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PARTE 1 EL PASO QUE NADIE DEBÍA VER

Ese frasco no era del médico.

La voz de Mercedes atravesó el salón.

Lucía permanecía de pie, temblando entre los brazos de Gabriel. Detrás de ellos, la silla de ruedas estaba vacía.

Don Rafael miró el pequeño frasco de cristal ámbar que la criada sostenía.

Cállate, Mercedes.

No fue una petición.

Fue una amenaza.

Lucía clavó los ojos en su padre.

¿Por qué llevabas un frasco con mis iniciales?

Don Rafael avanzó para quitárselo, pero Gabriel se interpuso sin soltar la cintura de Lucía.

La señorita necesita sentarse, dijo Gabriel. Pero no volverá a tomar nada hasta saber qué contiene.

Lucía intentó dar otro paso.

Sus rodillas cedieron.

Gabriel la sostuvo antes de que cayera y la sentó con cuidado en un sillón dorado. Ella respiraba con dificultad, pero no apartaba la mirada de sus piernas.

Las he sentido, Gabriel. Después de cuatro años... las he sentido.

Don Rafael recuperó su expresión autoritaria.

Ha sido un espasmo. El doctor Valdés dijo que tu lesión era irreversible.

El doctor Valdés jamás me entregó este frasco, respondió Mercedes.

La anciana observó el sello de cera roja.

Hace tres noches encontré uno igual en la habitación de la señorita. Pregunté al ayudante del doctor y me aseguró que ellos solo enviaban envases transparentes con sello azul.

El rostro de Don Rafael se endureció.

¿Has estado revisando las medicinas de mi hija?

He estado cuidándola.

Mercedes bajó la voz.

Y durante tres noches no le di las gotas.

El silencio cayó sobre el palacio.

Lucía comprendió antes que nadie.

Por eso he movido el pie...

No puedes saberlo, interrumpió Don Rafael. Esa mujer está confundida.

Entonces dejemos que analicen el contenido, dijo Gabriel.

Don Rafael se lanzó hacia Mercedes.

Ella retrocedió, pero el frasco escapó de sus dedos. Gabriel lo atrapó antes de que golpeara el suelo.

Dámelo, ordenó Rafael.

No.

Era la primera vez que Gabriel desobedecía abiertamente al dueño del palacio.

Lucía extendió una mano.

Gabriel, entrégamelo a mí.

Él depositó el frasco sobre su guante blanco.

Lucía examinó la etiqueta amarillenta. Allí estaban sus iniciales: L. A. Debajo, casi borrada, aparecía una fecha correspondiente a la semana posterior a su accidente.

Padre, ¿qué me has estado dando?

Don Rafael no respondió.

En ese momento se abrieron las puertas.

El doctor Esteban Valdés entró acompañado por un notario y dos agentes de la Guardia Civil.

Don Rafael palideció.

Mercedes había enviado un mensajero al médico aquella mañana, antes de que comenzara la reunión en el salón.

Valdés tomó el frasco con cuidado.

Yo no prescribí esto.

¿Puede haber provocado que no sintiera las piernas? preguntó Lucía.

El médico observó a Don Rafael.

No lo sabré hasta analizarlo. Pero hay algo que nunca entendí: su lesión comenzó a sanar meses después del accidente. Sus reflejos mejoraron... y luego empeoraron sin explicación.

Lucía sintió frío.

¿Cuánto tiempo hace que sospechaba?

Dos años. Cada vez que pedía nuevos exámenes, su padre los cancelaba.

Don Rafael giró hacia la puerta.

Uno de los agentes bloqueó su salida.

Nadie me retendrá en mi propia casa.

Esta casa no es suya, dijo el notario.

Todos se volvieron hacia él.

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El hombre sacó de su cartera un sobre lacrado.

Y esa es la segunda razón por la que estoy aquí.

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