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PARTE 3: LA MUJER EN LA HABITACIÓN OCULTA NO ESTABA SOLA

Elena permaneció inmóvil, mirando fijamente la fotografía rota.

Su esposo había muerto hacía veinticinco años.

Al menos, eso era lo que le habían dicho.

Recordaba la noche en que desapareció.

La policía había llegado a su granja poco después de la medianoche. Le dijeron que habían encontrado su automóvil cerca de un río, con las puertas abiertas y los faros todavía encendidos.

Nunca encontraron su cuerpo.

Durante meses, Elena lo buscó.

Entonces, un desconocido apareció en su puerta y le dio una advertencia.

Si quería que su hija sobreviviera, tenía que dejar de hacer preguntas.

Ella obedeció.

Cambió su nombre, se mudó al otro extremo del país y enterró todas las fotografías relacionadas con su antigua vida.

Y ahora, después de tantos años, estaba de pie dentro de una habitación que jamás debería haber existido.

Un sonido tenue llegó desde el otro lado de la cama.

Un suave pitido electrónico.

Elena se volvió.

Un pequeño panel se había abierto en la pared.

Detrás había una pantalla que mostraba una imagen en vivo del puente colgante.

Los cuatro hombres seguían allí.

Viktor estaba junto a la baranda, hablando por un teléfono satelital.

—Entró directamente al lago. No hay manera de que haya sobrevivido.

Un segundo hombre negó con la cabeza.

—Entonces, ¿por qué el sistema está mostrando movimiento debajo de la cascada?

Viktor se giró bruscamente.

—¿Qué sistema?

El hombre levantó una tableta.

Un pequeño punto verde parpadeaba en la pantalla.

Se estaba moviendo.

Justo debajo de la cascada.

El rostro de Viktor cambió.

—Está viva.

Inmediatamente comenzó a dar órdenes.

—Traigan el equipo. Vamos a entrar.

Elena se acercó a la pantalla.

Sintió que el estómago se le encogía.

Aquellos hombres no estaban simplemente buscando la entrada.

Tenían tecnología capaz de detectar el Santuario.

Lo que significaba que alguien les había proporcionado información desde dentro.

Alguien que conocía el sistema.

Alguien que conocía a su esposo.

De repente, la pantalla parpadeó.

Apareció un nuevo mensaje.

SE REQUIERE ACCESO DE GUARDIANA.

Elena se quedó mirando las palabras.

Entonces apareció otro mensaje.

VERIFICACIÓN FAMILIAR PENDIENTE.

Extendió la mano hacia el panel.

Un pequeño escáner de huellas dactilares salió de la pared.

Elena vaciló.

Luego presionó el pulgar contra él.

La pantalla se volvió completamente blanca.

Apareció una fotografía.

Una joven de cabello largo y castaño y ojos azules.

La hija de Elena.

Anastasia.

Pero aquella fotografía no tenía veinticinco años.

Era reciente.

Su hija se veía mayor, cansada y asustada.

Y estaba de pie dentro de la misma habitación.

Elena retrocedió tambaleándose.

—No...

La pantalla volvió a cambiar.

Comenzó a reproducirse un video.

Anastasia miró directamente a la cámara.

—Mamá, si estás viendo esto, significa que te encontraron.

Elena se cubrió la boca.

La voz de su hija era inconfundible.

—Escucha con atención. Tienes que salir de la habitación. Los hombres de afuera no son la verdadera amenaza.

Anastasia miró nerviosamente por encima del hombro.

—Hay alguien dentro del Santuario. Alguien que nos ha estado observando durante años.

De repente, el video comenzó a distorsionarse.

Un fuerte estruendo sonó detrás de Anastasia.

Ella se giró.

—¡NO! ¡NO PUEDEN LLEVÁRSELA!

La imagen se volvió negra.

Elena gritó el nombre de su hija.

—¡ANASTASIA!

Durante un instante, solo hubo silencio.

Entonces apareció otro mensaje en la pantalla.

UBICACIÓN DEL SUJETO: DESCONOCIDA.

ESTADO: CON VIDA.

Elena se aferró al borde de la consola.

Su hija estaba viva.

Su nieta podría estar viva.

Y alguien se las había llevado.

Un clic metálico sonó detrás de ella.

Elena se giró bruscamente.

La puerta de la habitación se había abierto.

Una figura alta estaba de pie en la oscuridad.

Un hombre vestido con un traje negro.

Su rostro estaba parcialmente oculto por las sombras.

Dio un paso hacia la luz cálida.

Elena dejó de respirar.

Reconoció sus ojos.

Los mismos ojos grises que había visto cada mañana durante casi treinta años.

Los mismos ojos que habían atormentado sus sueños desde la noche en que desapareció.

Su esposo.

Mikhail Voss.

Se veía casi exactamente como en aquella fotografía.

Su cabello era más oscuro que el de ella, su rostro era más envejecido, pero su expresión era inconfundible.

El bastón de Elena cayó de su mano.

—¿Mikhail?

El hombre sonrió débilmente.

—Hola, Elena.

Ella lo miró fijamente.

Luego negó violentamente con la cabeza.

—No. No, esto no puede ser posible.

Él dio un paso hacia adelante.

—Por favor. Déjame explicarte.

Elena retrocedió.

—¡Me dejaste creer que estabas muerto!

—Te estaba protegiendo.

—¡Abandonaste a tu hija!

Su expresión se tensó.

—No tenía elección.

Elena le dio una bofetada.

El sonido resonó por toda la habitación.

Mikhail no se movió.

Durante varios segundos, ambos se quedaron mirándose.

Entonces Elena comenzó a llorar.

—¿Dónde está ella?

Mikhail bajó la mirada.

—Anastasia está viva.

—¿Dónde?

—No está lejos de aquí.

—¿Y mi nieta?

Él vaciló.

Aquella vacilación aterrorizó a Elena más que cualquier otra cosa.

—Mikhail...

Finalmente, él la miró.

—Se llama Sofia.

El corazón de Elena pareció detenerse.

—¿Dónde está mi nieta?

Mikhail se volvió hacia la pared del fondo.

Una sección de los estantes de madera comenzó a deslizarse hacia un lado.

Detrás había una estrecha escalera que descendía hacia la oscuridad.

—Ven conmigo —susurró—. Hay algo que necesitas ver.

Elena no se movió.

—¿Por qué debería confiar en ti?

Mikhail la miró con lágrimas en los ojos.

—Porque los hombres que te persiguen trabajan para la misma persona que se llevó a nuestra hija.

De repente, una fuerte explosión sacudió la habitación.

Las luces parpadearon.

El agua de la piscina comenzó a agitarse violentamente.

Entonces una alarma comenzó a sonar.

INTRUSIÓN DETECTADA.

Mikhail agarró el brazo de Elena.

—Han atravesado la entrada exterior.

Elena se apartó.

—¿Quién?

Mikhail miró hacia el techo.

Entonces pronunció el único nombre que ella había pasado veinticinco años intentando olvidar.

—Viktor no trabaja por su cuenta.

Una segunda explosión sacudió el Santuario.

—Trabaja para nuestra hija.

Elena lo miró, completamente incrédula.

—Eso es imposible.

El rostro de Mikhail se volvió sombrío.

—Anastasia ya no es la mujer que recuerdas.

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Entonces todas las luces de la habitación se apagaron.

Y desde algún lugar muy profundo bajo el suelo llegó el sonido de un niño llorando.

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