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PARTE 1: TENÍA HAMBRE POR LAS NOCHES

Adrian Vale llevaba tres noches viendo desaparecer comida de la cocina.

Al principio creyó que alguno de los empleados se llevaba las sobras.

Después pensó que quizá Lily, su hija de siete años, estaba pasando por una de esas etapas extrañas de la infancia en las que los niños esconden comida debajo de la cama.

Pero aquella tercera noche decidió seguirla.

Eran casi las once.

La enorme mansión Vale estaba en silencio.

Las luces cálidas de los apliques iluminaban apenas el largo pasillo del segundo piso, reflejándose sobre el suelo oscuro de madera pulida.

Adrian acababa de regresar de una cena de negocios.

Todavía llevaba el traje azul oscuro, aunque se había aflojado la corbata.

Cuando escuchó unos pequeños pasos fuera de su despacho, salió y vio a Lily caminando sola por el corredor.

Llevaba un plato de cerámica entre las manos.

Sobre él había dos pequeños sándwiches, unas galletas y trozos de manzana.

Adrian frunció el ceño.

“Lily…”

La niña no se sobresaltó.

Simplemente continuó caminando.

Adrian la siguió a unos dos metros de distancia.

“¿Adónde vas?”

Lily no respondió.

Se detuvo frente a una pared aparentemente normal, entre dos cuadros antiguos.

Entonces se agachó y dejó el plato en el suelo, justo junto al zócalo.

Adrian se acercó.

“¿Qué estás haciendo?”

Lily miró la pared.

Su respuesta fue tranquila.

Como si estuviera explicando algo completamente normal.

“Tiene hambre por las noches.”

Adrian sintió que algo se tensaba dentro de su pecho.

“¿Quién?”

Lily señaló la pared.

Adrian pensó que quizá estaba jugando.

Pero entonces vio a Claire al final del pasillo.

Su esposa acababa de aparecer desde el corredor lateral.

Llevaba una elegante blusa color crema y pantalones oscuros.

Cuando vio a Lily junto a aquella pared, se detuvo.

No dijo nada.

Pero su rostro cambió.

Adrian lo notó.

“Claire.”

Ella parpadeó.

“¿Qué hacen aquí?”

Adrian no respondió de inmediato.

Se agachó junto a Lily.

“Cariño, ¿a quién le llevas comida?”

Lily bajó la voz.

“A la niña.”

El silencio fue inmediato.

Adrian giró la cabeza hacia Claire.

Ella había palidecido.

“¿Qué niña?”, preguntó.

Lily volvió a señalar la pared.

“La que vive ahí.”

Adrian sintió un escalofrío.

Pero no había nada sobrenatural en la expresión de su hija.

No parecía asustada.

Parecía preocupada.

“¿Desde cuándo?”

Lily pensó unos segundos.

“Desde hace días.”

Claire avanzó un paso.

“Lily, vuelve a tu habitación.”

La niña la miró.

“No.”

Era la primera vez que Adrian escuchaba aquel tono en su hija.

Claire apretó la mandíbula.

“Ahora.”

Adrian levantó una mano.

“Déjala.”

Claire lo miró fijamente.

“Adrian, probablemente está inventando cosas.”

Lily negó con la cabeza.

“No la inventé.”

Entonces se escuchó algo.

Muy suave.

Detrás de la pared.

Una respiración.

Adrian quedó inmóvil.

Claire también.

Después llegó un roce de tela.

Lily susurró:

“¿Ves?”

Adrian se acercó.

Apoyó una mano sobre la pared.

Durante años había vivido en aquella casa.

Conocía cada habitación.

Cada puerta.

Cada escalera.

O al menos eso creía.

Sus dedos recorrieron la moldura inferior.

Entonces notó una línea.

Una unión casi invisible.

Había un panel rectangular integrado en la pared.

Un antiguo acceso de mantenimiento.

Adrian miró a Claire.

“¿Sabías que esto estaba aquí?”

Ella tardó demasiado en responder.

“No.”

Adrian encontró un pequeño borde hundido.

Presionó.

Click.

El panel se abrió unos centímetros.

Claire dejó escapar una respiración temblorosa.

“Adrian…”

Él tiró suavemente.

La puerta baja se abrió por completo.

La luz cálida del pasillo entró en una pequeña cavidad oscura.

Y allí dentro había una niña.

Sophie.

Tenía unos seis o siete años.

El cabello oscuro estaba enredado.

Su rostro estaba cubierto de polvo.

Vestía ropa marrón grisácea demasiado grande para ella.

Estaba sentada sobre una manta beige doblada.

A su lado había envoltorios de comida.

Y un vaso de plástico con agua.

Adrian dejó de respirar.

Lily permaneció detrás de él.

Claire no se movió.

La niña dentro de la pared se encogió al verlos.

Adrian se arrodilló inmediatamente.

Mantuvo ambas manos visibles.

“No tengas miedo.”

Sophie lo observó.

Adrian bajó un poco más hasta quedar casi a su altura.

“No voy a hacerte daño.”

La niña seguía mirándolo.

Sus ojos estaban llenos de lágrimas.

Adrian sintió algo extraño.

Había algo familiar en aquel rostro.

No sabía qué.

“¿Quién eres?”

Sophie no respondió.

Solo lo miró.

Entonces su expresión cambió.

El miedo comenzó a mezclarse con reconocimiento.

Adrian frunció el ceño.

La niña levantó lentamente una mano.

Él permaneció inmóvil.

Sus pequeños dedos tocaron su mejilla.

Adrian sintió que todo su cuerpo se paralizaba.

Sophie comenzó a llorar.

“Papá.”

Adrian dejó de respirar.

Detrás de él, Lily observaba en silencio.

Pero Claire hizo algo peor.

Retrocedió.

Un solo paso.

Como si aquella palabra hubiera sido una sentencia.

Adrian giró lentamente los ojos hacia ella.

Claire conocía a esa niña.

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Y de repente Adrian comprendió que el verdadero misterio no era cómo Sophie había llegado detrás de aquella pared.

Era por qué su esposa parecía haber estado esperando que algún día la encontraran.

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