PARTE 4 CUANDO FERNANDO LO PERDIÓ TODO

Fernando permaneció inmóvil.
Nadie habló.
Solo se escuchaba el llanto suave del bebé.
Después Fernando sonrió.
Pero era una sonrisa extraña.
Vacía.
“Muy bien.”
Gabriel lo observó.
“Muy bien.”
Fernando repitió las palabras mientras caminaba lentamente hacia la mesa.
“Entonces eso es lo que querían.”
Elena apretó al bebé contra su cuerpo.
Fernando miró a Gabriel.
“Querías mi puesto.”
“No.”
“Siempre lo quisiste.”
“Nunca.”
Fernando golpeó la mesa.
“¡Eres un mentiroso!”
El bebé comenzó a llorar con fuerza.
Elena retrocedió.
Gabriel levantó una mano.
“Fernando, controla tu voz.”
“¡Tú controlas tu voz!”
Fernando empujó una silla.
La silla cayó de lado.
Los hombres de seguridad entraron completamente en el despacho.
Gabriel no se movió.
Fernando señaló a su hermano.
“Desde niños hacías lo mismo.”
“¿Lo mismo?”
“Esperabas.”
Gabriel lo miró.
“Esperabas a que yo cometiera un error para parecer el bueno.”
Gabriel guardó silencio.
Fernando continuó.
“Papá siempre confiaba más en ti.”
“Papá confiaba en quien cumplía su palabra.”
Aquello lo enfureció aún más.
Fernando avanzó.
“Y Mateo era su favorito.”
Elena levantó la mirada.
Fernando soltó una risa amarga.
“Mateo, el santo.”
Gabriel frunció el ceño.
“No hables de él.”
“¿Por qué?”
Fernando miró al bebé.
“Porque ahora su hijo viene a quedarse con todo.”
Elena dio un paso atrás.
“No te acerques.”
Fernando la ignoró.
“¿Sabes qué es lo más divertido?”
Miró al recién nacido.
“Mateo murió creyendo que nunca tendría nada.”
Gabriel se quedó quieto.
Fernando sonrió.
“Él pensaba irse de la empresa.”
“Cállate.”
“Quería renunciar a su parte.”
Gabriel dio un paso adelante.
Fernando se rió.
“¿No lo sabías?”
Gabriel no respondió.
Fernando continuó.
“Yo iba en el coche con él aquella noche.”
Elena palideció.
Gabriel quedó completamente inmóvil.
“¿Qué acabas de decir?”
Fernando comprendió demasiado tarde que había hablado de más.
Gabriel se acercó.
“Repítelo.”
Fernando retrocedió.
“Solo dije que sabía lo que pensaba hacer.”
“No.”
Gabriel lo miró directamente.
“Dijiste que ibas en el coche.”
Fernando apartó la mirada.
Elena dejó de respirar por un instante.
La versión oficial del accidente de Mateo decía que viajaba solo.
Su coche había salido de la carretera durante una tormenta.
No había testigos.
No había cámaras.
No había pasajeros registrados.
Gabriel bajó la voz.
“Fernando.”
Nadie se movió.
“¿Estabas con Mateo la noche que murió?”
Fernando comenzó a negar.
“Me expresé mal.”
Gabriel lo miró.
“No.”
“Sí.”
“No.”
Uno de los hombres de seguridad cerró la puerta.
Fernando lo escuchó.
Miró alrededor.
Por primera vez sintió que las paredes del despacho se cerraban sobre él.
Elena miró a Gabriel.
“¿Qué significa esto?”
Gabriel no apartaba los ojos de Fernando.
“Significa que acaba de contradecir una declaración policial.”
Fernando levantó las manos.
“Esto no prueba nada.”
“Puede probar mucho.”
“No.”
“Dijiste que esa noche estabas en otra ciudad.”
Fernando guardó silencio.
Gabriel continuó.
“Declaraste que hablaste con Mateo por teléfono una hora antes del accidente.”
“Eso ocurrió.”
“Entonces ¿cómo estabas dentro del coche?”
Fernando respiró rápido.
“Yo bajé antes.”
Silencio.
Gabriel lo miró.
Fernando cerró los ojos.
Había vuelto a cometer un error.
“¿Dónde?”
“No recuerdo.”
“¿Dónde bajaste?”
“No lo sé.”
“Fernando.”
“¡No lo sé!”
El bebé comenzó a llorar.
Elena lo meció.
Uno de los guardias habló en voz baja por su teléfono.
