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CAPÍTULO 2

La verdad que su madre enterró

Lucía no podía apartar los ojos de Isabel.

La frase seguía repitiéndose en su cabeza.

“Tu madre nunca me dijo que tendría tus ojos.”

No tenía sentido.

Su madre había muerto cuando Lucía era todavía demasiado joven para recordar muchas cosas.

Durante años, Lucía había vivido con una historia sencilla.

Una madre.

Una infancia difícil.

Una vida normal.

Nada extraordinario.

Nunca había escuchado el nombre de Isabel Ferrer.

Nunca había visto aquella mujer.

Nunca había sabido que alguien la estuviera buscando.

Pero Isabel la había reconocido.

No solo la había reconocido.

Había dicho que estaba exactamente como le habían dicho.

Lucía sintió que el estómago se le cerraba.

“¿Qué quiso decir con que me escondieron?”

Isabel la observó.

“No aquí.”

“Entonces dígamelo ahora.”

“Todavía no.”

Lucía retiró lentamente su mano.

“Usted sabe algo sobre mi madre.”

Isabel no lo negó.

Sergio estaba cada vez más incómodo.

Miró hacia la entrada.

Los dos desconocidos ya habían llegado al interior del restaurante.

No hablaban con nadie.

No preguntaban por una mesa.

Simplemente permanecían cerca de la puerta.

Como si estuvieran esperando una señal.

Sergio bajó la voz.

“Señora, ¿quiénes son esas personas?”

Isabel finalmente lo miró.

“Personas que llevan demasiado tiempo esperando encontrarla.”

Lucía sintió que la sangre se le enfriaba.

“¿Encontrarme a mí?”

Isabel asintió.

“Sí.”

“¿Por qué?”

La mujer guardó silencio.

Lucía dio un paso hacia ella.

“¿Mi madre sabía que me buscaban?”

Los ojos de Isabel cambiaron.

Por primera vez parecía haber dolor detrás de aquella expresión controlada.

“Tu madre sabía muchas cosas.”

“¿Qué cosas?”

Isabel miró hacia la ventana.

La lluvia resbalaba por el cristal.

“Sabía que algún día alguien intentaría encontrarte.”

Lucía sintió que sus manos comenzaban a temblar.

“¿Y por eso me escondió?”

Isabel volvió a mirarla.

“Por eso sobreviviste.”

La palabra golpeó a Lucía más fuerte que cualquier otra.

Sobreviviste.

No “creciste”.

No “te protegió”.

Sobreviviste.

Lucía quiso hacer otra pregunta, pero en ese momento Sergio recibió una llamada.

Miró la pantalla.

Después levantó los ojos hacia Isabel.

“¿Usted conoce al dueño?”

Isabel sonrió ligeramente.

“Mucho mejor de lo que él quisiera.”

Sergio palideció.

Lucía lo notó.

“¿Qué está pasando?”

Sergio no respondió.

Isabel se acercó a la mesa más cercana y dejó su pequeño bolso sobre ella.

Después sacó nuevamente el viejo teléfono.

Lucía la observó.

“¿Por qué me buscaba?”

Isabel la miró directamente.

“Porque tu madre me pidió que no dejara que te encontraran.”

Lucía se quedó inmóvil.

“¿Quiénes?”

Isabel miró hacia la entrada.

Las dos figuras seguían esperando.

“Los mismos que ahora saben dónde estás.”

Lucía sintió un nudo en la garganta.

“Entonces usted también me estaba buscando.”

Isabel no respondió inmediatamente.

Finalmente dijo:

“Yo estaba intentando encontrarte antes que ellos.”

Lucía sintió que todo lo que creía conocer comenzaba a desmoronarse.

Su madre.

Su pasado.

Su propia infancia.

Incluso el motivo por el que había llevado una vida tan discreta.

Todo parecía esconder una historia que alguien había enterrado deliberadamente.

Sergio se acercó.

“Tenemos que hablar en privado.”

Isabel lo miró.

“No.”

