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PARTE 2 EL TESTAMENTO DE SU MADRE

El notario colocó el documento sobre la mesa.

Doña Isabel de Alarcón, madre de Lucía, firmó este testamento dos semanas antes de morir.

Don Rafael golpeó la mesa.

Ese documento fue anulado.

No, respondió el notario. Usted ocultó la copia principal y presentó una versión incompleta ante el juzgado.

Lucía sintió que el salón se inclinaba a su alrededor.

Su madre había muerto cuando ella tenía diecinueve años. Don Rafael siempre aseguró que no le había dejado nada directamente porque consideraba que su hija era demasiado joven.

El notario comenzó a leer:

Al cumplir veinticinco años, mi hija Lucía recibirá la administración de los bienes de la familia, incluido el palacio, las tierras y las participaciones empresariales. Si una enfermedad le impidiera administrarlos temporalmente, su padre actuaría como custodio hasta su recuperación.

Lucía tenía veintiocho años.

Durante tres años, Don Rafael había seguido controlando una fortuna que ya no le pertenecía.

Mi incapacidad te permitía conservarlo todo, susurró.

Lo hice para proteger el patrimonio, contestó él. No entiendes nada de negocios.

El notario abrió una segunda carpeta.

En cuatro años, Don Rafael hipotecó dos propiedades, vendió parte de las tierras y transfirió grandes cantidades a sociedades a su nombre.

Lucía miró las paredes doradas del palacio. De pronto, toda aquella riqueza pareció una jaula.

¿Mi accidente fue provocado?

Don Rafael negó con rapidez.

¡No! El caballo se asustó. Yo no tuve nada que ver.

Gabriel apretó la mandíbula.

Pero aprovechó lo ocurrido.

La mirada de Rafael se llenó de desprecio.

Tú deberías haber desaparecido para siempre.

Lucía giró hacia Gabriel.

¿Qué significa eso?

Gabriel dudó.

Después del accidente, yo iba cada día a preguntar por usted. Su padre me dijo que no quería verme. Me entregó dinero y amenazó con encarcelar a mi hermano si regresaba.

A mí me dijiste que Gabriel había aceptado dinero para marcharse, recordó Lucía.

Era un criado que estaba llenándote la cabeza de fantasías.

Era mi amigo, respondió ella. Era la única persona en quien confiaba.

Mercedes abandonó el salón durante unos segundos y regresó con una pequeña caja musical. La abrió y retiró el forro interior.

Dentro había doce cartas.

Todas estaban dirigidas a Lucía.

Todas llevaban la firma de Gabriel.

Las encontré en el despacho de Don Rafael, confesó Mercedes. Nunca permitió que llegaran a sus manos.

Lucía tomó la primera.

Gabriel la había escrito pocas semanas después del accidente.

Lucía, no sé por qué no me permiten verte. No me importa si vuelves a caminar. Solo necesito que sepas que no te he abandonado.

Las lágrimas cayeron sobre el papel.

Don Rafael intentó justificarse.

Quería evitarte una humillación. Una Alarcón no podía relacionarse con alguien como él.

No querías protegerme, dijo Lucía. Querías aislarme.

Dos días después llegaron los resultados del laboratorio.

El frasco contenía una sustancia no prescrita que, administrada repetidamente, podía provocar debilidad muscular, somnolencia y pérdida progresiva de sensibilidad. El doctor Valdés confirmó que no formaba parte de ningún tratamiento autorizado.

La Guardia Civil registró el despacho de Don Rafael.

Encontraron facturas de un boticario clandestino, informes médicos alterados y un libro de cuentas. Cada entrega del frasco coincidía con una ligera mejoría de Lucía registrada por el doctor.

Cuando Lucía parecía recuperar sensibilidad, su padre aumentaba las gotas.

Había una última prueba.

Una nota escrita por Rafael:

La paciente no debe recuperar la movilidad antes de que finalice la venta de las tierras.

Don Rafael ya no pudo seguir negándolo.

¡Todo lo hice por esta familia! gritó. Si tú tomabas el control, habrías destruido generaciones de trabajo.

Lucía levantó la mirada.

No. Tú destruiste cuatro años de mi vida para pagar tus deudas.

Los agentes le colocaron las esposas.

Antes de salir, Rafael miró a Gabriel.

Cuando ella comprenda que nunca volverá a caminar de verdad, te culpará por haberle dado esperanza.

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Lucía se sujetó a los brazos del sillón.

Prefiero una esperanza difícil a otra vida construida sobre tus mentiras.

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