PARTE 1 EL BEBÉ QUE FERNANDO NEGÓ

El llanto del recién nacido fue lo primero que rompió el silencio en el despacho.
Elena permanecía sentada en uno de los sillones de cuero marrón, abrazando a su hijo contra el pecho. El pequeño apenas tenía tres semanas de vida. Vestía un conjunto blanco, limpio y delicado, completamente fuera de lugar en aquella oficina oscura donde todo parecía diseñado para intimidar.
Madera negra.
Cristales esmerilados.
Archivadores cerrados.
Diplomas enmarcados.
Y frente a ella, Fernando caminaba de un lado a otro como un animal encerrado.
Llevaba un traje negro impecable, una corbata del mismo color y una expresión que Elena conocía demasiado bien.
Era la expresión que aparecía cuando Fernando creía tener el control absoluto.
Sobre la mesa había un sobre blanco.
Dentro estaba el resultado de una prueba de ADN solicitada por Fernando pocos días después del nacimiento.
Durante nueve meses había fingido acompañar a Elena.
Había sonreído delante de sus amigos.
Había publicado fotografías mostrando la habitación del bebé.
Había hablado de apellidos, colegios privados y futuro.
Pero en privado su actitud había sido muy distinta.
Todo había comenzado cuando Elena anunció su embarazo.
Fernando no se alegró.
La miró durante varios segundos y preguntó algo que ella jamás olvidaría.
“¿Estás segura de que es mío?”
Elena creyó que se trataba de una reacción causada por el miedo.
Después llegaron las acusaciones.
Las preguntas.
Las revisiones de su teléfono.
Los comentarios sobre cada hombre que se acercaba a ella.
Incluso llegó a contratar a una persona para seguirla durante algunas semanas.
No encontró nada.
Pero tampoco se detuvo.
Cuando nació el niño, Fernando miró al bebé durante apenas unos segundos.
Después salió de la habitación del hospital sin abrazarlo.
Tres días más tarde exigió una prueba genética.
Elena aceptó.
No discutió.
Aquello sorprendió a Fernando.
Esperaba lágrimas.
Esperaba resistencia.
Esperaba miedo.
En cambio, Elena firmó la autorización y dijo tranquilamente:
“Hazla.”
Ahora el resultado estaba sobre la mesa.
Y Fernando parecía estar esperando el momento de destruirla.
Elena acomodó al bebé entre sus brazos.
El pequeño volvió a llorar.
“Fernando, por favor. No grites. Está asustado.”
Fernando soltó una carcajada cargada de desprecio.
“¿Asustado?”
Se acercó de golpe y agarró el sobre.
“Yo soy quien debería estar asustado. Casi termino criando al hijo de otro hombre.”
Elena se levantó lentamente.
“No sabes todavía lo que dice.”
Fernando rompió el sobre con las manos.
Sacó varias páginas.
Sus ojos recorrieron las primeras líneas.
Entonces una sonrisa apareció en su rostro.
Una sonrisa cruel.
Triunfante.
“Lo sabía.”
Elena palideció.
Fernando levantó las hojas.
“Lo sabía.”
El bebé comenzó a llorar con más fuerza.
Elena extendió una mano.
“Dame el informe.”
Fernando retrocedió.
“No.”
“Fernando.”
“Este niño no es mío.”
La frase resonó en toda la habitación.
Elena cerró los ojos durante un instante.
Fernando continuó leyendo.
“Compatibilidad biológica con el supuesto padre.”
Se detuvo.
Después levantó la vista.
“Cero por ciento.”
Elena sintió que sus piernas perdían fuerza.
Fernando arrojó algunas páginas sobre la mesa.
“Cero.”
“Déjame verlo.”
“¿Para qué?”
“Porque quiero leerlo.”
Fernando se acercó tanto que Elena tuvo que proteger al bebé con ambos brazos.
“¿Sabes lo que significa cero, Elena?”
Ella no respondió.
“Significa que me mentiste.”
“Dame el documento.”
“Significa que intentaste meter a un bastardo en mi familia.”
Elena levantó la mirada.
“No hables así de mi hijo.”
Fernando sonrió.
“Tu hijo.”
Aquellas dos palabras dolieron más que cualquier grito.
Fernando parecía disfrutarlo.
“Por fin dices la verdad.”
Elena tragó saliva.
Tenía lágrimas en los ojos.
Pero algo en su rostro comenzaba a cambiar.
Fernando no lo notó.
Estaba demasiado ocupado celebrando.
“Llevas años viviendo gracias a mí. Esta casa, los coches, las cuentas, todo.”
“Fernando, el documento.”
“¿Creías que ibas a quedarte con mi fortuna después de engañarme?”
“Léelo completo.”
Fernando golpeó la mesa con el informe.
“No necesito leer nada más.”
“Sí necesitas.”
El bebé volvió a llorar.
Elena lo meció suavemente mientras las lágrimas recorrían sus mejillas.
Fernando interpretó aquellas lágrimas como una confesión.
“Se acabó.”
Señaló la puerta.
