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PARTE 3: LA MUERTE QUE PARECÍA NATURAL

A las siete de la mañana llegó la primera llamada del laboratorio.

El contenido encontrado en la comida de Alejandro no era un suplemento.

Era una sustancia capaz de provocar una alteración cardíaca grave en determinadas dosis.

Los investigadores compararon entonces aquella sustancia con la cápsula que Mateo había guardado durante dieciocho meses.

Coincidían.

Alejandro permaneció sentado en silencio mientras escuchaba.

Después hizo la pregunta que llevaba horas temiendo.

«¿Puede provocar síntomas parecidos a una muerte cardíaca repentina?»

El investigador respondió con cautela.

«Puede contribuir a un cuadro compatible. Necesitamos revisar los análisis originales de su esposa.»

La muerte de Elena fue oficialmente reabierta.

Su historial médico mostraba algo extraño.

Valeria había dicho durante meses que Elena padecía problemas cardíacos.

Pero su cardiólogo declaró lo contrario.

Elena había tenido palpitaciones leves relacionadas con estrés.

Nada que justificara una muerte repentina.

Entonces apareció otra irregularidad.

La noche en que Elena murió, alguien había solicitado destruir una muestra de sangre almacenada en el hospital.

La autorización llevaba la firma de un médico llamado doctor Ramírez.

Cuando la policía habló con él, negó haber firmado aquel documento.

La firma era falsa.

Pero una segunda muestra había sobrevivido.

Un técnico había guardado accidentalmente un tubo en un congelador secundario.

El análisis tardaría días.

Mientras tanto, Sergio Molina había desaparecido.

Su apartamento estaba vacío.

Su teléfono apagado.

La policía encontró una transferencia reciente de Valeria hacia una cuenta vinculada a él.

Alejandro recibió la noticia en su despacho.

Mateo estaba en el piso superior con su abuela.

Entonces sonó el teléfono de Alejandro.

Número desconocido.

Respondió.

«¿Sí?»

Una voz masculina habló.

«Si quiere saber qué pasó realmente con Elena, venga solo.»

Alejandro reconoció la voz.

Sergio.

«¿Dónde estás?»

«Primero garantice que no iré a prisión.»

«No puedo garantizarte nada.»

«Entonces nunca sabrá quién dio la orden.»

Alejandro se quedó inmóvil.

«¿Qué orden?»

Sergio guardó silencio.

«Pregúntele a su esposa por qué necesitaba controlar sus acciones antes de que usted descubriera las cuentas.»

La llamada terminó.

Alejandro salió inmediatamente para informar a la policía.

Pero antes de llegar a la puerta recibió un mensaje.

Era de la abuela de Mateo.

Mateo había desaparecido.

Alejandro sintió que el corazón se detenía.

Corrió escaleras arriba.

La ventana del dormitorio estaba abierta.

Sobre la cama había una nota.

No estaba escrita por Mateo.

Solo decía:

ENTREGA LA MEMORIA.

Alejandro comprendió entonces que el verdadero objetivo nunca había sido únicamente Elena.

Era la información que ella había descubierto.

La policía cerró las carreteras cercanas.

Revisaron cámaras.

Un vehículo oscuro había salido de la propiedad pocos minutos antes.

Alejandro quiso acompañarlos.

El inspector lo detuvo.

«Si usted aparece, pueden utilizar al niño.»

Alejandro golpeó la pared.

«Es mi hijo.»

«Precisamente.»

Dos horas después localizaron el vehículo en un almacén abandonado.

Sergio estaba dentro.

Pero no estaba solo.

Mateo permanecía sentado en una silla, asustado pero ileso.

Sergio sostenía un teléfono.

«No quería hacerle daño», gritó cuando entraron los agentes.

«¿Entonces por qué te llevaste a mi hijo?», respondió Alejandro desde detrás de ellos.

Sergio levantó las manos.

«Porque Valeria dijo que era la única manera de recuperar la memoria.»

Alejandro sintió una mezcla de furia y horror.

«Habla.»

Sergio comenzó a derrumbarse.

Elena había descubierto que Valeria y él desviaban dinero de varias empresas.

Cuando amenazó con denunciarlos, Valeria decidió silenciarla.

«Yo falsifiqué documentos», confesó Sergio. «Pero no preparé la cápsula.»

«¿Quién lo hizo?»

Sergio miró hacia Mateo.

Después bajó la cabeza.

«Valeria.»

Mateo cerró los ojos.

Alejandro sintió ganas de lanzarse sobre el hombre.

Pero no lo hizo.

Caminó hacia su hijo.

Se arrodilló.

«Mateo.»

El niño abrió los ojos.

«Papá.»

Alejandro extendió los brazos, pero esperó.

Mateo fue quien se lanzó hacia él.

Alejandro lo abrazó con fuerza.

Entonces Mateo susurró:

«Mamá tenía razón.»

Alejandro cerró los ojos.

«Sí.»

Y aquella palabra fue una confesión.

Porque Elena había tenido razón.

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Mateo también.

El único que había tardado dieciocho meses en comprenderlo había sido él.

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