PARTE 2

Durante los primeros meses después de la boda, Isabella hizo exactamente lo que había prometido.
No cambió sus vestidos sencillos por joyas excesivas.
No organizó banquetes para impresionar a la nobleza.
No permitió que nadie se inclinara ante ella solo porque ahora llevaba una corona.
Cada mañana salía del palacio acompañada únicamente por dos guardias y visitaba escuelas, hospitales, mercados y barrios donde la familia real rara vez había puesto un pie.
Al principio, muchos nobles se burlaban en secreto.
“Una reina debe representar grandeza, no caminar entre vendedores y mendigos”, decía la duquesa Helena.
“Pronto el príncipe se cansará de ella”, respondían otros.
Pero el príncipe Adrián parecía amarla más cada día.
Una tarde, Isabella regresó al palacio después de visitar un refugio para niños.
Encontró a Adrián esperándola junto al enorme marco de madera que todavía permanecía en la sala del trono.
“Pensé que lo habías mandado retirar”, dijo Isabella.
Adrián acarició uno de los bordes del marco.
“No puedo.”
“¿Por qué?”
“Porque todavía no te he contado toda la verdad.”
Isabella dejó de sonreír.
Durante años, todos habían creído que aquel marco solo servía para observar cómo las candidatas trataban a quienes consideraban diferentes.
Pero Adrián abrió una pequeña cerradura oculta en la madera.
Un compartimento apareció.
Dentro había un sobre amarillento.
“Mi madre lo dejó antes de morir.”
Isabella conocía poco sobre la antigua reina Elena.
Había fallecido cuando Adrián tenía doce años.
“¿Qué tiene que ver tu madre con el marco?”
Adrián le entregó la carta.
Isabella comenzó a leer.
La reina Elena explicaba que la familia real había ocultado durante generaciones una antigua costumbre.
La futura reina no debía ser elegida por belleza, riqueza o sangre.
Debía ser alguien capaz de proteger al pueblo incluso cuando hacerlo significara enfrentarse a la propia corona.
El marco había pertenecido a la primera reina de aquella dinastía.
Pero había algo más.
En la última línea aparecía una advertencia.
“Cuando encuentres a la mujer que no tema atravesarlo, protégela. Algunos dentro del palacio harán cualquier cosa para impedir que cambie el reino.”
Isabella levantó la mirada.
“¿Por eso hiciste aquellas pruebas?”
“En parte.”
“¿Y por qué nunca me lo contaste?”
“Porque pensé que la advertencia pertenecía al pasado.”
En ese instante, las puertas se abrieron.
Un guardia entró corriendo.
“Su Alteza, tenemos un problema.”
Adrián se volvió.
“¿Qué ocurrió?”
“El hospital de Santa Clara ha rechazado los fondos ordenados por la princesa.”
Isabella frunció el ceño.
“Eso es imposible. Firmé la autorización ayer.”
El guardia bajó la mirada.
“El documento nunca llegó al tesoro.”
Adrián llamó inmediatamente al ministro de Finanzas.
El hombre apareció media hora después.
Era el duque Sebastián Valmont, uno de los consejeros más antiguos del rey.
Sebastián dejó varios documentos sobre una mesa.
“Estos son los únicos decretos que recibimos.”
Isabella revisó las páginas.
Su firma aparecía al final.
Pero el contenido había sido cambiado.
En lugar de enviar dinero a hospitales y escuelas, los documentos autorizaban la compra de vestidos, carruajes, joyas y muebles para sus habitaciones privadas.
Isabella se quedó helada.
“Yo jamás firmé esto.”
Sebastián inclinó la cabeza.
“La firma parece auténtica.”
Adrián tomó los documentos.
“¿Está acusando a mi esposa?”
“Solo estoy mostrando lo que llegó a mi oficina.”
Aquella misma noche los rumores comenzaron a circular.
La princesa humilde que decía preocuparse por los pobres había gastado una fortuna en lujos.
Los periódicos publicaron titulares crueles.
Los nobles que siempre habían despreciado a Isabella aprovecharon la oportunidad.
En la plaza principal, algunas personas comenzaron a llamarla mentirosa.
Isabella quiso salir a explicar la verdad.
El rey se lo prohibió.
“Si sales ahora, parecerá que intentas justificarte.”
“Si permanezco aquí, parecerá que soy culpable.”
El anciano monarca suspiró.
“Necesitamos pruebas.”
Durante tres días, Isabella permaneció encerrada en el palacio.
Hasta que una madrugada alguien llamó suavemente a su puerta.
Era Lucía, una joven sirvienta de diecisiete años.
Estaba temblando.
“Perdóneme, Alteza. No sabía a quién acudir.”
“¿Qué pasa?”
Lucía miró hacia el pasillo.
“Vi quién cambió sus documentos.”
Isabella sintió que el corazón se aceleraba.
“¿Quién?”
La muchacha iba a responder cuando escucharon pasos.
Lucía palideció.
“Me encontrarán.”
Isabella la hizo entrar.
Segundos después, dos guardias aparecieron.
“¿Han visto a una sirvienta?”
Isabella negó.
Cuando se alejaron, Lucía salió de detrás de una cortina.
“Fue el secretario del duque Sebastián.”
“¿Estás segura?”
“Lo vi quemando los documentos originales.”
Isabella quiso buscar a Adrián inmediatamente.
Pero Lucía la tomó del brazo.
“Hay algo peor.”
Sacó un pequeño papel de su bolsillo.
Era una lista de nombres.
Ministros.
Nobles.
Comandantes de la guardia.
Y junto a cada nombre había una cantidad de dinero.
Isabella sintió un escalofrío.
“¿Dónde encontraste esto?”
“En la oficina del duque.”
En la parte inferior aparecía una fecha.
El día de la coronación del príncipe Adrián.
Solo faltaban seis semanas.
Aquella noche Isabella comprendió que nadie estaba intentando destruir únicamente su reputación.
Alguien estaba preparando algo contra toda la familia real.
Corrió hacia las habitaciones de Adrián.
Pero antes de llegar, escuchó un grito.
Las puertas se abrieron.
El príncipe estaba tendido en el suelo.
Una copa de vino rota yacía junto a su mano.
Isabella cayó de rodillas.
“¡Adrián!”
Él apenas respiraba.
Los médicos entraron corriendo.
Mientras intentaban salvarlo, Isabella levantó la mirada.
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Al final del pasillo vio al duque Sebastián.
No parecía preocupado.
Estaba sonriendo.
