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PARTE 2: POR QUÉ VICTORIA QUERÍA QUE MATEO SE MARCHARA

¿Sabías que Mateo vendría?

preguntó Alejandro.

Victoria negó.

No.

Pero cuando viste la estrella…

La reconocí.

Veintiocho años antes, su padre había mandado fabricar dos pequeñas cajas de música.

Una para Victoria.

Otra para la hija que nunca reconoció públicamente.

Ambas llevaban la estrella azul.

Victoria descubrió la segunda caja después de su muerte.

También encontró cartas.

Pagos.

Fotografías.

Pruebas suficientes para entender que Clara realmente era su hermana.

¿Por qué nunca la buscaste?

Mateo hizo la pregunta.

No Alejandro.

No Elena.

El niño.

Victoria lo miró.

La busqué una vez.

Clara tenía veintiséis años.

Vivía modestamente.

Ya sabía la verdad.

Victoria le ofreció dinero.

¿A cambio de qué?

preguntó Alejandro.

De que no apareciera en nuestra vida.

Elena negó con incredulidad.

¿Compraste su silencio?

Victoria empezó a llorar.

Eso intenté.

Clara rechazó el dinero.

No quería apellido.

No quería propiedades.

Solo quería que algún día Victoria pudiera sentarse frente a ella y decir:

“Eres mi hermana.”

Victoria nunca lo hizo.

Años después, Ana conoció a Clara.

Descubrieron accidentalmente la relación cuando Ana vio una fotografía antigua.

Ana intentó convencer a Victoria.

Yo tenía miedo.

dijo Victoria.

¿De perder dinero?

preguntó Alejandro.

De que todo lo que sabía sobre mi padre se rompiera.

Aquello era más humano.

Pero no menos doloroso.

Ana murió antes de conseguir reunir a las dos mujeres.

Por eso dejó la caja.

Esperaba que el tiempo hiciera aquello que ella no pudo.

¿Y Mateo?

preguntó Nicolás.

Todos miraron al niño.

Clara había criado sola a Mateo.

No era hijo de ningún Vega.

No era hermano secreto de Nicolás.

No era heredero oculto.

Su presencia tenía un propósito mucho más simple.

Clara estaba enferma.

Una enfermedad cardíaca había empeorado durante el último año.

Sabía que quizá no podría cumplir la promesa personalmente.

Por eso había preparado a Mateo.

Le enseñó la canción.

Le explicó dónde quedaba la mansión.

Le dijo:

Busca a Nicolás. Él sabrá que no estás mintiendo.

Mateo empezó a llorar.

Mamá está en el hospital.

Victoria se puso de pie.

¿Qué?

Me dijo que tenía que entregar la caja hoy.

Alejandro miró la hora.

¿Está sola?

Mateo asintió.

Victoria tomó su bolso.

Vamos.

Alejandro la detuvo.

¿Por qué?

Victoria estaba llorando.

Porque llevo veintiocho años llegando tarde.

Esta vez no quería hacerlo otra vez.

Llegaron al hospital una hora después.

Clara estaba despierta.

Muy débil.

Cuando Victoria entró, Clara la reconoció inmediatamente.

Ninguna habló durante varios segundos.

Finalmente Victoria dijo:

Hola.

Clara sonrió.

Has tardado bastante.

Victoria se derrumbó.

Se acercó a la cama.

Lo siento.

Clara negó.

No quiero los veintiocho años.

¿Qué?

No puedes devolvérmelos.

Victoria lloró.

Entonces dime qué quieres.

Clara miró hacia Mateo.

Que él no pague por nuestros errores.

Victoria comprendió.

Mateo había crecido con poco dinero.

No por falta de dignidad.

Simplemente porque Clara había rechazado vivir de una familia que se negaba a reconocerla.

Ahora temía dejarlo solo.

No quiero tu fortuna.

dijo Clara.

Quiero saber que mi hijo tendrá personas a quienes llamar si algún día las necesita.

Victoria miró a Mateo.

Recordó cómo lo había recibido una hora antes.

“Esta fiesta no es para niños como tú.”

Aquella frase ahora le quemaba.

Se arrodilló frente a él.

Mateo.

El niño no respondió.

Lo que te dije en la fiesta estuvo mal.

Sí.

La sinceridad infantil sorprendió a todos.

Victoria casi rio entre lágrimas.

Sí. Mucho.

Mamá dice que pedir perdón no borra lo que hiciste.

Victoria miró a Clara.

Tu madre es bastante lista.

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Mateo respondió:

Muchísimo.

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