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PARTE 3 — NADIE VINO A SALVARLA

Durante unos segundos nadie se movió.

El viento parecía más fuerte.

El líder miró sus motocicletas.

Luego miró la carretera.

Después volvió a mirar a Elena.

—Llámalo.

Ella negó.

—No tengo que hacerlo.

—Dile que se vaya.

—¿Por qué?

El hombre dio un paso hacia el mostrador.

—Porque esto no tiene nada que ver con él.

Elena bajó la mirada hacia las empanadas cubiertas de polvo.

—Ahora sí.

El líder siguió la dirección de sus ojos.

Su mandíbula se endureció.

—Fue una bandeja.

—No.

Elena levantó la vista.

—Fue una decisión.

El hombre de cabello largo se acercó a su jefe.

—Vámonos.

—Cállate.

—Jefe...

—Dije que te calles.

Elena observó a los tres.

Por primera vez parecían exactamente lo que eran.

No una amenaza.

No una fuerza.

Solo tres hombres incómodos en un estacionamiento demasiado abierto.

El teléfono del líder volvió a sonar.

Miró la pantalla.

Número desconocido.

No contestó.

El teléfono dejó de sonar.

Un segundo después llegó un mensaje.

Lo abrió.

Su rostro perdió color.

El motociclista de barba se acercó.

—¿Qué dice?

El líder ocultó la pantalla.

Elena no necesitó verla.

—¿Te mandó una dirección?

El hombre la miró.

—¿Cómo sabes?

—Porque Daniel siempre da una oportunidad.

—¿Una oportunidad para qué?

—Para hablar.

El líder soltó una risa nerviosa.

—¿Hablar?

Elena asintió.

—La primera vez.

El hombre guardó el teléfono.

—No voy a ninguna parte.

Elena se encogió de hombros.

—Entonces vendrán ellos.

La palabra “ellos” cambió el aire.

El segundo motociclista miró hacia la carretera.

—¿Cuántos hijos tienes?

Elena sonrió levemente.

—Tres.

—Pero en la foto son tres.

—Sí.

—Entonces, ¿quiénes son “ellos”?

Elena miró las motos.

—Mis hijos tienen amigos.

El hombre de barba dejó de sonreír.

A lo lejos apareció un vehículo.

Esta vez era una camioneta gris.

Se acercó lentamente.

El líder la observó.

La camioneta pasó frente al estacionamiento.

No se detuvo.

El hombre exhaló.

Pero Elena no apartó la mirada.

Treinta segundos después apareció otro vehículo.

Una camioneta blanca.

Después un sedán oscuro.

Después una motocicleta.

Todos pasaron de largo.

Ninguno entró.

El líder comenzó a ponerse nervioso.

—¿Qué demonios está pasando?

Elena respondió con calma.

—Te están mirando.

El hombre miró alrededor.

—¿Quiénes?

—Personas que quieren saber si vas a cometer otro error.

—No tengo miedo.

Elena sonrió.

—Eso dijiste con la bandeja.

El hombre golpeó el mostrador.

—¡No me provoques!

Elena no se movió.

—No te estoy provocando.

Lo miró fijamente.

—Te estoy dando tiempo.

—¿Tiempo para qué?

—Para pagar.

El líder se quedó inmóvil.

Elena señaló la caja registradora.

—Cuarenta dólares.

El motociclista de cabello largo soltó una exhalación nerviosa.

El líder lo miró.

—Ni se te ocurra.

Pero el hombre ya estaba buscando su billetera.

Sacó dos billetes.

Los dejó sobre el mostrador.

—Aquí tienes.

El líder lo agarró del brazo.

—¿Qué estás haciendo?

—Terminando esto.

—¿Tienes miedo?

El hombre lo miró directamente.

—Sí.

El líder parecía sorprendido.

—Yo también —dijo el hombre de barba.

El silencio que siguió fue brutal.

El líder soltó el brazo de su compañero.

Miró a Elena.

—Esto no termina aquí.

Ella negó.

—No.

El hombre sonrió un poco.

—Finalmente algo en lo que estamos de acuerdo.

Se giró hacia las motos.

Sus dos hombres ya caminaban delante de él.

El líder dio cuatro pasos.

Entonces Elena habló.

—Faltan diez dólares.

El hombre se detuvo.

Se giró lentamente.

Elena señaló las empanadas del suelo.

—Desperdicio de comida.

Durante dos segundos, el líder parecía incapaz de decidir si estaba furioso o humillado.

Finalmente volvió.

Sacó un billete.

Lo dejó sobre el mostrador.

—¿Contenta?

Elena tomó el dinero.

Lo guardó.

—No.

—¿Entonces qué quieres?

Elena lo miró.

—Quiero que recuerdes algo.

El hombre esperó.

—Hoy entraste aquí pensando que yo estaba sola.

Elena dio un paso hacia la ventana.

—Ese fue tu primer error.

El líder tragó saliva.

—¿Y el segundo?

Elena miró la bandeja en el suelo.

—Confundiste silencio con debilidad.

El hombre no respondió.

—¿Y el tercero?

Elena sonrió.

—Todavía no lo has cometido.

El líder frunció el ceño.

—¿Cuál es?

Elena miró hacia las motocicletas.

—Volver.

El hombre la observó durante varios segundos.

Después se dio vuelta.

Los tres subieron a sus motos.

Los motores rugieron.

Las motocicletas salieron del estacionamiento y desaparecieron por la carretera.

El polvo tardó en asentarse.

Elena esperó hasta que no pudo verlos.

Después cerró los ojos.

Por primera vez desde que comenzó todo, sus manos temblaron.

Una voz sonó detrás de ella.

—Mamá.

Elena se giró.

Un hombre alto estaba de pie dentro del camión.

Había entrado por la puerta trasera sin hacer ruido.

Camisa gris.

Cabello corto.

Una pequeña cicatriz junto a la ceja.

Daniel.

Elena lo miró.

—¿Cuánto tiempo llevas ahí?

—Lo suficiente.

—Te dije que no vinieras.

—Y yo te dije que no iba a dejarte sola.

Elena negó.

—No estaba sola.

Daniel miró la fotografía en la pared.

Después miró hacia la carretera.

—Gabriel ya sabe quiénes son.

Elena suspiró.

—¿Y Mateo?

—Revisando sus antecedentes.

—Daniel...

Él la miró.

—No haremos nada ilegal.

Elena sostuvo su mirada.

—Eso espero.

Daniel sonrió.

—Mamá, tú nos criaste mejor que eso.

Elena miró las empanadas destruidas.

—A veces no estoy segura.

Daniel tomó una escoba.

Comenzó a limpiar.

—Por cierto...

—¿Qué?

—El hombre que llamó al bar no era mío.

Elena se quedó quieta.

—¿Qué quieres decir?

Daniel dejó de barrer.

—Yo no mandé a nadie.

Elena frunció el ceño.

—Entonces, ¿quién fue?

Daniel miró hacia la carretera vacía.

Su expresión cambió.

—Eso mismo quiero saber.

En ese momento, el teléfono de Elena vibró.

Número desconocido.

Un mensaje.

Solo cinco palabras:

“Nosotros también cuidamos a Elena.”

Daniel leyó la pantalla.

Levantó lentamente la cabeza.

—Mamá...

Elena guardó el teléfono.

Su mirada volvió a endurecerse.

—Parece que tus amigos no son los únicos que todavía me recuerdan.

Y por primera vez desde que los motociclistas se habían ido, Daniel Morales pareció preocupado.

Porque si él no había enviado a nadie...

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y Gabriel tampoco...

entonces alguien más había estado observando todo desde el principio.

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