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PARTE 3

Adrián sobrevivió.

Pero durante dos días permaneció inconsciente.

Los médicos confirmaron que alguien había colocado veneno en su copa.

La noticia provocó caos dentro del reino.

El rey ordenó cerrar las puertas del palacio.

Nadie podía entrar.

Nadie podía salir.

Sebastián tomó el control de la investigación.

Aquello fue lo primero que alarmó a Isabella.

El hombre que ella sospechaba ahora tenía autoridad para decidir quién era culpable.

Horas después apareció la supuesta prueba.

Una pequeña botella de veneno fue encontrada dentro de las habitaciones de Isabella.

El salón del consejo quedó en silencio.

Sebastián colocó el frasco sobre la mesa.

“Lo encontramos debajo de su cama.”

Isabella lo miró fijamente.

“Alguien lo puso allí.”

“Por supuesto.”

“Usted sabe perfectamente que yo jamás lastimaría a Adrián.”

Sebastián se acercó.

“Yo no decido lo que siente. Solo sigo las pruebas.”

El rey observaba a Isabella con el rostro destruido.

“¿Por qué habría querido envenenarlo?”

Sebastián sacó otro documento.

“Porque si el príncipe muere después de su coronación sin heredero, su esposa recibe temporalmente autoridad sobre varias propiedades de la corona.”

Isabella comprendió la trampa.

Primero la habían presentado como una mujer codiciosa.

Ahora intentaban convertirla en asesina.

“Quiero hablar con Adrián cuando despierte.”

Sebastián negó.

“Hasta que terminemos la investigación, permanecerá bajo vigilancia.”

Los guardias se acercaron.

Isabella no se resistió.

Antes de salir miró al rey.

“Majestad, si confió en mí el día que su hijo me eligió, confíe en mí una vez más.”

El rey no respondió.

Isabella fue encerrada en una habitación de la torre oriental.

Aquella noche escuchó un ruido detrás de la pared.

Una piedra se movió.

Lucía apareció por un estrecho pasadizo secreto.

“Tenemos que irnos.”

“¿Cómo encontraste esto?”

“Las sirvientas conocemos el palacio mejor que los ministros.”

Isabella casi sonrió.

“¿Cómo está Adrián?”

“Despertó hace una hora.”

Isabella se levantó inmediatamente.

“Debo verlo.”

“No puede.”

“¿Por qué?”

Lucía respiró agitadamente.

“El duque Sebastián ha dicho que usted intentó matarlo.”

“Adrián nunca creerá eso.”

“Por eso Sebastián no permite que hable con él.”

Isabella miró el pasadizo.

“Entonces entraremos sin permiso.”

Avanzaron por túneles antiguos durante casi veinte minutos.

Finalmente llegaron detrás de una pared cercana a las habitaciones del príncipe.

Isabella escuchó voces.

Sebastián estaba dentro.

“Su esposa llevaba meses desviando dinero.”

Adrián respondió débilmente.

“No lo creo.”

“Encontramos el veneno en su dormitorio.”

“Isabella podría haber tenido cien oportunidades de matarme. Nunca lo hizo.”

Sebastián guardó silencio.

Adrián continuó.

“Y cometiste un error.”

“¿Cuál?”

“Mi esposa no bebe vino.”

Isabella contuvo la respiración.

“¿Qué tiene eso que ver?”, preguntó Sebastián.

“La copa envenenada estaba preparada para ella.”

Silencio.

“Yo la tomé porque Isabella estaba ayudando a una sirvienta.”

Adrián comenzó a incorporarse.

“El objetivo nunca fui yo.”

Isabella abrió el pasadizo y entró.

Adrián la vio.

Sus ojos se llenaron de alivio.

“Isabella.”

Sebastián dio un paso atrás.

“¿Cómo salió de la torre?”

“Eso ahora es lo menos importante.”

Lucía entró detrás de ella.

Al verla, Sebastián perdió por primera vez el control.

“Tú.”

Lucía levantó la lista.

“Yo lo vi cambiar los documentos.”

Sebastián corrió hacia ella.

Adrián gritó.

“¡Guardias!”

Pero nadie entró.

Sebastián sonrió.

“Eso es lo que todavía no entienden.”

Sacó una pequeña campana y la hizo sonar.

Las puertas se abrieron.

Cinco guardias entraron.

Pero no apuntaron a Sebastián.

Apuntaron a Adrián e Isabella.

“El palacio ya no le pertenece a su familia”, dijo Sebastián.

Isabella comprendió entonces la lista.

El duque había comprado oficiales, ministros y nobles durante años.

“¿Qué quieres?”, preguntó Adrián.

Sebastián miró hacia las ventanas.

“El trono.”

Adrián soltó una risa débil.

“No tienes sangre real.”

“Eso puede arreglarse.”

Sebastián miró a Isabella.

