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Parte 2: Los hombres de Patrick

La camioneta se detuvo junto a la entrada.

Cuatro hombres descendieron.

Todos vestían ropa oscura.

Uno llevaba una barra metálica.

Otro ocultaba algo debajo de su chaqueta.

Los motociclistas giraron al mismo tiempo.

Ryder no retrocedió.

“¿Son amigos tuyos?”, preguntó.

Patrick bajó por completo la ventanilla.

“Son empleados.”

Uno de los recién llegados gritó:

“Aléjense del vehículo.”

Ryder observó al hombre.

“No.”

“Esto es un asunto familiar.”

Ryder señaló a Emma.

“Una mujer embarazada tirada al suelo deja de ser un asunto familiar.”

El hombre de la barra metálica avanzó.

“Última advertencia.”

Ryder respiró lentamente.

Detrás de él, los motociclistas se colocaron hombro con hombro.

No levantaron armas.

No gritaron.

Simplemente cerraron el paso.

Dentro del vehículo, Emma oyó a Patrick desbloquear su teléfono.

“¿Qué haces?”, preguntó.

“Arreglando esto.”

Patrick llamó a alguien.

“No pudieron sacarnos”, dijo. “Activa el plan alternativo.”

Emma sintió frío.

“¿Qué plan?”

Patrick colgó.

“Uno donde tú firmas antes del amanecer.”

Un motociclista llamado Luis se acercó a la puerta trasera.

“Señora, ¿puede abrir desde dentro?”

Emma tiró de la manija.

Nada.

“El seguro infantil”, respondió.

Ryder miró a Patrick.

“Tienes diez segundos.”

Patrick encendió las luces del vehículo.

“No sabes con quién estás tratando.”

Ryder respondió sin apartar los ojos.

“Sé exactamente con quién estoy tratando. Con un cobarde que necesita una puerta cerrada para sentirse poderoso.”

La frase hizo que algunos de los hombres de Patrick se movieran con nerviosismo.

El que sostenía la barra levantó el brazo.

Todo ocurrió muy rápido.

Intentó golpear a Ryder.

Ryder se apartó y le sujetó la muñeca.

La barra cayó al suelo.

Dos motociclistas inmovilizaron al hombre antes de que pudiera levantarse.

Los otros empleados retrocedieron.

Uno sacó el teléfono y comenzó a grabar.

“Están atacándonos”, gritó.

Ryder miró hacia la cámara.

“Graba también a la mujer encerrada.”

A lo lejos se escuchó una sirena.

Patrick palideció.

“¿Llamaron a la policía?”

Luis levantó la mano.

“Hace cuatro minutos.”

Patrick golpeó el volante.

Emma sintió otro dolor.

Esta vez fue más fuerte.

Se inclinó hacia adelante y dejó escapar un gemido.

Ryder lo oyó.

“¿Está herida?”

“Estoy bien”, intentó decir Emma.

Pero su voz salió débil.

Luis miró el suelo del vehículo.

“Ryder.”

Había líquido bajo los zapatos de Emma.

Ella también lo vio.

“No sé si es agua.”

El rostro de Ryder cambió.

“Abre la puerta”, ordenó a Patrick.

Patrick se quedó inmóvil.

“Ábrela”, repitió Ryder.

“Ella no puede ir al hospital.”

“¿Por qué?”

Patrick no respondió.

Emma apoyó la frente contra el asiento delantero.

“Porque quiere que firme unos documentos.”

Ryder miró a Patrick.

“¿Qué documentos?”

Emma respiraba con dificultad.

“Mis propiedades. Mi empresa. Todo.”

Uno de los motociclistas levantó el teléfono.

“Lo grabé.”

Patrick lo miró con furia.

“Ella está confundida.”

“Estoy embarazada, no confundida.”

Las sirenas se acercaban.

Los empleados de Patrick comenzaron a alejarse.

Uno regresó a la camioneta.

Otro soltó la chaqueta donde escondía un cuchillo pequeño y levantó las manos.

Patrick vio cómo su control desaparecía.

Entonces puso el vehículo en reversa.

Ryder golpeó el capó.

“¡No lo hagas!”

Patrick pisó el acelerador.

La parte trasera del vehículo chocó contra una motocicleta.

El impacto la derribó.

Emma gritó.

Patrick cambió a marcha adelante y trató de abrirse paso entre los hombres.

Las ruedas giraron sobre el suelo mojado.

Ryder saltó a un lado.

Dos motociclistas movieron sus motos para bloquear el paso.

Patrick aceleró de nuevo.

Pero el vehículo quedó atrapado entre las máquinas y un surtidor.

El motor rugió.

No pudo avanzar.

Una patrulla entró en la gasolinera.

Después llegó una ambulancia.

Los agentes bajaron con las manos cerca de sus cinturones.

“¡Apague el motor!”

Patrick miró los espejos.

No tenía salida.

“¡Apague el motor y muestre las manos!”

Patrick respiró profundamente.

Después se volvió hacia Emma.

“Di que fue un malentendido.”

Ella lo miró.

“¿Qué?”

“Di que te caíste.”

Emma no respondió.

Patrick apretó los dientes.

“Si me arrestan, perderás todo.”

Emma sintió otra contracción.

Entonces recordó los meses de miedo.

Las llamadas vigiladas.

Las puertas cerradas.

Las fotografías rotas.

Las amenazas pronunciadas en voz baja.

Miró a Ryder al otro lado de la ventana.

Él no apartaba la vista.

No parecía pedirle valentía.

Parecía prestársela.

Emma se enderezó.

“Oficial”, gritó. “Me está secuestrando.”

Patrick se volvió con furia.

“Cállate.”

“Me obligó a entrar al vehículo. Intentó hacerme firmar documentos. Tiene mis llaves y mi teléfono.”

“¡Está mintiendo!”

Ryder golpeó el cristal.

“Aléjate de ella.”

Patrick levantó una mano.

Emma vio algo metálico.

No era un arma.

Era una jeringa.

La había escondido junto al asiento.

“¿Qué es eso?”, preguntó ella.

Patrick intentó sujetarla.

La puerta del conductor se abrió de golpe.

Un agente había roto la ventanilla y desbloqueado el vehículo.

Ryder tiró de Patrick hacia afuera.

No lo golpeó.

Lo empujó contra el suelo y mantuvo sus manos visibles hasta que la policía lo esposó.

Luis abrió la puerta trasera.

Emma apenas podía respirar.

El paramédico se arrodilló junto a ella.

“Necesitamos llevarla al hospital.”

Emma buscó la mano de Ryder.

Él dudó, sorprendido, y después la sostuvo.

“No conozco tu nombre”, dijo ella.

“Ryder.”

“Gracias.”

Ryder negó con la cabeza.

“Aún no estamos al final.”

Patrick, esposado junto a la patrulla, comenzó a reír.

Todos lo miraron.

“Ella cree que ganó”, dijo. “Pero la casa ya no está a su nombre.”

Emma sintió que el mundo se detenía.

“¿Qué hiciste?”

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Patrick sonrió.

“Firmaste hace semanas.”

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