miró.
¿Cómo sabes que fue él?
Patricia tardó demasiado en responder.
Porque conoce ese corredor.
Daniel se acercó lentamente.
¿Y tú cómo sabes que él lo conoce?
Patricia bajó los ojos.
Por primera vez aquella noche, no tenía una respuesta preparada.
Minutos después encontraron a Álvaro cerca del garaje, llevando un maletín negro.
No intentó correr.
Simplemente se detuvo cuando vio al personal de seguridad bloqueando la salida.
Daniel llegó acompañado por Marcus y Emily.
Álvaro miró directamente a su sobrina política.
Así que finalmente decidiste destruir a esta familia.
Emily no levantó la voz.
No. Estoy intentando descubrir quién la estuvo robando.
Marcus abrió el maletín delante de todos.
Había copias de contratos, dos teléfonos, una computadora portátil y varias carpetas financieras.
Pero Emily vio algo diferente.
Un sobre.
Reconoció inmediatamente la letra escrita en el frente.
Era la letra de su padre.
Sus manos temblaron por primera vez.
¿Dónde conseguiste eso?
Álvaro guardó silencio.
Emily tomó el sobre.
En el frente estaba escrito su nombre.
Emily.
La carta había sido fechada tres semanas antes de la muerte de su padre.
Marcus quiso detenerla.
Emily, quizá deberíamos documentarlo primero.
Pero ella ya había visto algo que hizo desaparecer toda duda.
El sello de la Fundación Varela.
Emily abrió cuidadosamente el sobre.
La carta contenía apenas una página.
Su padre explicaba que había descubierto movimientos sospechosos dentro del grupo Salvatierra y que alguien cercano a Daniel estaba utilizando empresas intermediarias para retirar dinero de proyectos respaldados por la fundación.
Pero la última frase era todavía peor.
Si estás leyendo esto, significa que no conseguí detenerlo. No confíes únicamente en los registros digitales. La prueba real está donde comenzó todo.
Daniel frunció el ceño.
¿Dónde comenzó todo?
Emily levantó lentamente los ojos.
En la antigua fábrica.
Patricia dio un paso involuntario hacia atrás.
Emily lo vio.
Marcus también.
Daniel se volvió hacia su madre.
¿Qué hay en esa fábrica?
Nada, respondió Patricia demasiado rápido.
Emily dobló cuidadosamente la carta.
Entonces no tendrás ningún problema con que vayamos allí.
Patricia perdió el color del rostro.
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La antigua fábrica llevaba cerrada casi siete años.
Y de repente todos comprendieron que los doce millones desaparecidos quizá eran solo una parte de algo mucho más grande.