PARTE 2: LO QUE ELENA DESCUBRIÓ ANTES DE MORIR

Valeria fue llevada a una sala privada mientras los agentes aseguraban el plato, la cuchara, el bolso y las cápsulas.
Ella continuó negándolo todo.
«La muerte de Elena no tiene nada que ver conmigo. Y esa modificación la preparó tu abogado.»
Alejandro llamó inmediatamente a don Ernesto Vidal, notario de la familia.
El anciano llegó cuarenta minutos después.
Examinó la copia y confirmó que la cláusula no figuraba en el documento original.
«Alejandro firmó un testamento esta mañana, pero esta página no estaba incluida.»
Alejandro sintió un frío intenso en el pecho.
«¿Está seguro?»
Don Ernesto lo miró con indignación.
«Llevo treinta y ocho años ejerciendo como notario. Sé perfectamente qué documento firmó.»
Valeria, sentada al otro lado de la sala bajo la vigilancia de los agentes, intervino de inmediato.
«Entonces alguien de su oficina la añadió.»
Don Ernesto se acercó al documento.
Observó el sello.
Después la numeración.
Su expresión cambió.
«Esta copia salió de mi despacho.»
Alejandro lo miró.
«¿Quién tenía acceso?»
El anciano tardó demasiado en responder.
«Mi asistente.»
«¿Quién?»
«Sergio Molina.»
Alejandro conocía aquel nombre.
Sergio había trabajado durante años con la familia.
Y también había estado presente cuando se gestionó la herencia de Elena después de su muerte.
Los agentes intercambiaron una mirada.
Uno de ellos salió inmediatamente para hacer una llamada.
Pero Alejandro ya no estaba pensando en el testamento.
Miraba las cápsulas azules.
«Quiero que analicen todo.»
Valeria soltó una carcajada nerviosa.
«¿Ahora también vas a reabrir la muerte de Elena porque un niño cree recordar una taza?»
Mateo levantó la cabeza.
«No lo creo.»
Valeria lo miró.
«Lo vi.»
El silencio regresó.
Mateo metió lentamente una mano en el bolsillo interior de su chaqueta.
Sacó un pequeño paquete envuelto en papel.
«Y guardé esto.»
Alejandro frunció el ceño.
Mateo desenvolvió el paquete.
Dentro había una cápsula azul vacía.
«La encontré debajo del sofá la noche que murió mamá.»
Valeria perdió el color.
Solo durante un instante.
Pero Alejandro lo vio.
«¿Por qué la guardaste?»
Mateo bajó la mirada.
«Porque mamá siempre decía que si algo parecía extraño no debía tirarlo hasta saber qué era.»
Alejandro sintió que algo se rompía dentro de él.
Su hijo había tenido nueve años cuando perdió a Elena.
Y mientras él apenas podía levantarse de la cama, aquel niño había intentado proteger una prueba que ningún adulto quiso escuchar.
Alejandro se arrodilló.
«Mateo, ¿dónde la tuviste todo este tiempo?»
«En una caja debajo de mi cama.»
«¿Valeria sabía que la tenías?»
Mateo negó con la cabeza.
Entonces se detuvo.
«Creo que no.»
Valeria apartó la mirada.
Alejandro lo notó.
Los agentes tomaron la cápsula como evidencia.
Horas después, la fiesta había terminado.
Los invitados se habían marchado.
La policía trasladó a Valeria para interrogarla, pero todavía no existían pruebas suficientes para acusarla por la muerte de Elena.
El plato de Alejandro fue enviado al laboratorio.
También las cápsulas.
Mateo regresó a la mansión acompañado por su padre.
Aquella noche ninguno pudo dormir.
Alejandro entró en el antiguo dormitorio de Elena por primera vez en meses.
Todo seguía casi igual.
Sus libros.
Su perfume.
Una fotografía de los tres en la playa.
Mateo apareció en la puerta.
«Papá.»
Alejandro se volvió.
«¿Qué ocurre?»
«Hay algo más.»
El niño entró y se dirigió hacia el armario.
Se arrodilló.
Metió la mano detrás de una tabla inferior y sacó una pequeña memoria electrónica.
Alejandro se quedó mirándola.
«¿Qué es eso?»
«Era de mamá.»
«¿Cómo la encontraste?»
«Ella me dijo dónde estaba.»
Alejandro dejó de respirar.
«¿Cuándo?»
«Dos días antes de morir.»
Mateo recordó aquella tarde.
Elena había entrado en su habitación y cerrado la puerta.
Parecía nerviosa.
Le había entregado la pequeña memoria.
«Escóndela donde nadie busque.»
Mateo había pensado que era un juego.
«¿Ni siquiera papá?»
Elena había dudado.
Después respondió:
«Si algún día me pasa algo extraño, dásela solamente a él.»
Alejandro tuvo que sentarse.
«¿Por qué nunca me la diste?»
Mateo comenzó a llorar.
«Porque después de que mamá murió, Valeria estaba siempre contigo. Dormía aquí. Revisaba tus cosas. Y yo tenía miedo.»
Alejandro cerró los ojos.
Había permitido que Valeria entrara en su vida apenas cuatro meses después de la muerte de Elena.
Ella había estado allí durante su peor momento.
Lo acompañaba a las reuniones.
Organizaba sus medicamentos.
Cuidaba la casa.
Le decía que Mateo necesitaba superar sus fantasías.
Y un año después se habían casado.
Alejandro tomó la memoria.
La conectó al ordenador de Elena.
Había varias carpetas.
Facturas.
Transferencias.
Fotografías de documentos.
Y una grabación de voz.
La fecha correspondía a tres días antes de la muerte de Elena.
Alejandro pulsó reproducir.
La voz de su esposa llenó la habitación.
«Alejandro, si estás escuchando esto, probablemente no pude explicártelo a tiempo.»
Mateo agarró la mano de su padre.
«He descubierto transferencias de dinero desde una de nuestras empresas hacia cuentas que no reconozco. Valeria aparece relacionada con algunas autorizaciones, pero creo que no trabaja sola.»
Alejandro miró la pantalla.
La grabación continuó.
«Hay alguien dentro de tu círculo que está falsificando documentos.»
Después Elena pronunció un nombre.
«Sergio Molina.»
Alejandro sintió que todo encajaba.
El testamento.
La herencia.
La muerte.
Pero Elena todavía no había terminado.
«Mañana voy a enfrentar a Valeria. Si me ocurre algo, no aceptes inmediatamente una causa natural.»
La grabación terminó.
Mateo comenzó a llorar en silencio.
Alejandro lo abrazó.
Esta vez entendió algo que le dolió más que cualquier acusación.
Elena había dejado una advertencia.
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Mateo había intentado advertirlo.
Y él no había escuchado a ninguno de los dos.
