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PARTE 2: LO QUE JAMES COLE HIZO TREINTA AÑOS ATRÁS

Durante dos semanas, la presión aumentó.

Pequeñas cosas.

Siempre pequeñas.

Una sábana desaparecida.

Una fila que de pronto se cerraba delante de Ethan.

Un asiento ocupado.

Una herramienta perdida.

Un hombro que bloqueaba un pasillo sin llegar a tocarlo.

Mauro estaba intentando convertir cada día en una negociación.

Dame el reloj y todo vuelve a la normalidad.

Pero nunca lo decía.

No era necesario.

Ethan tampoco respondía.

Aquello comenzó a irritar a Mauro.

Una tarde, Rico encontró a Ethan solo en la lavandería.

No venía a pelear.

Se apoyó contra una máquina.

Dáselo.

Ethan siguió doblando una camiseta.

No.

Rico soltó aire por la nariz.

Es un reloj viejo.

Correcto.

Mauro puede conseguir veinte mejores.

También es correcto.

Entonces ¿qué demonios estás intentando demostrar?

Ethan dejó la camiseta.

Nada.

Eso desconcertó a Rico.

Todo el mundo aquí intenta demostrar algo.

Yo no.

Entonces dale el reloj.

Ethan levantó la muñeca izquierda.

Mi padre trabajó treinta y nueve años. Nunca tuvo una casa grande. Nunca tuvo un coche nuevo. Cuando murió, esto era una de las pocas cosas que había conservado toda su vida.

Rico observó el reloj.

Ethan continuó.

Si se lo doy porque tengo miedo, cada vez que recuerde a mi padre recordaré también que permití que otro hombre decidiera qué parte de él podía conservar.

Rico permaneció callado.

Finalmente se apartó de la máquina.

Mauro no lo va a entender.

No necesito que lo entienda.

Necesitas que deje de quererlo.

Eso sí.

Rico se marchó.

Pero aquella conversación produjo una consecuencia inesperada.

Dos días después Mauro conocía el nombre del padre de Ethan.

James Cole.

Ethan estaba en el patio cuando Mauro apareció.

James Cole.

Ethan levantó la cabeza.

Por primera vez, Mauro consiguió una reacción inmediata.

¿Cómo sabes ese nombre?

Mauro sonrió.

Ahora sí estamos hablando.

Ethan se puso de pie.

Walter, sentado cerca, observó con atención.

Mauro no se acercó demasiado.

Rico había encontrado el nombre en un documento del taller donde Ethan trabajaba.

Pero Mauro había hecho algo más.

Había preguntado entre presos antiguos.

Y uno de ellos recordaba a James.

Tu padre estuvo aquí.

Ethan frunció el ceño.

No.

Sí.

Nunca estuvo preso.

No dije que fuera preso.

Mauro dejó que el silencio hiciera el resto.

Treinta años antes, James Cole había trabajado durante seis meses como mecánico contratado por una empresa que reparaba vehículos de transporte penitenciario.

Entre las instalaciones donde había trabajado estaba Blackridge.

Ethan jamás lo supo.

Mauro sí había conseguido averiguar algo más.

Un antiguo empleado todavía recordaba el reloj.

James lo llevaba siempre.

Ethan miró su muñeca.

Mauro sonrió.

Ahora tengo todavía más curiosidad.

Ethan no respondió.

Aquella noche llamó a su madre.

Margaret tardó varios segundos en contestar cuando Ethan mencionó Blackridge.

Tu padre no quería que lo supieras.

¿Por qué estuvo aquí?

Trabajó allí.

Eso ya lo sé.

Hubo algo más.

Silencio.

Mamá.

Margaret suspiró.

Un preso intentó escapar durante un traslado interno.

Ethan esperó.

Tu padre estaba reparando una camioneta. Vio a un guardia caer y al preso correr hacia una zona donde había trabajadores civiles. James cerró una puerta de seguridad manualmente.

¿Lo detuvo?

Ayudó a detenerlo.

¿Y por qué nunca me lo contó?

Porque después recibió amenazas. Durante meses alguien llamaba a casa.

Ethan apretó el teléfono.

Margaret continuó.

Tu padre no quería que crecieras pensando que ser valiente significaba buscar peligro.

Ethan miró el reloj.

¿El reloj tiene algo que ver?

Tu padre dijo que aquel día miró la hora justo antes de cerrar la puerta.

Las once y diecisiete.

Ethan observó las agujas.

El reloj había dejado de funcionar años atrás.

Marcaba las once y diecisiete.

Siempre había pensado que el mecanismo estaba roto.

Papá nunca lo reparó.

No.

¿Por qué?

Porque decía que quería recordar el minuto exacto en que tuvo miedo y actuó de todos modos.

Ethan cerró los ojos.

De repente el reloj pesaba más.

No por su precio.

Por su historia.

Al día siguiente Mauro lo esperaba junto a la mesa de concreto.

Esta vez estaba solo.

He oído la historia.

Ethan se sentó.

Entonces sabes por qué no voy a dártelo.

Al contrario.

Ahora lo quiero más.

Ethan levantó la mirada.

Mauro señaló la esfera.

Un recuerdo de un hombre que se enfrentó a alguien peligroso. Bonito símbolo.

No es un símbolo para ti.

Todo puede convertirse en un símbolo.

Ethan comprendió finalmente lo que Mauro quería.

Ya no deseaba el reloj porque fuera bonito.

Quería convertir la negativa de Ethan en una victoria pública.

Si Ethan cedía, todos sabrían que incluso el hombre que había dicho “nadie lo toca” podía ser doblegado.

Mauro extendió nuevamente la mano.

Última oportunidad.

Ethan ni siquiera miró la palma.

No.

Mauro acercó el rostro.

Piensa bien.

Ya lo hice.

Mauro retiró la mano.

Entonces mañana tendrás un problema.

Ethan respondió:

Mañana seguiré teniendo un reloj.

Mauro se alejó.

Pero alguien había escuchado.

Rico.

Y por primera vez, no siguió inmediatamente a Mauro.

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Se quedó mirando a Ethan.

Como si acabara de tomar una decisión.

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