PARTE 1: LA CAJA DE LA ESTRELLA AZUL

Nicolás retiró el papel lentamente.
Dentro había una pequeña caja de música de madera.
Vieja.
Con varias marcas.
En la tapa aparecía pintada la misma estrella azul.
Elena empezó a llorar.
¿De dónde has sacado eso?
Mateo retrocedió.
Me lo dio mi mamá.
Victoria reaccionó inmediatamente.
¿Cómo se llama tu madre?
Mateo miró hacia la puerta.
Parecía considerar escapar.
Alejandro se acercó con cuidado.
Nadie va a hacerte daño.
El niño dudó.
Clara.
El nombre cayó sobre la familia como un vaso roto.
Elena perdió fuerzas y tuvo que apoyarse en una silla.
Alejandro cerró los ojos.
Nicolás miró a los adultos.
¿Quién es Clara?
Nadie respondió.
Mateo levantó la caja.
Mi mamá dijo que si Nicolás reconocía la canción, yo podía contarle lo demás.
Nicolás abrió la caja.
La melodía comenzó.
Muy simple.
Cinco notas.
Nicolás empezó a llorar.
Mamá me la cantaba.
Elena lo abrazó.
Sí.
La madre biológica de Nicolás se llamaba Ana.
Había muerto cuando él tenía tres años.
Elena, hermana de Ana, lo había criado desde entonces junto con Alejandro, padre del niño.
La canción era de Ana.
Ella la inventó cuando Nicolás era bebé.
Nunca se publicó.
Nunca se grabó.
Solo la familia la conocía.
Entonces ¿cómo conoce tu madre esa canción?
preguntó Alejandro.
Mateo sacó una nota doblada del fondo de la caja.
La letra era de Ana.
Alejandro la reconoció inmediatamente.
Pero la carta no estaba dirigida a él.
Decía:
“Para Clara.”
Victoria se adelantó.
Dámela.
Alejandro apartó la carta.
¿Por qué?
Porque esto no tiene sentido.
Elena la miró.
Tú sabes quién es Clara.
Victoria negó demasiado rápido.
Alejandro lo vio.
Mamá.
Victoria era su madre.
La abuela de Nicolás.
Y aquella noche su rostro ya no mostraba desprecio hacia Mateo.
Mostraba miedo.
Alejandro leyó:
“Clara:
Si algún día me pasa algo antes de poder arreglarlo, guarda la caja. Cuando Nicolás cumpla nueve años, entrégasela. Para entonces ya nadie podrá seguir diciendo que éramos dos desconocidas.”
Elena comenzó a temblar.
¿Qué significa eso?
La carta continuaba.
Ana y Clara se habían conocido doce años atrás en un centro de acogida para mujeres.
Ana había estado allí unas semanas después de una fuerte discusión familiar.
Clara trabajaba en la cocina.
Se hicieron amigas.
Pero había algo más.
¿Eran hermanas?
preguntó Nicolás.
Alejandro negó.
La respuesta apareció en la siguiente línea.
“Sé que Victoria jamás aceptará lo que descubrimos sobre tu madre.”
Todos miraron a Victoria.
¿Qué descubriste?
preguntó Alejandro.
Victoria se sentó lentamente.
Había llegado el momento que llevaba casi tres décadas evitando.
Clara no era una desconocida.
Su madre había trabajado como empleada doméstica en la casa de los padres de Victoria.
Y antes de morir había dejado una carta afirmando que el padre de Victoria había tenido una segunda hija.
Clara.
¿Entonces Clara es…?
Elena no terminó.
Victoria respondió:
Mi hermana.
Mateo levantó la cabeza.
Y Nicolás observó al niño como si de repente toda la habitación hubiera cambiado de forma.
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Pero la historia aún no significaba que ellos fueran hermanos.
Solo significaba que los adultos habían escondido mucho más de lo que ninguno de los dos niños imaginaba.