CAPÍTULO 3

El hombre que conocía su verdadero nombre
La oscuridad convirtió el restaurante en un lugar completamente distinto.
Las conversaciones desaparecieron.
Durante unos segundos solo se escuchó la lluvia golpeando los ventanales y la respiración nerviosa de los clientes.
Entonces aquella voz volvió a surgir desde algún punto del salón.
“Lucía Navarro.”
Lucía sintió que Isabel apretaba su mano.
“¿Quién es?”
Isabel no respondió.
Por primera vez desde que la conocía, Lucía sintió miedo verdadero en ella.
No sorpresa.
No preocupación.
Miedo.
“Isabel, ¿quién es?”
Una luz de emergencia se encendió cerca de la cocina.
Después otra.
El salón quedó cubierto por una iluminación rojiza y tenue.
Las siluetas de los clientes comenzaron a aparecer entre las mesas.
Y entonces Lucía lo vio.
Un hombre de unos sesenta años estaba de pie junto a la entrada.
Traje oscuro.
Cabello gris.
Rostro inmóvil.
Uno de los dos desconocidos que habían entrado antes permanecía detrás de él.
El otro había desaparecido.
Isabel dio un paso delante de Lucía.
“Gabriel.”
El hombre sonrió.
“Han pasado muchos años, Isabel.”
Lucía miró a ambos.
“¿Quién es él?”
Gabriel respondió antes que Isabel.
“Alguien que conoció a tu madre.”
Lucía sintió que el corazón se le detenía.
“¿Usted conoció a mi madre?”
“Mucho más de lo que te han contado.”
Isabel endureció la mirada.
“No le digas nada.”
Gabriel soltó una pequeña risa.
“¿Todavía decides qué puede saber?”
Lucía apartó la mano de Isabel.
“Basta.”
Los dos la miraron.
Lucía tenía lágrimas en los ojos, pero su voz salió firme.
“Todo el mundo parece conocer mi vida menos yo.”
Nadie respondió.
“Quiero saber quién era mi madre.”
Gabriel observó a Isabel.
Después miró a Lucía.
“Tu madre se llamaba Elena Navarro.”
Lucía frunció el ceño.
“Eso ya lo sé.”
Gabriel negó lentamente.
“No. Ese era el nombre que utilizó después de desaparecer.”
Lucía quedó inmóvil.
Isabel cerró los ojos.
Gabriel continuó.
“Su verdadero nombre era Elena Ferrer.”
Lucía giró lentamente hacia Isabel.
Ferrer.
El mismo apellido.
“¿Qué significa eso?”
Isabel parecía incapaz de responder.
Lucía dio un paso hacia ella.
“¿Qué significa?”
Finalmente Isabel levantó los ojos.
“Era mi hija.”
El mundo pareció detenerse.
Lucía no dijo nada.
No pudo.
Miró a Isabel.
Luego a Gabriel.
Después nuevamente a Isabel.
“¿Mi madre era su hija?”
Isabel asintió.
Una lágrima descendió lentamente por su mejilla.
“Sí.”
Lucía retrocedió.
“Entonces usted…”
“Soy tu abuela.”
El silencio se hizo insoportable.
Lucía sintió que las piernas le temblaban.
Toda su vida había creído que no tenía familia.
Y aquella mujer había aparecido frente a ella fingiendo ser una clienta cualquiera.
“¿Por qué no me buscó antes?”
Isabel tragó saliva.
“Lo hice.”
“¡No!”
La voz de Lucía resonó por todo el salón.
“Yo crecí sola. Nadie vino.”
“Tu madre desapareció contigo.”
“¿Por qué?”
Isabel miró hacia Gabriel.
“Porque descubrió algo que nunca debía descubrir.”
Gabriel perdió la sonrisa.
Lucía lo notó.
“¿Qué descubrió?”
Isabel abrió la boca.
Pero Sergio apareció desde el fondo.
“Tenemos que salir.”
Lucía lo miró.
“¿Tú sabías todo esto?”
Sergio se quedó quieto.
“Sabía una parte.”
“¿Desde cuándo?”
“Desde antes de que empezaras a trabajar aquí.”
Lucía sintió una nueva punzada.
“¿Me contrataste porque sabías quién era?”
Sergio bajó la mirada.
