PARTE 1: EL RELOJ QUE MAURO QUERÍA

En el patio de la prisión estatal de Blackridge había una regla que ningún guardia había escrito y ningún preso necesitaba explicar.
Si Mauro quería algo, tarde o temprano terminaba siendo suyo.
Una bandeja mejor en el comedor.
Un lugar concreto frente al televisor.
Cigarrillos.
Comida.
Favores.
Respeto.
O miedo.
Sobre todo miedo.
Mauro llevaba nueve años encerrado y había utilizado cada uno de ellos para construir una reputación que le permitía conseguir muchas cosas sin necesidad de levantar un puño.
Era enorme, tenía la cabeza rapada y los brazos cubiertos de tatuajes. Algunas líneas oscuras trepaban por su cuello hasta los lados del rostro.
Pero lo que realmente intimidaba a los demás no era su cuerpo.
Era la tranquilidad con la que amenazaba.
Mauro nunca tenía prisa.
No necesitaba gritar para que los demás entendieran.
Aquella mañana vio algo que deseó.
Un reloj.
Ethan Cole estaba sentado solo junto a una mesa de concreto en un extremo del patio.
Tenía veintisiete años y llevaba poco más de seis meses en Blackridge.
No pertenecía a ningún grupo.
No buscaba problemas.
Tampoco hacía esfuerzos desesperados por caer bien.
Cumplía su rutina, trabajaba en el taller de mantenimiento, hacía ejercicio y hablaba únicamente cuando tenía algo que decir.
Aquella actitud había despertado curiosidad.
Pero Ethan tenía algo todavía más extraño para un hombre encerrado allí.
Un viejo reloj.
La esfera era dorada.
La correa, de cuero negro, estaba desgastada por los años.
Siempre lo llevaba en la muñeca izquierda.
Nunca se lo quitaba en el patio.
Nunca presumía de él.
Y cuando alguien preguntaba cuánto valía, Ethan simplemente cambiaba de conversación.
Mauro llevaba varios días observándolo.
Aquella mañana decidió acercarse.
Rico caminaba detrás de él.
Rico tenía barba espesa, tatuajes en el cuello y una costumbre sencilla.
Donde estaba Mauro, él estaba dos pasos detrás.
La sombra de Mauro cruzó la mesa.
Ethan levantó la cabeza.
Mauro miró directamente su muñeca izquierda.
Bonito reloj.
Ethan sostuvo su mirada.
Gracias.
Mauro esperaba algo más.
Una sonrisa nerviosa.
Una explicación.
Tal vez que Ethan cubriera el reloj instintivamente.
No ocurrió nada.
Quítatelo.
Ethan miró brevemente el reloj.
Después volvió a mirar a Mauro.
¿Para qué?
Rico sonrió.
Algunos presos que jugaban baloncesto redujeron el ritmo.
Nadie se acercó.
Mauro inclinó ligeramente la cabeza.
Porque ahora le gusta a Mauro. Dámelo.
Extendió una mano.
La palma hacia arriba.
Ethan la observó.
No está en venta.
La sonrisa de Rico se ensanchó.
Mauro, en cambio, no cambió de expresión.
No te estoy ofreciendo dinero.
Entonces Ethan hizo algo que llamó la atención incluso de quienes intentaban fingir que no estaban mirando.
Colocó la mano derecha sobre el reloj de su muñeca izquierda.
No para quitárselo.
Para protegerlo.
Durante un instante su expresión cambió.
Ya no estaba mirando Blackridge.
Estaba viendo otra habitación.
Otro tiempo.
Otro hombre.
Era de mi padre. Nadie lo toca.
Mauro retiró lentamente la mano.
Dio un pequeño paso hacia Ethan.
Se inclinó lo suficiente para obligar a cualquier otro hombre a echarse hacia atrás.
Ethan no lo hizo.
Aquí dentro, lo que es tuyo deja de serlo cuando yo quiera.
Ethan sostuvo su mirada.
Entonces vas a seguir esperando.
La sonrisa de Rico desapareció.
El balón de baloncesto golpeó el suelo una vez.
Dos.
Tres.
Mauro se quedó inmóvil.
Finalmente sonrió.
Pero aquella sonrisa ya no contenía diversión.
Está bien, Ethan.