Fernando lo miró.
“¿Qué hace?”
Gabriel respondió:
“Llama a los agentes.”
Fernando retrocedió.
“Esto no estaba previsto.”
“No.”
“Gabriel.”
“Dijiste que estabas en el coche.”
Fernando intentó acercarse.
“Escúchame.”
Gabriel levantó una mano.
“No.”
“Fue una discusión.”
Gabriel se quedó inmóvil.
Elena abrió los ojos.
Fernando siguió hablando sin darse cuenta de que cada palabra empeoraba su situación.
“Mateo quería abandonar la empresa.”
Gabriel no respondió.
“Quería vender su participación.”
Fernando respiraba con dificultad.
“Dijo que estaba cansado de nuestra familia.”
Gabriel apretó la mandíbula.
“¿Y?”
“Discutimos.”
Elena observaba en silencio.
“Yo intenté convencerlo.”
“¿Dentro del coche?”
Fernando tragó saliva.
“Sí.”
“¿Mientras conducía?”
“Sí.”
Gabriel cerró los ojos por un instante.
“¿Lo tocaste?”
Fernando negó.
“No.”
“¿Estás seguro?”
“No lo toqué.”
La puerta se abrió.
Dos agentes aparecieron.
Fernando miró hacia ellos.
Entró en pánico.
“No necesito hablar con ustedes.”
Gabriel respondió:
“Probablemente tengas razón.”
Uno de los agentes avanzó.
“Señor Fernando, queremos hacerle algunas preguntas.”
Fernando retrocedió.
“No.”
“Solo preguntas.”
“No voy a responder.”
“Está en su derecho.”
Fernando miró a Elena.
Su rostro cambió.
De pronto todo el odio pareció convertirse en súplica.
“Elena.”
Ella no respondió.
“Diles que esto es una confusión.”
Elena lo miró.
“Yo no estaba allí.”
Fernando apretó los labios.
“Pero sabes que no soy un asesino.”
Elena palideció.
Gabriel giró inmediatamente hacia él.
“Nadie ha utilizado esa palabra.”
Fernando se quedó petrificado.
El agente lo observó.
“Señor, necesito que mantenga las manos visibles.”
Fernando miró alrededor.
La puerta.
Gabriel.
Elena.
Los guardias.
Los agentes.
Después miró al bebé.
Todo aquello había comenzado porque quería demostrar que aquel niño no era suyo.
Había querido destruir a Elena.
Había preparado documentos.
Había contratado investigadores.
Había revisado cuentas.
Había diseñado una salida perfecta.
Y ahora cada pieza se estaba volviendo contra él.
Fernando rugió de repente.
“¡Ese niño me ha quitado todo!”
Se lanzó hacia Elena.
Gabriel reaccionó al instante.
Uno de los guardias sujetó a Fernando por el brazo.
El segundo lo agarró por la cintura.
Fernando forcejeó.
El bebé gritó.
Elena retrocedió hasta chocar contra el sillón.
Gabriel se colocó delante de ella.
“¡Sáquenlo!”
Fernando gritaba mientras intentaba soltarse.
“¡Todo esto era mío!”
Los agentes ayudaron a inmovilizarlo.
“¡Mi casa!”
Fernando forcejeó.
“¡Mi empresa!”
Gabriel lo miró.
“No.”
Fernando volvió a gritar.
“¡Mi apellido!”
Gabriel observó al bebé.
Después miró a su hermano.
“El apellido nunca fue tuyo.”
Fernando se quedó quieto durante un segundo.
Gabriel continuó.
“Solo te lo prestaron tus padres.”
Fernando respiraba agitadamente.
Gabriel bajó la voz.
“Y tú decidiste lo que significaría.”
Los agentes comenzaron a sacarlo.
Fernando miró a Elena.
“¡Te arrepentirás!”
Elena permaneció en silencio.
“¡Sin mí no eres nadie!”
Elena besó la cabeza del bebé.
Después levantó los ojos.
“Eso era lo que querías que creyera.”
Fernando dejó de luchar por un instante.
Elena continuó.
“Pero este niño nació y me recordó algo.”
Fernando la miró.
“No necesito tu permiso para existir.”
Los agentes lo sacaron al pasillo.
La puerta se cerró.
El despacho quedó en silencio.
Elena comenzó a temblar.
Todo el control que había mantenido durante aquellos minutos desapareció.
Se sentó.
Gabriel se acercó lentamente.