“Sales de mi casa hoy mismo.”
Elena lo observó en silencio.
“Tus cosas serán enviadas donde quieras. Tú y ese niño desaparecen de mi vida.”
“¿Y el acuerdo matrimonial?”
Fernando sonrió.
Aquella era la pregunta que esperaba.
“Precisamente por eso estamos aquí.”
Tomó una carpeta de cuero negro.
Dentro había varias páginas firmadas meses antes.
Fernando llevaba días preparando aquel momento.
“Cuando nos casamos firmamos una cláusula de fidelidad.”
Elena miró los papeles.
“Lo recuerdo.”
“Si uno de los dos tiene un hijo fuera del matrimonio y lo intenta presentar como descendiente del otro, pierde cualquier derecho económico.”
Elena permaneció quieta.
Fernando se inclinó hacia ella.
“Y hace cuatro días firmé también mi renuncia a cualquier responsabilidad relacionada con un hijo que no sea biológicamente mío.”
Elena lo miró.
“¿Firmaste la renuncia?”
“Por supuesto.”
“¿Completa?”
“Completa.”
Por primera vez desde que había entrado en aquel despacho, Elena dejó de llorar.
Solo fueron unos segundos.
Pero Fernando lo notó.
“¿Qué pasa?”
Elena bajó la vista hacia el informe.
“Quiero leerlo.”
Fernando soltó el documento sobre la mesa.
“Adelante. Quizá así finalmente entiendas que has perdido.”
Elena se acercó.
Mantuvo al bebé contra su pecho.
Con la mano libre tomó las hojas.
Leyó la primera página.
Después la segunda.
Fernando esperaba verla derrumbarse.
Pero Elena siguió leyendo.
Sus lágrimas aún estaban en sus mejillas.
Sin embargo, su respiración comenzó a cambiar.
Ya no era irregular.
Ya no temblaba.
Llegó a la tercera página.
Entonces se quedó completamente quieta.
Fernando frunció el ceño.
“¿Qué?”
Elena levantó lentamente los ojos.
Algo nuevo había aparecido en su rostro.
No era miedo.
No era tristeza.
Era seguridad.
Fernando dejó de sonreír.
“¿Qué estás mirando?”
Elena volvió a bajar los ojos.
Leyó una línea por segunda vez.
Después una tercera.
Y finalmente sonrió.
Una sonrisa pequeña.
Fría.
Fernando dio un paso hacia ella.
“¿Qué demonios te hace gracia?”
Elena giró el informe hacia él.
“Tienes razón, Fernando.”
Él sonrió de nuevo.
“Por fin.”
Elena continuó:
“El niño no es tuyo.”
Fernando abrió los brazos.
“Eso es exactamente lo que acabo de decir.”
“Pero deberías haber leído la siguiente línea.”
La expresión de Fernando cambió ligeramente.
“¿Qué línea?”
Elena señaló una sección del informe.
Una sección que Fernando había ignorado.
“Esta.”
Fernando acercó la cara al papel.
El encabezado decía:
Análisis complementario de parentesco familiar.
Fernando leyó lentamente.
Compatibilidad con línea paterna familiar altamente probable.
Su mandíbula se tensó.
“No entiendo.”
Elena señaló la siguiente frase.
Probabilidad de parentesco como sobrino biológico del individuo analizado superior al noventa y nueve por ciento.
Fernando dejó de respirar durante un instante.
“¿Sobrino?”
Elena sonrió.
“Sí.”
“¿Qué sobrino?”
Elena apretó al bebé contra su pecho.
Fernando volvió a leer.
Sus manos comenzaron a temblar.
“Esto es imposible.”
“No.”
“Yo no tengo sobrinos.”
Elena lo miró directamente a los ojos.
“Todavía no has entendido.”
Fernando palideció.
En ese preciso instante se escuchó el sonido de la puerta.
El cristal esmerilado se movió.
La manija bajó lentamente.
Fernando giró la cabeza.
La puerta se abrió.
Un hombre de unos cincuenta años entró en el despacho.
Traje gris.
Corbata gris.
Cabello perfectamente peinado.
Expresión tranquila.
Fernando lo reconoció de inmediato.
“Gabriel.”
Gabriel cerró la puerta detrás de él.
Después miró al bebé.
Y por primera vez su expresión se suavizó.
“Hola, pequeño.”
Fernando frunció el ceño.
“¿Qué haces aquí?”
Gabriel avanzó hasta colocarse junto a Elena.
No delante.
No detrás.
Exactamente a su lado.
Como si aquel lugar le perteneciera.
Como si hubiera esperado durante meses ese momento.
Fernando señaló el informe.
“Explícame esto.”
Gabriel lo observó con absoluta calma.
Fernando levantó la voz.
“¡¿Qué tío?!”
Gabriel miró primero a Elena.
Después al bebé.
Finalmente respondió:
“El tío, Fernando.”
Hubo un silencio.
Fernando no comprendió.
Gabriel continuó.
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“Yo.”
Y en ese instante, por primera vez en su vida, Fernando sintió verdadero miedo.