“Sí.”
Lucía lo miró con incredulidad.
Incluso aquel trabajo que creía haber conseguido por sí misma estaba conectado con su pasado.
“Entonces despedirme…”
Sergio respiró profundamente.
“No estaba planeado.”
Isabel lo miró con desprecio.
“Eso fue simplemente porque eres un miserable.”
Gabriel soltó una breve carcajada.
Pero Isabel no apartó los ojos de Sergio.
“Tu única obligación era vigilarla.”
Lucía sintió que algo se rompía dentro de ella.
“¿Vigilarme?”
Sergio intentó acercarse.
“Lucía…”
“No me toques.”
Sergio se detuvo.
Lucía miró a Isabel.
“¿Toda mi vida ha sido una mentira?”
“No.”
“¿Este restaurante también formaba parte de ella?”
Isabel guardó silencio.
Y ese silencio fue suficiente.
Lucía se llevó una mano a la boca.
Gabriel avanzó un paso.
“Hay algo que todavía no te han contado.”
Isabel se interpuso.
“Cállate.”
“Ya no puedes protegerla con mentiras.”
“Gabriel.”
El hombre miró directamente a Lucía.
“Tu madre no murió como te dijeron.”
Lucía sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies.
“¿Qué?”
Isabel palideció.
“Gabriel, basta.”
Pero él continuó.
“Te dijeron que murió en un accidente.”
Lucía asintió lentamente.
“Sí.”
Gabriel negó.
“No hubo ningún accidente.”
Lucía miró a Isabel.
“Dígame que está mintiendo.”
Isabel no respondió.
“¡Dígamelo!”
Una lágrima apareció en los ojos de Isabel.
“No puedo.”
Lucía dejó escapar un sollozo.
“Entonces ¿cómo murió?”
Isabel miró hacia Gabriel.
Su rostro cambió.
La tristeza desapareció.
Solo quedó rabia.
“Porque alguien descubrió dónde estaba.”
Gabriel dejó de sonreír.
Lucía siguió la mirada de Isabel.
Y comprendió.
“¿Él?”
“No.”
La respuesta llegó inmediatamente.
Isabel miró hacia Sergio.
“Pero alguien de este restaurante ayudó a encontrarla.”
Sergio retrocedió.
Lucía lo observó.
“No.”
Sergio levantó las manos.
“Yo no tuve nada que ver.”
“Entonces ¿quién?”
Nadie respondió.
De pronto se escuchó un golpe en la cocina.
Todos giraron.
La puerta trasera estaba abierta.
El segundo desconocido había desaparecido por allí.
Gabriel miró hacia la salida.
“Nos han encontrado demasiado pronto.”
Isabel agarró el bolso.
“Lucía, tenemos que irnos.”
“¡No me moveré hasta saber la verdad!”
Isabel se acercó a ella.
“Tu madre murió para impedir que ciertas personas descubrieran que tú existías.”
Lucía sintió frío.
“¿Por qué sería tan importante mi existencia?”
Isabel la miró durante varios segundos.
“Porque tú eres la única persona que puede demostrar quién robó todo lo que pertenecía a nuestra familia.”
Lucía frunció el ceño.
“No entiendo.”
“Lo entenderás.”
Isabel abrió su bolso y sacó una pequeña llave plateada.
La colocó en la palma de Lucía.
“Tu madre me pidió que te entregara esto si alguna vez te encontraba.”
Lucía observó la llave.
Tenía un número grabado.
“¿Qué abre?”
Isabel iba a responder.
Pero una voz llegó desde la cocina.
“Yo puedo decírtelo.”
Sergio dejó caer el teléfono.
Isabel se quedó inmóvil.
Gabriel giró lentamente.
Un hombre apareció bajo la luz de emergencia.
Alto.
Cabello blanco.
Abrigo negro empapado por la lluvia.
Lucía nunca lo había visto.
Pero llevaba en la mano una fotografía.
Una fotografía de Lucía cuando era niña.
El hombre la miró.
Y sonrió.
“Hola, Lucía.”
Isabel dio un paso atrás.
“No puede ser.”
Lucía miró a su abuela.
“¿Quién es?”
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Isabel apenas consiguió pronunciar las palabras.
“El hombre por el que tu madre desapareció.”