“Este restaurante no es el lugar para…”

“Precisamente por eso estoy aquí.”

Sergio se quedó callado.

Lucía observó la reacción de ambos.

Y comprendió algo.

Sergio sabía más de lo que decía.

“¿Tú también conocías a mi madre?”

El gerente bajó los ojos.

Lucía dio un paso hacia él.

“Te estoy preguntando si conocías a mi madre.”

Sergio tragó saliva.

“No es asunto tuyo.”

Aquella respuesta hizo que Lucía se quedara helada.

Isabel giró lentamente la cabeza hacia él.

“Ten cuidado.”

Sergio la miró.

“¿Me está amenazando?”

“No.”

Isabel tomó su bolso.

“Te estoy recordando quién te permitió seguir trabajando aquí todos estos años.”

Sergio perdió el color del rostro.

Lucía miró a Isabel.

“¿Quién es usted?”

Esta vez Isabel no sonrió.

“Alguien que le debe una promesa a tu madre.”

Lucía sintió que los ojos se le llenaban de lágrimas.

“¿Qué promesa?”

Isabel observó durante varios segundos el rostro de la joven.

“Que si algún día te encontraba, no volvería a mentirte.”

Lucía dejó escapar lentamente el aire.

“Entonces dígame la verdad.”

Isabel miró hacia la puerta.

Los dos desconocidos comenzaron a caminar hacia ellas.

“Todavía no.”

“¿Por qué?”

Isabel se acercó a Lucía.

Bajó la voz.

“Porque primero tenemos que saber quién los envió.”

Lucía miró a los hombres.

Uno de ellos levantó ligeramente la mano.

No era un saludo.

Era una señal.

Isabel reaccionó inmediatamente.

Agarró a Lucía del brazo.

“Ven conmigo.”

Lucía se resistió.

“¡No! Quiero saber qué está pasando.”

Isabel la miró fijamente.

“Y yo quiero que sigas viva cuando te lo cuente.”

Lucía se quedó paralizada.

Las dos personas estaban cada vez más cerca.

Sergio retrocedió.

Y entonces su teléfono volvió a sonar.

Miró la pantalla.

Esta vez su expresión se quebró por completo.

Isabel lo vio.

“¿Qué ocurre?”

Sergio levantó lentamente los ojos.

“No deberían haber encontrado este lugar.”

Lucía sintió que el corazón le golpeaba con fuerza.

“¿Qué lugar?”

Sergio no respondió.

Isabel se acercó a él.

“¿Quién llamó?”

Sergio apretó el teléfono.

Y dijo algo que hizo que Isabel perdiera por primera vez su habitual control.

“Preguntaron por la hija.”

Lucía dejó de respirar.

“¿Qué hija?”

Sergio miró directamente hacia ella.

“Por ti.”

Silencio.

Lucía miró a Isabel.

La mujer cerró los ojos durante un segundo.

Como si finalmente hubiera llegado el momento que había intentado evitar durante años.

Uno de los desconocidos llegó a pocos metros.

Isabel tomó la mano de Lucía.

“Ahora sí.”

Lucía la miró aterrorizada.

“¿Ahora sí qué?”

Isabel se inclinó ligeramente hacia ella.

Y susurró:

“Ahora voy a contarte por qué tu madre tuvo que hacerte desaparecer.”

Lucía abrió los ojos.

Pero antes de que Isabel pudiera decir una sola palabra, todas las luces del restaurante se apagaron.

Oscuridad total.

Un segundo.

Dos.

Entonces se escuchó el sonido de una puerta cerrándose en algún lugar del fondo.

Lucía apretó la mano de Isabel.

“¿Quién está ahí?”

Isabel no respondió.

Porque en la oscuridad alguien acababa de pronunciar el nombre de Lucía.

Una voz que ella no había escuchado nunca.

Pero Isabel sí conocía.

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Y por la manera en que dejó de respirar, Lucía comprendió algo aterrador.

Aquella persona no había venido por Isabel.

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