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Parte 1: La mujer bajo la tormenta

La lluvia caía con tanta fuerza sobre la carretera que los faros apenas lograban atravesar la oscuridad.

Emma Salazar llevaba una mano sobre su vientre de ocho meses y la otra apoyada contra la ventanilla del vehículo. Cada vez que el automóvil tomaba una curva, sentía una punzada profunda en la espalda.

Patrick conducía sin mirarla.

Llevaba un traje negro empapado, el cabello peinado hacia atrás y la mandíbula rígida. Desde que había salido de la casa, no había pronunciado una sola palabra.

Eso era peor que los gritos.

Emma conocía aquel silencio.

Era el silencio que aparecía antes de que Patrick perdiera el control.

“Necesito ir al hospital”, susurró ella.

Patrick apretó el volante.

“No vas a ningún hospital.”

“El bebé apenas se ha movido desde esta tarde.”

“Deja de dramatizar.”

Emma tragó saliva.

Hacía seis meses que había intentado convencerla de firmar unos documentos. Patrick decía que eran simples formularios para proteger el futuro del niño. Pero Emma había descubierto que aquellos papeles transferían sus propiedades, sus ahorros y el control de la pequeña empresa que había heredado de su padre.

Cuando se negó a firmarlos, Patrick cambió.

Primero fueron las amenazas.

Después comenzó a controlar su teléfono.

Luego alejaron a sus amigas con mentiras.

Finalmente, aquella noche, la había obligado a subir al automóvil.

“Solo firma”, dijo Patrick sin apartar la vista de la carretera. “Después todo volverá a ser normal.”

“Nada volverá a ser normal.”

Patrick sonrió con frialdad.

“Eso depende de ti.”

El automóvil se desvió de la autopista y entró en una gasolinera aislada.

Emma observó el lugar.

Había una pequeña tienda iluminada por luces blancas. Dos surtidores cubiertos por un techo metálico. Un par de motocicletas estacionadas cerca de una máquina de café. Más allá, solamente había bosque y una carretera vacía.

Patrick estacionó junto a un surtidor.

“Bájate.”

Emma lo miró.

“No.”

Patrick giró lentamente la cabeza.

“Emma.”

Ella tomó el teléfono que escondía dentro del bolsillo de sus pantalones.

No tenía señal.

Patrick vio el movimiento.

En un instante, abrió la puerta, rodeó el vehículo y tiró de ella hacia afuera.

Emma se aferró al asiento.

“¡Suéltame!”

Patrick le agarró la muñeca.

La lluvia los golpeaba con violencia.

“Deja de hacerme quedar como un monstruo.”

“¡Lo eres!”

La expresión de Patrick cambió.

La empujó.

Emma perdió el equilibrio y cayó sobre el concreto mojado. Una de sus manos golpeó el suelo mientras la otra protegía instintivamente su vientre.

El agua salpicó su camiseta blanca.

Un dolor agudo atravesó su abdomen.

“¡No!”

Su grito resonó en toda la gasolinera.

Cerca de la tienda, dos hombres altos que sostenían vasos de café se volvieron al mismo tiempo.

Llevaban chaquetas de cuero, botas pesadas y tatuajes visibles en los brazos.

Uno de ellos dejó lentamente el vaso sobre una mesa metálica.

Patrick no los vio.

Se inclinó sobre Emma y le apretó el brazo.

“Levántate.”

“No puedo.”

“Claro que puedes.”

“Patrick, el bebé.”

“Levántate.”

La arrastró hacia el vehículo.

Emma intentó sujetarse del marco de la puerta trasera.

Sus pies resbalaban sobre el concreto.

“¡Por favor, Patrick! ¡El bebé!”

Patrick le arrancó los dedos del marco uno por uno.

“Deberías haber pensado en el bebé antes de intentar destruirme.”

A pocos metros, uno de los motociclistas sacó el teléfono.

“Ryder”, dijo. “Tenemos un problema.”

Bajo las luces del extremo opuesto de la gasolinera, un hombre corpulento levantó la mirada.

Era alto, de cabeza rapada y barba áspera. Llevaba una chaqueta de cuero negra mojada por la lluvia y un casco abierto bajo el brazo.

Sus ojos encontraron a Emma.

Después encontraron a Patrick.

Y finalmente vieron la puerta abierta del vehículo.

Ryder no hizo preguntas.

“Bloqueen la salida”, ordenó por teléfono. “No permitan que ese vehículo se vaya.”

Patrick empujó a Emma dentro del asiento trasero y cerró la puerta.

Corrió hasta el asiento del conductor, activó los seguros y encendió el motor.

Miró por el espejo retrovisor.

Emma estaba doblada sobre sí misma, abrazando su vientre.

“Si el niño nace esta noche será culpa tuya”, dijo.

Emma levantó la vista.

“Todo esto es culpa tuya.”

Patrick pisó el acelerador.

Entonces aparecieron los faros.

Primero dos.

Después cuatro.

Luego diez.

Cinco motocicletas entraron desde distintos lados, atravesando los charcos y levantando cortinas de agua.

Una bloqueó la salida principal.

Dos se colocaron frente al vehículo.

Las otras rodearon ambos costados.

Patrick frenó de golpe.

Su sonrisa desapareció.

Los motociclistas bajaron de sus máquinas y formaron una barrera bajo la lluvia.

Ryder caminó hacia la ventanilla del conductor.

Patrick bajó apenas el cristal.

“Apártense.”

Ryder observó a Emma en el asiento trasero.

Vio sus lágrimas.

Vio su vientre.

Vio la mano de Patrick temblando sobre el volante.

Levantó el puño y golpeó el cristal.

La ventanilla vibró con violencia.

Patrick retrocedió sobresaltado.

Ryder acercó el rostro al vidrio.

“¿A dónde crees que vas?”

“Esto no es asunto tuyo.”

Ryder miró a los hombres que rodeaban el vehículo.

“Ahora lo es.”

Después señaló el seguro de la puerta.

“Ábrela.”

Patrick negó con la cabeza.

Ryder dio otro golpe, esta vez más fuerte.

“Abre la puerta. Ahora.”

En el asiento trasero, Emma dejó de llorar.

Por primera vez en meses, sintió que no estaba sola.

Pero entonces un vehículo apareció al final de la carretera.

Era una camioneta oscura.

Avanzaba directamente hacia la gasolinera.

Patrick la reconoció.

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Y volvió a sonreír.

“Llegaron tarde”, susurró.

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