“Cuando usted sea declarada culpable de intentar asesinar al heredero, el país exigirá estabilidad. El rey está viejo. Usted está enfermo. Yo seré nombrado regente.”

“¿Y después?”

“Después la historia escribirá lo necesario.”

De pronto se escucharon campanas en todo el palacio.

Sebastián frunció el ceño.

“¿Qué significa eso?”

Lucía sonrió por primera vez.

“No vine sola.”

En el patio comenzaron a escucharse cientos de voces.

Personas del pueblo habían llegado frente al palacio.

Médicos.

Maestros.

Campesinos.

Vendedores.

Familias que Isabella había ayudado durante sus primeros meses como princesa.

Lucía había enviado mensajes antes de entrar en la torre.

La noticia de que Isabella estaba siendo acusada se había extendido.

Miles exigían saber la verdad.

Sebastián se acercó a la ventana.

“Esto no cambia nada.”

“Sí lo cambia”, respondió Isabella.

“¿Por qué?”

“Porque durante toda su vida creyó que gobernar significaba controlar a quienes estaban debajo de usted.”

Isabella caminó lentamente hacia él.

“Pero una corona no existe sin las personas que deciden respetarla.”

Sebastián ordenó a los guardias arrestarla.

Nadie se movió.

Uno de ellos bajó la espada.

Después otro.

Y otro.

El comandante miró al duque.

“Mi hija estudia en una de las escuelas que la princesa salvó.”

Sebastián palideció.

“Les pagué.”

El comandante respondió:

“Nos pagó por obedecer. No por traicionar al reino.”

Sebastián corrió hacia la puerta.

Fue detenido antes de alcanzarla.

Horas después registraron sus habitaciones.

Encontraron cartas, sobornos, copias de las firmas falsificadas y un segundo frasco del mismo veneno.

Pero el descubrimiento más inesperado apareció dentro de una caja.

Una antigua fotografía.

Isabella la tomó.

Mostraba al duque Sebastián muchos años atrás junto a una mujer.

Isabella reconoció inmediatamente el rostro.

Era su madre.

“¿Por qué tiene esto?”

Sebastián dejó de resistirse.

El rey, que acababa de entrar, vio la fotografía y quedó completamente inmóvil.

“¿Dónde encontraste esa imagen?”

Isabella miró al monarca.

“¿La conoce?”

El rey se sentó lentamente.

“Conocí a tu madre.”

Isabella sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies.

“¿Cómo?”

El anciano respiró profundamente.

“Porque trabajó en este palacio.”

Adrián miró a su padre.

“Nunca me contaste eso.”

“Había cosas que prometí mantener en secreto.”

El rey condujo a Isabella nuevamente hasta la sala del trono.

Se detuvo frente al antiguo marco.

“Tu madre fue la última mujer que atravesó este marco antes que tú.”

Isabella quedó paralizada.

“Eso es imposible.”

“No participaba como candidata. Era una joven costurera. Una noche mi esposa, la reina Elena, la hizo entrar aquí.”

El rey abrió el compartimento oculto.

Debajo de la carta que Adrián había encontrado había otra hoja.

Nadie la había visto porque estaba pegada al fondo.

El nombre escrito en ella era el de la madre de Isabella.

La reina Elena había descubierto años atrás que Sebastián estaba robando dinero de la corona.

La madre de Isabella la ayudó a reunir pruebas.

Pero antes de que pudieran denunciarlo, la reina murió repentinamente.

La madre de Isabella huyó del palacio y jamás habló del asunto para proteger a su hija.

Adrián miró a Sebastián.

“¿Mi madre murió por culpa de usted?”

Sebastián no respondió.

El silencio fue suficiente.

La investigación posterior confirmó que la antigua reina no había muerto por causas naturales.

Sebastián había esperado décadas para terminar lo que había comenzado.

Fue condenado por traición, corrupción, falsificación y el asesinato de la reina Elena.

Semanas después llegó el día de la coronación.

El enorme marco seguía en la sala.

Isabella se detuvo frente a él.

Adrián tomó su mano.

“¿Quieres que lo retiremos?”

Ella negó.

“No.”

“¿Por qué?”

Isabella miró hacia las personas reunidas.

Las mismas que años atrás se habían reído de su cuerpo.

Las mismas que ahora guardaban silencio.

“Porque este marco nunca decidió quién era digna.”

Acarició la madera.

“Solo reveló quiénes eran los demás.”

Adrián sonrió.

Juntos caminaron hacia el trono.

Y cuando Isabella recibió la corona, nadie volvió a recordar a la joven de la que se habían burlado por no parecer una princesa.

La recordaron como la mujer que atravesó un marco mientras todos se reían.

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La mujer que después atravesó una conspiración mientras todos dudaban.

Y la reina que demostró que la verdadera grandeza jamás había dependido de encajar en la forma que otros habían construido para ella.

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