“¿Estás bien?”
Elena negó.
Después asintió.
Después volvió a negar.
Gabriel entendió.
Se sentó frente a ella.
Durante varios segundos ninguno habló.
El bebé dejó de llorar.
Elena miró su pequeño rostro.
“Mateo habría sido un buen padre.”
Gabriel sonrió con tristeza.
“El mejor.”
Elena comenzó a llorar.
Esta vez no intentó ocultarlo.
Gabriel miró hacia la puerta.
“Investigarán lo que Fernando acaba de decir.”
“¿Crees que tuvo algo que ver con la muerte de Mateo?”
Gabriel tardó en responder.
“No lo sé.”
Elena bajó la mirada.
“Pero ahora tendremos que averiguarlo.”
Tres meses después, la investigación cambió por completo.
Los agentes recuperaron registros de peajes que nunca habían sido incorporados correctamente al expediente original.
Una cámara mostraba el coche de Mateo.
En el asiento del acompañante aparecía una silueta.
Otra grabación, tomada en una gasolinera cuarenta minutos antes del accidente, mostraba claramente a Fernando bajando del vehículo.
Durante años aquella grabación había permanecido clasificada bajo un número incorrecto.
Fernando fue interrogado nuevamente.
Esta vez su versión cambió cuatro veces.
Finalmente admitió que había discutido con Mateo aquella noche.
Negó haber provocado el accidente.
Pero reconoció que, durante la discusión, había intentado quitarle las llaves mientras el coche estaba detenido.
La investigación continuó.
Mientras tanto, la auditoría financiera reveló algo todavía mayor.
Fernando había desviado millones durante varios años.
Había utilizado empresas falsas.
Cuentas intermediarias.
Contratos inexistentes.
Su poder dentro de la familia terminó ese mismo día.
El divorcio de Elena avanzó rápidamente.
Fernando intentó impugnar la prueba genética.
Perdió.
Intentó anular la renuncia.
Perdió.
Intentó reclamar derechos sobre el bebé.
También perdió.
El tribunal determinó que el niño era legalmente hijo de Mateo conforme a la autorización previa y a la documentación del procedimiento.
Elena fue reconocida como su representante legal.
Gabriel mantuvo la administración profesional del fideicomiso junto a un consejo independiente.
Nadie podía tocar el patrimonio del niño.
Ni siquiera Elena sin supervisión judicial.
Eso fue exactamente lo que ella pidió.
Un año después, Elena regresó al mismo despacho.
Todo parecía diferente.
No porque hubieran cambiado los muebles.
Seguían allí las paredes oscuras.
El cristal esmerilado.
Los sillones marrones.
La misma mesa.
Pero Elena ya no era la mujer que había entrado temblando con un bebé entre los brazos.
Su hijo caminaba ahora con pasos inseguros por la alfombra.
Gabriel estaba sentado frente a varios documentos.
“Solo falta una firma.”
Elena sonrió.
“¿Qué es?”
“Una modificación del fideicomiso.”
Elena frunció el ceño.
“No quiero más dinero.”
Gabriel sonrió.
“No es dinero.”
Le entregó una hoja.
Elena comenzó a leer.
Se trataba de la creación de una fundación educativa con el nombre de Mateo.
Parte de los beneficios futuros financiarían becas para niños cuyos padres hubieran fallecido.
Elena levantó los ojos.
“Él habría amado esto.”
Gabriel asintió.
“Eso pensé.”
El pequeño se acercó a la mesa.
Golpeó suavemente el papel con la mano.
Gabriel sonrió.
“Parece que el verdadero dueño ya quiere revisar los documentos.”
Elena soltó una carcajada.
Tomó al niño en brazos.
En ese momento su teléfono vibró.
Era un mensaje de su abogada.
Elena lo abrió.
Su sonrisa desapareció.
Gabriel la observó.
“¿Qué ocurre?”
Elena levantó lentamente la mirada.
“La fiscalía terminó el nuevo análisis del coche de Mateo.”
Gabriel se quedó quieto.
“¿Y?”
Elena leyó la última línea.
Su rostro perdió el color.
“Encontraron huellas en el volante.”
Gabriel frunció el ceño.
“Las de Mateo.”
Elena negó.
“No.”
El silencio volvió a llenar la habitación.
Gabriel se puso de pie.
“¿De quién?”
Elena miró a su hijo.
Después volvió a mirar el teléfono.
Y respondió en un susurro:
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“De Fernando.”
FIN