nexio

PARTE 2 — LOS HIJOS DE ELENA

Los tres motociclistas miraron hacia la carretera.

No había nadie.

Solo una línea infinita de asfalto bajo el sol.

El líder soltó aire por la nariz.

—Buen intento.

Elena no respondió.

Recogió una taza.

La colocó junto a la cafetera.

Sirvió café.

Las manos no le temblaban.

El motociclista de cabello largo volvió a mirar la fotografía.

Algo en su rostro había cambiado.

—¿Cómo se llaman tus hijos?

Elena giró lentamente hacia él.

—¿Por qué?

—Curiosidad.

El líder lo miró con irritación.

—Déjala.

Pero el hombre ya no parecía tranquilo.

Se acercó un poco más al camión.

—El de la izquierda.

Señaló la foto.

—¿Quién es?

Elena siguió la dirección de su dedo.

—Daniel.

El motociclista tragó saliva.

—¿Daniel Morales?

El silencio cayó de golpe.

El líder giró hacia él.

—¿Lo conoces?

El hombre tardó en contestar.

—He escuchado el nombre.

Elena siguió sirviendo café.

—Mucha gente lo ha escuchado.

El líder se enderezó.

—¿Qué hace?

Elena colocó la taza frente a ella.

—Resuelve problemas.

El segundo motociclista se rió.

—¿Qué clase de problemas?

Elena lo miró.

—Los que otros hombres crean.

Nadie respondió.

El líder golpeó suavemente el mostrador con un dedo.

—Mira, señora. No sé qué juego estás jugando...

El sonido de un motor interrumpió la frase.

No era una motocicleta.

Era un vehículo.

Negro.

Grande.

Venía por la carretera.

Los tres hombres giraron.

El vehículo redujo la velocidad.

Pero no entró.

Siguió de largo.

El líder sonrió.

—Ese no era tu hijo.

Elena tomó un pequeño trapo y comenzó a limpiar una mancha inexistente en el mostrador.

—No.

—Entonces deja de actuar como si alguien fuera a salvarte.

Elena levantó la vista.

—Nunca dije que viniera a salvarme.

El líder frunció el ceño.

—¿Entonces para qué viene?

Elena dejó el trapo.

—Para ver quiénes fueron.

Por primera vez, la expresión del hombre cambió.

Muy poco.

Pero suficiente.

El motociclista de cabello largo volvió a mirar la fotografía.

—¿Quién es el del centro?

Elena guardó silencio.

—¿Elena?

Era la primera vez que uno de ellos utilizaba su nombre.

Ella lo miró.

El hombre señaló al segundo joven de la fotografía.

—¿Quién es?

—Mateo.

—¿También “resuelve problemas”?

Elena sonrió.

—No.

—¿Qué hace?

—Era investigador.

El líder resopló.

—¿Policía?

—Ya no.

El hombre de cabello largo miró al líder.

Ahora estaba claramente incómodo.

—Jefe, creo que deberíamos irnos.

El líder lo miró como si hubiera escuchado algo absurdo.

—¿Irnos?

—Sí.

—¿Por una vieja?

—No por ella.

El hombre volvió a señalar la foto.

—Por ellos.

El líder dio un paso hacia él.

—¿Qué sabes?

El motociclista bajó la voz.

—Daniel Morales trabajó seguridad privada para gente muy pesada.

—¿Y?

—Y hay historias.

—Siempre hay historias.

—No como estas.

Elena escuchaba en silencio.

El líder volvió a mirar la fotografía.

Había un tercer hombre.

Más joven.

Cabello corto.

Mirada seria.

—¿Y ese?

Elena no respondió.

El líder golpeó el marco de la ventana.

—Te pregunté quién es.

Elena lo miró directamente.

—Gabriel.

El motociclista de cabello largo cerró los ojos un segundo.

—No puede ser.

El líder se giró.

—¿Ahora qué?

—Gabriel Morales.

—¿Qué pasa con él?

El hombre se acercó.

—Su nombre salió hace años en un caso grande.

—¿Qué caso?

—Uno sobre bandas, extorsión y tráfico de armas.

El líder sonrió.

—¿Era criminal?

El motociclista negó.

—Era el fiscal.

La sonrisa desapareció.

Elena tomó la bandeja metálica del suelo.

Todavía tenía polvo.

La colocó a un lado del camión.

—Mis hijos nunca necesitaron ser criminales —dijo— para asustar a hombres como ustedes.

El líder la miró con furia.

—Escúchame bien...

En ese momento, un teléfono comenzó a sonar.

No era el de Elena.

Era el del líder.

Lo sacó del bolsillo.

Miró la pantalla.

Su expresión cambió.

Elena lo notó.

—Contesta.

El hombre dudó.

Después aceptó la llamada.

—¿Qué?

Silencio.

Su rostro comenzó a tensarse.

—¿Cómo que quién?

Otra pausa.

Los otros dos motociclistas lo observaban.

—No. No digas mi nombre.

Elena tomó su taza de café.

El líder bajó la voz.

—¿Estás seguro?

Un segundo después colgó.

El hombre de cabello largo se acercó.

—¿Qué pasó?

El líder no contestó.

—¿Jefe?

El líder miró a Elena.

—¿Tú hiciste eso?

Ella bebió un poco de café.

—No sé de qué hablas.

—Alguien acaba de llegar al bar.

—¿Qué bar?

—Sabes qué bar.

Elena negó.

—No salgo mucho.

El hombre apretó el teléfono.

—Un tipo está preguntando por mí.

Elena dejó la taza.

—¿Y?

—Dijo que viene de parte de una mujer llamada Elena Morales.

Los dos motociclistas dieron un paso atrás.

El líder permaneció quieto.

May you like

Elena miró hacia la carretera.

—Entonces Daniel llegó antes de lo que pensé.

Related Stories

Other posts