Se incorporó.
Disfruta del reloj.
Mauro se marchó.
Rico lo siguió.
Ethan permaneció sentado.
Solo cuando ambos estuvieron lejos retiró la mano derecha de la muñeca.
Un preso anciano llamado Walter se acercó minutos después.
Llevaba diecisiete años en Blackridge.
Se sentó frente a Ethan.
Eso fue estúpido.
Ethan no respondió.
Walter señaló discretamente el reloj.
¿Vale tanto?
No.
Entonces deberías habérselo dado.
Ethan observó la esfera dorada.
No puedo.
Walter suspiró.
Aquí dentro tienes que aprender qué cosas merece la pena conservar.
Ethan levantó la mirada.
Ya lo aprendí.
Walter comprendió que no conseguiría convencerlo.
Aquella noche, en su celda, Ethan sostuvo el reloj entre los dedos.
En la parte trasera había tres pequeñas letras grabadas.
J.C.C.
James Carter Cole.
Su padre.
Ethan tenía doce años la primera vez que vio aquel reloj.
James trabajaba como mecánico en un pequeño taller de Ohio.
No tenía dinero.
Nunca lo había tenido.
El reloj tampoco era realmente de oro.
Solo estaba chapado.
James lo había comprado de segunda mano después de recibir su primer sueldo a los diecinueve años.
Sin embargo, cada domingo lo limpiaba cuidadosamente.
Una vez Ethan le preguntó por qué cuidaba tanto algo tan barato.
Su padre respondió:
Porque el valor de una cosa y su precio no siempre son lo mismo.
Años después, Ethan entendería aquella frase.
La última vez que vio a su padre consciente fue en una habitación de hospital.
James tenía cincuenta y ocho años.
El cáncer había consumido casi todo lo que Ethan recordaba de aquel hombre enorme que podía levantar un motor con ayuda de una sola polea.
James se quitó el reloj.
Se lo entregó.
No dejes que nadie te diga cuánto vales, hijo.
Ethan había intentado devolvérselo.
James cerró sus dedos alrededor del reloj.
No hablaba del reloj.
Murió dos días después.
Y ahora, quince años más tarde, Ethan estaba encerrado en Blackridge con aquel mismo objeto alrededor de la muñeca.
La mayoría de los presos pensaba que su condena estaba relacionada con una pelea.
No era exactamente cierto.
Ethan había trabajado como encargado de un taller.
Una noche encontró al propietario golpeando brutalmente a un empleado joven.
Ethan intervino.
El hombre cayó durante el enfrentamiento y sufrió lesiones graves.
El fiscal argumentó que Ethan había utilizado más fuerza de la necesaria.
Ethan insistió en que había intentado proteger al muchacho.
Aceptó un acuerdo para evitar una condena mucho mayor.
Su padre habría odiado verlo en prisión.
Pero Ethan creía que habría entendido por qué había intervenido.
Tres días después del incidente del patio, Mauro volvió a acercarse.
Esta vez no mencionó el reloj.
Eso preocupó más a Walter.
Te está midiendo, advirtió.
¿Para qué?
Para descubrir qué puede quitarte sin tocarte.
Ethan miró hacia el otro extremo del comedor.
Mauro estaba sentado con Rico.
Y lo estaba mirando.
Walter tenía razón.
La historia del reloj ya no trataba de un reloj.
Trataba de una palabra que en Blackridge podía costar mucho más.
No.
Ethan había pronunciado esa palabra delante de Mauro.
Y Mauro necesitaba demostrar que nadie podía hacerlo sin consecuencias.
Al día siguiente Ethan llegó al taller de mantenimiento.
Su puesto habitual estaba ocupado.
Sus herramientas habían desaparecido.
En el comedor, su bandeja habitual fue retirada antes de que pudiera recogerla.
Durante el recreo, tres hombres ocuparon deliberadamente la mesa donde solía sentarse.
Nadie lo golpeó.
Nadie lo amenazó directamente.
Mauro ni siquiera se acercó.
Ethan entendió el mensaje.
Walter también.
Quiere que seas tú quien vaya a buscarlo.
Ethan miró el reloj.
Entonces tendrá que seguir esperando.
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Pero Mauro también sabía esperar.
Y llevaba nueve años practicando.